Viajar solo cuando te da miedo salir de tu zona de confort: qué dice la psicología sobre dar el paso
La rutina da seguridad, pero puede convertirse en una jaula invisible. Para muchas personas, la idea de viajar solas activa miedo y sensación de descontrol. La psicóloga María Bernardo analiza por qué salir de la zona de confort cuesta tanto
Las 07:00 horas, suena el despertador, te levantas, vas a trabajar, paras una hora para comer, vuelves a casa, por la tarde clase de pilates y a dormir. Al día siguiente la rutina se repite prácticamente idéntica, pero no te importa, estás cómodo en esa zona de confort y te angustia salir de ella. Hasta el punto de que te horroriza la idea de irte de viaje (todavía más hacerlo en solitario) porque supondría romper con lo que te permite estar tranquilo.
Situaciones como esta las ha vivido María Bernardo, psicóloga, en consulta. No es extraño ni poco frecuente que haya personas que tengan miedo a salir de su zona de confort y, por ello, les aterre viajar solos. Aunque, a veces, el "viajar solo" es el detonante, y otras es solo un ejemplo de un patrón más general en el que se refleja la evitación de lo nuevo, o de algún miedo en particular como volar, por ejemplo.
Es más, Bernardo insiste en que "lo más común en consulta es que el miedo a viajar solo, rara vez es solo por el viaje, ya que suele ser el escenario perfecto donde se juntan incertidumbre, decisiones sin apoyo y la sensación de estar 'sin red'".
"Cuando algo es nuevo, se activa un estado de alerta moderada porque hay más incertidumbre y más cosas que evaluar"
Salir de esta zona segura, explica la psicóloga, también implica cambios a nivel cerebral; ya que "consiste en pasar de modo automático a modo de aprendizaje. Cuando algo es familiar, el cerebro gasta poca energía y, por lo tanto, predice bien, decide rápido y se siente en control. Sin embargo, cuando algo es nuevo, se activa un estado de alerta moderada porque hay más incertidumbre y más cosas que evaluar. Cuando se activa el modo alerta, la amígdala toma 'el control' y nuestros pensamientos pasan a ser principalmente emocionales y deja poco espacio para el razonamiento lógico".
En general, podemos decir que el cerebro exagera los riesgos ante lo nuevo porque odia la incertidumbre, y cuando no tiene garantías, activa la alarma por si acaso.
Salir de la zona de confort, ¿sí o no?
Salir de la zona de confort, aunque pueda parecer que solamente tiene cosas positivas, no siempre es así. "Depende del cómo y del cuándo se realiza", asegura la psicóloga. María Bernardo explica que "puede ser muy sano si se hace como exposición gradual y elegida, por ejemplo, a pequeños retos asumibles que demuestran 'puedo con esto', sin forzarse a aguantar un nivel de ansiedad desbordante"; pero que "puede ser contraproducente cuando el reto es demasiado grande o se vive como una imposición. Si la experiencia sobrepasa a la persona, el cerebro lo registra como 'amenaza confirmada' y la lección no es 'he podido', sino 'menos mal que sobreviví'. Eso suele traducirse en más miedo la próxima vez, más necesidad de control y más probabilidad de evitación".
Por tanto, viajar solo para romper con la rutina no es una rutina que María, como psicóloga, pueda hacer a todas las personas por igual. "Viajar solo puede ser un reto muy beneficioso, pero no es la herramienta adecuada para todo el mundo en todo momento", confiesa.
Asimismo, ha señalado que no recomendaría viajar solo a quien está en un momento de ansiedad muy desbordada; tampoco cuando hay depresión intensa, aislamiento marcado o ideación autolesiva; si existe un patrón fuerte de impulsividad o consumo problemático, donde el viaje puede aumentar el riesgo; si la motivación real es castigarse ("tengo que poder cueste lo que cueste") o demostrar algo, más que hacerlo por desarrollo personal.
Prepararse para el viaje
Para aquellas personas a las que sí que les pueda venir bien un viaje de estas características, María recomienda no saltar al vacío, prepararlo como un entrenamiento, con los siguientes ejercicios y recursos:
- Escalera de exposición. Esto consiste en hacer minirretos previos, como ir a una cafetería solo, cenar solo, hacer una excursión de un día solo o pasar una noche fuera en tu ciudad solo. El objetivo es que el cerebro acumule pruebas de que la persona puede hacerlo.
- Plan de seguridad realista. Consiste en definir de 3 a 5 elementos básicos que dan tranquilidad sin convertirlo en control absoluto. Por ejemplo, alojamiento bien comunicado, llegada de día, llevar fotocopias de los documentos necesarios para el viaje, tener elegido un contacto de emergencia, o tener el seguro de viaje.
- Ensayo mental práctico, en el que en lugar de repasar mentalmente escenarios catastróficos, se ensaya una respuesta. La respuesta no tiene por qué ser muy elaborada, por ejemplo, hacer ejercicios de respiración, pedir ayuda, o ajustar el plan. Tener este guion reduce la sensación de quedarse sin recursos.
- Kit de autorregulación, por ejemplo, a través de ejercicios de respiración lenta, llevar notas en el móvil con frases ancla, o establecer una lista de "primeras acciones" al llegar al destino, por ejemplo, darse una ducha, dar un paseo corto y luego comer.
Viajar solo, un antes y después
Dar el paso y hacer ese primer viaje en solitario suele marcar un punto de inflexión. Según María Bernardo, lo más habitual es que se produzca un aumento claro de la confianza. Muchas personas regresan con una mayor sensación de capacidad personal, más tolerancia a la incertidumbre y menos miedo a la incomodidad.
También mejora la toma de decisiones. Durante el viaje han tenido que resolver imprevistos, organizarse y elegir sin apoyarse constantemente en otros, y comprobar que son capaces de hacerlo cambia la narrativa interna. A nivel emocional, suele aparecer una mezcla de orgullo y libertad. Y, en muchos casos, la sorpresa: descubrir que la soledad —bien dosificada— puede sentirse como descanso y alivio, no como amenaza.
La experiencia proporciona recompensas muy potentes, como la sensación de control interno, la confianza basada en la evidencia y la reducción del miedo anticipatorio
No es extraño que, después de esa primera experiencia, viajar solo "enganche". La psicóloga explica que lo que cambia es el mecanismo mental: se pasa de asociar el viaje en solitario con riesgo a vincularlo con autonomía. La experiencia proporciona recompensas muy potentes, como la sensación de control interno, la confianza basada en la evidencia —"lo he hecho y ha salido bien"— y la reducción del miedo anticipatorio.
El cerebro, además, aprende rápido por contraste. Cuando alguien se enfrenta a algo que le imponía respeto y comprueba que puede gestionarlo, la conducta se refuerza y aparece el deseo de repetir. Y esto también puede suceder en quienes, a priori, tenían miedo de salir de su zona de confort.
De hecho, a veces engancha incluso más en esos casos. El contraste entre el "no voy a poder" y el "he podido" es mucho más radical, y ese salto genera un refuerzo psicológico muy potente. Eso sí, Bernardo matiza que el efecto suele ser saludable cuando la motivación es explorar y disfrutar; no cuando el viaje se convierte en una forma de huir de problemas personales.
A veces no se trata de cruzar medio mundo, sino de comprobar que puedes cruzar tus propios límites y regresar con algo más que fotos en el móvil.
Las 07:00 horas, suena el despertador, te levantas, vas a trabajar, paras una hora para comer, vuelves a casa, por la tarde clase de pilates y a dormir. Al día siguiente la rutina se repite prácticamente idéntica, pero no te importa, estás cómodo en esa zona de confort y te angustia salir de ella. Hasta el punto de que te horroriza la idea de irte de viaje (todavía más hacerlo en solitario) porque supondría romper con lo que te permite estar tranquilo.