El pueblo de Guadalajara que es una visita obligada: a un paso de Madrid y donde el infante don Juan Manuel construyó un castillo
Una villa alcarreña presume de manantiales, plazas con historia y un pasado ligado a un gran nombre de la literatura medieval. Entre restos de muralla y un sistema defensivo en lo alto, este destino es una escapada ideal de fin de semana
El pueblo de Guadalajara que es una visita obligada. (Turismo de Guadalajara)
A poco más de una hora y media de Madrid, en plena Alcarria y entre los valles del Tajo y el Tajuña, hay una villa castellano-manchega que sorprende por su mezcla de historia medieval, agua y patrimonio. Entre murallas, plazas y ermitas, este destino se ha hecho un hueco como escapada de fin de semana para quienes buscan un casco urbano con identidad, paseos sin prisas y un pasado ligado a personajes ilustres. Además, su posición la convirtió en paso de la Ruta de la Lana, el itinerario jacobeo que enlaza desde Valencia hasta Burgos, un detalle que refuerza su carácter de parada con sentido más allá del turismo de postal.
Ese lugar es Cifuentes (Guadalajara), una localidad de poco más de 1.700 habitantes cuyo nombre se asocia al gran número de manantiales que alimentan el río homónimo. El recorrido suele comenzar en la Plaza Mayor, de traza triangular y modelo porticado castellano, donde se encuentra la Casa Consistorial. A partir de ahí, conviene fijarse en la arquitectura tradicional y en algunas viviendas señoriales, como la Casa de los Gallos, una casona del siglo XVI que se cita entre los edificios civiles más reconocibles del conjunto urbano.
Un paseo por el pueblo
En clave monumental, el protagonismo recae en la iglesia de San Salvador, un templo de transición románica-gótica con reformas del siglo XVI. En su exterior destaca la portada románica dedicada aSantiago, con los doce apóstoles y ángeles, además de un rosetón gótico. El itinerario puede completarse con el Convento de Santo Domingo, hoy Centro Cultural, donde se conserva una iglesia renacentista de una nave con fachada manierista, junto al claustro y otras dependencias. También figuran en la ruta la ermita del Remedio, la ermita de la Soledad y los restos del convento de San Francisco, que ayudan a entender el peso histórico de la villa.
En lo alto de un promontorio se localizan los restos del castillo que mandó levantar el infante don Juan Manuel en el siglo XIV, una fortaleza de planta cuadrada con cinco torres, entre las que sobresale la del Homenaje, de diseño pentagonal. National Geographic apunta a que, en periodos de descanso entre disputas políticas, el autor podría haber escrito bajo sus muros El conde de Lucanor, aunque no hay certeza y el mérito se disputa con otros lugares. Junto a la fortificación se aprecian los restos del Albacar, el recinto amurallado anexo que funcionaba como antesala defensiva y refugio para vecinos, ganado o tropas en caso de ataque. A ello se suma la memoria de una villa amurallada que llegó a tener cuatro puertas de acceso —Atienza, Salinera, de la Fuente y Brihuega— y de la que aún se conservan tramos y torres en puntos concretos.
A poco más de una hora y media de Madrid, en plena Alcarria y entre los valles del Tajo y el Tajuña, hay una villa castellano-manchega que sorprende por su mezcla de historia medieval, agua y patrimonio. Entre murallas, plazas y ermitas, este destino se ha hecho un hueco como escapada de fin de semana para quienes buscan un casco urbano con identidad, paseos sin prisas y un pasado ligado a personajes ilustres. Además, su posición la convirtió en paso de la Ruta de la Lana, el itinerario jacobeo que enlaza desde Valencia hasta Burgos, un detalle que refuerza su carácter de parada con sentido más allá del turismo de postal.