¿Qué piensa la izquierda de los nacionalismos?

A los asuntos territoriales se les ha dedicado buena parte del tiempo político en esta legislatura y no parece que el interés vaya a decaer. Partidos

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¿Qué piensa la izquierda de los nacionalismos?
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    A los asuntos territoriales se les ha dedicado buena parte del tiempo político en esta legislatura y no parece que el interés vaya a decaer. Partidos como ERC ponen fecha a sus deseos independentistas, la vertiente soberanista de CIU están tomando el núcleo de la coalición y el lehendakari sigue hablando de consultas. Mientras, el nacionalismo español resurge, habitualmente apoyado por el PP, que tiende a ver la unidad de España en peligro, que está sacando nuevamente la bandera española a la calle y que se toma muy en serio las derivas catalana y vasca.

    Pero si conocemos cuál es la postura de la derecha, la de la izquierda no está tan clara, en la medida en que conviven tendencias opuestas. Es cierto que el sentimiento mayoritario ve con buenos ojos un estado descentralizado, a veces hasta el federalismo, pero también lo es que están apareciendo voces contrarias a esos planteamientos. El debate está comenzando a abrirse, y hay quien apunta a las aspiraciones irracionales de los nacionalismos periféricos como causa de los problemas. Es el caso de Félix Ovejero, profesor de la Universidad de Barcelona, quien se pregunta en su obra Contra Cromagnon (Ed. El viejo topo) si la izquierda puede ser nacionalista. Y la respuesta es negativa: “A lo largo de la historia, la izquierda ha luchado por la extensión del ideal de ciudadanía, por la abolición de cualquier privilegio vinculado al origen, al linaje, al sexo, al color de la piel o a la clase social. De ahí su compromiso con una idea de democracia según la cual todos tienen la misma capacidad de influencia política y de deliberación, y las razones –los intereses de todos—deben considerarse y ponderarse. Para el nacionalismo, los intereses de los míos, simplemente porque son los míos, tienen prioridad”.

    En otras ocasiones, se defiende que la izquierda sea “instrumentalmente nacionalista”, en la medida en que “defiende ideas nacionalistas pero desde principios progresistas, justificándolo porque, circunstancialmente, caminan en la misma dirección. La dificultad de ese argumento es que el nacionalismo no puede ser instrumental, no puede justificarse por razones ulteriores. En tal caso, ya no es nacionalismo”.

    ¿Pero el nacionalismo es malo en todos los casos? ¿Es igual el nacionalismo español que los periféricos? Según Ovejero, no son comparables. “Primero, porque quienes enarbolan la bandera española no arrían las otras banderas, y, sobre todo, porque cuando los nacionalistas quitan la bandera española de los ayuntamientos, en realidad, revelan el sentido patrimonial de las instituciones. La bandera española es fundamentalmente el símbolo de una legalidad constitucional, de que el ayuntamiento aquel está sometido al imperio de la ley; de que, tenga las ideas que tenga el alcalde, no puede excluir a nadie de la condición de ciudadano”.

    Pero hay además, en opinión de Ovejero, un rasgo que les distancia radicalmente: “para que el nacionalismo español fuese equivalente a los periféricos tendría que defender que en Cataluña la enseñanza se diera exclusivamente en castellano, que la administración tratara únicamente en castellano y, en correspondencia con los mitos de Euskal Herria y los Países catalanes, que reclamara la recuperación de las colonias. Ningún partido 'central' dice eso”.

    Y tampoco se apoya una reivindicación de los orígenes raciales, como si podrían estar haciendo algunos partidos nacionalistas. Para Ovejero, “después del fascismo no hay nacionalismos que apelen a la raza, aunque algunos políticos, sobre todo en el País Vasco, a veces no resistan la tentación de apelar a ideas vecinas. Lo que sí hay es un mito de una esencia original, de un momento de gloria, siempre falsa, que perdura a través de lo siglos, y que se ve contaminada por los invasores, pero que constituye la genuina identidad de los pueblos, lo sepan o no las personas que conforman esos pueblos. Por supuesto, cuando se miran las realidades, todos esos genuinos rasgos de identidad no son otra cosa que inventos que, por lo general, tienen poco más de cien años”.

    Las tendencias descentralizadoras

    En sentido contrario camina la izquierda representada en Nacionalismo español. Esencias, memorias e instituciones (ed. Libros de la catarata), un volumen colectivo editado por Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid, que recoge aportaciones del ámbito académico que describen diferentes aspectos del nacionalismo español y que ven con simpatía las tendencias descentralizadoras que estamos viviendo. Sin embargo, esta no era la posición tradicional en la izquierda, que décadas atrás no sintonizaba con esta clase de reivindicaciones. Según Taibo, “ha habido diferentes tendencias dentro de la izquierda. Una de ellas ha visto siempre con agrado las luchas de liberación que se hicieron valer en muchos países del Tercer Mundo y que ha hecho otro tanto con las causas de 'naciones' oprimidas que se enfrentaban a Estados opresores. En un sentido diferente, sobran los ejemplos, también, de izquierdas jacobinas, centralistas y estatalistas”.

    Desde esta perspectiva, el problema principal estaría en un nacionalismo español, “que sigue teniendo vida propia , que está cómodamente instalado en una maquinaria estatal que opera en su provecho y permite preservar privilegios nada despreciables”. Hay quienes resaltan que el resurgir del nacionalismo centralista ha sido propiciado por las cada vez mayores exigencias de los nacionalismos periféricos. No lo cree así Taibo, para quien esa idea “es un ocultamiento interesado. El nacionalismo español parece considerar que, pese a encontrarnos en un Estado que dice ser democrático, hay cuestiones sagradas que no pueden ser objeto de discusión. Entre ellas, y en lugar central, la unidad de España. En este orden de cosas, la determinación de quién rompe o no las bases de la convivencia es mucho más polémica de lo que pudiera parecer. A mi entender, y por citar un ejemplo, el discurso de satanización fácil de los nacionalismos de la periferia al que se han entregado tantos medios de comunicación configura un problema grave en materia de convivencia”.

    Uno de los principales puntos de tensión entre centro y periferia suele ser el reparto de los presupuestos. Y la queja habitual de algunas autonomías es que no reciben en proporción a lo que contribuyen. Para Taibo, se trata de “un debate lastrado por déficits graves de información que alimentan los lugares comunes. En tanto en cuanto no se publiquen las balanzas fiscales, determinar qué ocurre en la realidad es tarea poco menos que imposible. Pero, al margen de eso, en el libro recuerdo que sólo en virtud de la matriz ideológica del nacionalismo español se puede afirmar sin sonrojo que Cataluña o Euskadi tienen deberes de solidaridad dentro del Estado español y cancelar cualquier discusión relativa a eventuales propósitos de ayudar, fuera de éste, a quienes más lo necesitan”.

    Aunque el problema no estaría tanto en las ideas que cada cual sostiene como en su aplicación práctica. Porque en muchas ocasiones se tiene la sensación de que la pelea entre el centro y la periferia es más política que real: cuando los gobiernos centrales han necesitado los votos de los nacionalismos han recurrido sin problema a ellos; y han ignorado sus reivindicaciones cuando han contado con mayoría absoluta. Para Taibo, “hay algo de verdad en ello. Pero, de todas maneras, a la hora de analizar estas cuestiones falta casi siempre el recordatorio de que el nacionalismo español existe y de que su ascendiente es tanto más delicado cuanto que las más de las veces pretende negar esa existencia o, en su defecto, desea convencernos de que presenta siempre formas pulidas, suaves y respetuosas. La realidad desmiente palmariamente que esto sea así”.

    Alma, Corazón, Vida
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