LLEGÓ A LA ESTACIÓN ANTES QUE LA POLICÍA

Paco, un vecino: “Crucé por el boquete que dejó la bomba. Aquello era el infierno”

El ruido de la bomba le despertó. Bajó a buscar a su amiga Ana Mari. La encontró. Arrancó bancos que sirvieron de camillas para transportar a los heridos.

Foto: Paco, un vecino: “Crucé por el boquete que dejó la bomba. Aquello era el infierno”

En El Pozo del Tío Raimundo, un barrio del que nadie sabía nada antes del11-M, estallaron dos bombas. Fueron asesinadas 67 de las 192 víctimas que murieron el jueves más negro en la historia de España. Cuando la Policía y el Samur llegaron a la estación, Paco ya estaba allí. La explosión removió los cimientos de su piso. Desde la ventana vio mucho humo y el coche de su amiga Ana Mari, una de las víctimas que ha compartido con El Confidencial su experiencia, aparcado en las inmediaciones de la estación. No tuvo ninguna duda: “Tenía que encontrarla”.

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Se vistió en un segundo y en un minuto se personó en el lugar del atentado junto con su hijo Rubén, de 14 años. Su hijo mayor se dio media vuelta en mitad de camino. La escena que ya se vivía en los aledaños de la estación ya superó al muchacho. Paco cruzó las vías por el monumental agujero que la bomba hizo en uno de los vagones, sorteando la marea humana que huía en dirección contraria al desastre. Lo que vino después es lo que Paco define como el “mismísimo infierno”. Aún tiene grabadas en la memoria las imágenes de los cadáveres, los gritos de los heridos, el sonido de los móviles de los muertos que no paraban de sonar, el olor a chamusquina.

Entre tanta desolación, en unos segundos se obró ante sus ojos el milagro: “A la primera persona que vi fue a Ana Mari, que estaba tirada en las vías, con el aspecto quemado. Le di unas bofetadas hasta que despertó, me miró y me preguntó: ¿Qué ha pasado, Paco? ¿Qué haces aquí? No se enteró de nada”. La cogió en brazos y la acercó hasta el andén, donde estaba su hijo de 14 años arropó a la herida con una manta que cogió de casa. Paco volvió para ayudar a otras víctimas que seguían atrapadas entre los hierros. Arrancó bancos que pasaron por camillas para trasladar heridos y se quedó quieto, junto a su amiga, cuando la Policía ordenó desalojar la estación por miedo a que estallara otro artefacto. “No me podía ir sin ella”.

Paco mandó a sus dos hijos de vuelta para casa. "Había que bajar mantas para cubrir a los heridos". Una de ellas, la que la familia aún guarda en un armario como muestra de lo que vivieron aquel día, sirvió para arropar a Ana Mari hasta que llegó al hospital de Getafe, donde fue hospitalizada. Rubén, el hijo de Paco, ofreció la otra manta para otros heridos que se fueron apilando a su alrededor, hasta que los servicios de emergencia los evacuaron.  

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