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Del estruendo de Calanda a la flagelación en La Rioja: siete destinos para vivir la Semana Santa más auténtica
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Del estruendo de Calanda a la flagelación en La Rioja: siete destinos para vivir la Semana Santa más auténtica

La Semana Santa española no se vive igual en todas partes. Más allá de Sevilla o Málaga, muchos pueblos mantienen rituales únicos que han sobrevivido durante siglos y muestran otra forma de entender esta tradición

Foto: Autoflagelación durante la procesión sagrada de Semana Santa, San Vicente de la Sonsierra (iStock)
Autoflagelación durante la procesión sagrada de Semana Santa, San Vicente de la Sonsierra (iStock)

En España, en Semana Santa, existe una clara división entre quienes prefieren el fervor de las grandes avenidas y los que, por otro lado, eligen el silencio denso de su geografía más profunda. También están, por supuesto, los que deciden no participar de estas celebraciones religiosas.

Mientras miles de visitantes se concentran frente a los palcos de la Campana en Sevilla o bajo los focos de la calle Larios en Málaga, existe otra Semana Santa que transcurre lejos del espectáculo masivo.

En decenas de pueblos repartidos por todo el país, la celebración conserva rituales que apenas han cambiado desde hace siglos. Tradiciones heredadas de una religiosidad popular moldeada tras el Concilio de Trento, donde la liturgia se mezcla con la antropología, la memoria colectiva y, en ocasiones, con formas de penitencia que hoy siguen sorprendiendo a quien las descubre por primera vez.

Si busca una experiencia que vaya más allá de lo estético y se acerque a lo cultural y lo ritual, estos son siete lugares donde la Semana Santa se vive con una intensidad singular.

Verges (Girona): la danza medieval que desafía al tiempo

En el pequeño municipio de Verges, en pleno Baix Empordà, la noche del Jueves Santo conserva uno de los rituales más antiguos y sobrecogedores de Europa.

Cuando el reloj se acerca a la medianoche, cinco figuras vestidas de esqueletos irrumpen en la plaza iluminada únicamente por antorchas. Saltan al ritmo seco de un tambor en lo que se conoce como la Danza de la Muerte, un espectáculo de origen medieval que recuerda la fragilidad de la vida.

placeholder Verges, danza de la muerte (iStock)
Verges, danza de la muerte (iStock)

Cada esqueleto porta un símbolo: un reloj sin agujas, una guadaña o un plato con ceniza. La escena, silenciosa y solemne, evoca el mensaje que recorría Europa tras las grandes epidemias del siglo XIV: la muerte no distingue entre ricos y pobres.

Quien asiste por primera vez suele describirlo como un viaje al pasado.

San Vicente de la Sonsierra (La Rioja): la penitencia de los 'Picaos'

Pocas tradiciones generan tanta curiosidad —y debate— como la que se vive en este municipio riojano durante Semana Santa.

Los llamados "disciplinantes" o "Picaos" participan en las procesiones del Jueves y Viernes Santo cubiertos con túnicas blancas y el rostro oculto. En un momento determinado se arrodillan y comienzan a flagelarse la espalda con una madeja de algodón.

Cuando la piel se congestiona, interviene el "práctico", una figura autorizada que realiza pequeñas incisiones superficiales con una esponja de cristales para facilitar el sangrado y evitar hematomas.

placeholder La penitencia de los 'Picaos' (iStock)
La penitencia de los 'Picaos' (iStock)

Aunque pueda parecer extremo (lo es), el rito se realiza bajo estrictas normas y solo participan personas que lo han solicitado previamente. Para muchos penitentes es un acto íntimo de fe que se transmite de generación en generación.

Foto: Cristo yacente de la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en Sagunto. (Foto: Turismo Comunidat Valeniana)

Calanda (Teruel): el estruendo que rompe el silencio

En Calanda, el Viernes Santo comienza con uno de los momentos más impactantes de la Semana Santa aragonesa: la Rompida de la Hora.

A las doce del mediodía, miles de personas se reúnen en la plaza principal con tambores y bombos preparados. Durante unos segundos reina el silencio absoluto. Entonces, alguien levanta el brazo y el estruendo estalla.

placeholder Calanda, ruta del tambor (iStock)
Calanda, ruta del tambor (iStock)

Miles de instrumentos empiezan a sonar al mismo tiempo en una vibración colectiva que retumba en las paredes del pueblo. El sonido se mantiene durante horas, creando una atmósfera hipnótica que ha sido inmortalizada incluso en el cine por el calandino más universal: Luis Buñuel.

Valverde de la Vera (Cáceres): la noche de los Empalaos

La medianoche del Jueves Santo en este pueblo de la Vera extremeña se vive bajo un silencio casi absoluto. De repente aparece una figura que camina lentamente por las calles empedradas. Es uno de los Empalaos, penitentes que recorren el pueblo descalzos con los brazos atados a un timón de arado y el torso sujeto por cuerdas de esparto.

Las sogas comprimen el cuerpo hasta dificultar la circulación, mientras unas piezas metálicas llamadas vilortas tintinean al ritmo de sus pasos.

placeholder Un Empalao (iStock)
Un Empalao (iStock)

Cada Empalao suele ir acompañado por un "Cirineo" que le ayuda en el recorrido. Nadie conoce su identidad, porque el rostro permanece cubierto. El resultado es una de las imágenes más sobrecogedoras de la Semana Santa española.

Foto: pueblo-cuenca-fiesta-bien-interes-cultural-diablos-1qrt-1tna

Lorca (Murcia): una batalla de bordados y carrozas

Si algunas Semanas Santas destacan por su sobriedad, la de Lorca es todo lo contrario.

Aquí los desfiles bíblico-pasionales son auténticos espectáculos históricos donde conviven escenas del Antiguo Testamento, carros romanos, caballos, personajes históricos e incluso figuras como Cleopatra o Nerón.

El verdadero orgullo local está en los bordados en seda y oro, piezas artesanales que requieren años de trabajo y que han convertido la Semana Santa lorquina en una de las más singulares del país.

La ciudad vive además una rivalidad histórica entre dos hermandades: el Paso Blanco y el Paso Azul, cuyos seguidores animan los desfiles como si se tratara de una competición deportiva.

Cuenca: la procesión donde el caos es tradición

Durante la madrugada del Viernes Santo, Cuenca vive uno de los momentos más singulares de su Semana Santa. La procesión Camino del Calvario, conocida popularmente como la de las Turbas, recrea la multitud que según la tradición acompañó a Jesús camino de la crucifixión.

Miles de personas con clarines y tambores desafinados rodean el paso del Nazareno generando un ruido aparentemente caótico.

placeholder Decenas de personas durante la procesión del Calvario el Viernes Santo en Cuenca (Lola Pineda / Europa Press, 18/04/2025)
Decenas de personas durante la procesión del Calvario el Viernes Santo en Cuenca (Lola Pineda / Europa Press, 18/04/2025)

Pero en mitad del tumulto llega un instante inesperado: de repente se hace un silencio absoluto para escuchar el canto solemne del Miserere.

Ese contraste entre estruendo y recogimiento convierte la escena en uno de los momentos más emocionantes de la madrugada conquense.

Hellín (Albacete): el latido de miles de tambores

Si Calanda representa el estallido inicial, Hellín simboliza la resistencia sonora. Sus tamboradas, declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, reúnen cada año a miles de tamborileros vestidos con túnicas negras.

Durante horas —y a veces durante días— el sonido de los tambores se mantiene de forma ininterrumpida, creando un paisaje acústico que se extiende por toda la ciudad.

En 2026 la localidad celebra además el 150 aniversario de su Tamborada, un acontecimiento que confirma a Hellín como una de las capitales mundiales del tambor.

Más allá de los focos de las grandes ciudades, estas celebraciones muestran una España donde la Semana Santa sigue siendo algo más que una tradición turística. Son ritos que mezclan fe, historia y memoria colectiva, y que recuerdan hasta qué punto las costumbres populares siguen marcando el pulso de muchos pueblos.

En España, en Semana Santa, existe una clara división entre quienes prefieren el fervor de las grandes avenidas y los que, por otro lado, eligen el silencio denso de su geografía más profunda. También están, por supuesto, los que deciden no participar de estas celebraciones religiosas.

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