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Está en el interior y parece la Toscana, pero está en España: el precioso pueblo que es una auténtica joya y hay que visitar sí o sí en enero
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Está en el interior y parece la Toscana, pero está en España: el precioso pueblo que es una auténtica joya y hay que visitar sí o sí en enero

Con calles de piedra y un pasado ligado a la prosperidad agrícola, este destino del interior, que se disfruta mejor en invierno, se ha convertido ya en todo un referente turístico

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Entre colinas suaves, olivares y un casco histórico de piedra dorada que parece detenido en el tiempo, existe un rincón del interior de España que en invierno gana todavía más encanto. Enero es el mes perfecto para descubrirlo sin prisas, lejos de multitudes y con una luz que realza sus fachadas nobles, sus plazas silenciosas y ese aire italiano que sorprende desde el primer paseo.

No hace falta viajar a la Toscana para disfrutar de paisajes ordenados, pueblos con siglos de historia y una arquitectura que habla de prosperidad pasada. En este enclave, el aceite de oliva ha marcado el carácter del territorio y ha dejado huella en sus casas señoriales, en sus escudos de piedra y en una trama urbana que invita a perderse. Un lugar donde el turismo convive con la vida cotidiana y donde el visitante se siente más huésped que espectador. Ese lugar es Calaceite, en la comarca del Matarraña, al este de la provincia de Teruel.

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Este pequeño pueblo, situado entre los valles de los ríos Matarraña y Algás, ha sabido convertir su patrimonio en motor económico sin perder autenticidad. A pesar de su tamaño, cuenta con servicios suficientes para una escapada cómoda: alojamientos con encanto, restaurantes donde el producto local manda y comercios ligados, sobre todo, al aceite y al vino. No es casualidad: durante siglos fue uno de los mayores productores de oliva de la zona, y esa riqueza se tradujo en una notable eclosión arquitectónica entre los siglos XVIII y XIX.

El casco urbano de Calaceite fue declarado Conjunto de Interés Histórico-Artístico en los años 70 y posteriormente Bien de Interés Cultural. Basta un vistazo para entender por qué. El corazón del pueblo gira en torno a la plaza Mayor, también conocida como plaza del Sitjar, un espacio singular por su estructura irregular, con arcos, pasajes cubiertos y edificios que se adaptan a la pendiente del terreno. Desde aquí parten varias calles principales que conectan con antiguos portales-capilla, testigos de una villa que creció protegida por su fe y su comercio.

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Uno de los edificios más imponentes es la iglesia parroquial de la Asunción, una construcción barroca de los siglos XVII y XVIII, con tres naves y una fachada monumental que domina el perfil urbano. Muy cerca se encuentra el Ayuntamiento, de estilo renacentista, que refuerza esa sensación de estar paseando por un pueblo italiano del interior, donde cada piedra parece colocada con intención estética además de funcional.

Calaceite se asienta sobre dos núcleos elevados originales, conocidos como la Torreta y el Castell, desde donde se obtienen vistas privilegiadas del entorno agrícola. Desde lo alto, el paisaje de olivares recuerda inevitablemente a la Toscana, especialmente en invierno, cuando los campos muestran una calma casi fotográfica y el silencio solo se rompe por el viento entre los árboles.

El paseo por el pueblo permite descubrir numerosas casas con escudos nobiliarios en sus portadas, símbolo de la prosperidad de épocas pasadas. También destacan pequeñas joyas patrimoniales como la capilla de San Antonio, situada sobre el paso de una calle, o las ermitas de San Roque y de la Virgen del Pilar. Esta última se alza sobre uno de los antiguos portales de entrada al pueblo y sorprende por su ubicación en un terreno inclinado y por la singularidad de sus fachadas, todas diferentes.

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Más allá del casco urbano, el término municipal guarda un importante legado arqueológico. El poblado íbero de San Antonio es uno de los principales atractivos históricos de la zona. Este yacimiento muestra dos fases de ocupación que abarcan desde el siglo V hasta finales del III a.C., un periodo que coincide con la llegada de los romanos. Pasear por este enclave permite entender la importancia estratégica que ya tenía el territorio hace más de dos mil años.

Enero también es un buen momento para descubrir los alrededores sin el calor del verano. Muy cerca se encuentra la Roca Caballera, una curiosa formación rocosa asociada a antiguas leyendas. La tradición popular asegura que templarios y calatravos celebraban misas en este peculiar “altar” natural, donde aún pueden verse cruces talladas en la piedra.

Otra experiencia muy ligada a la identidad del lugar es el oleoturismo. En los alrededores, iniciativas como las almazaras de la zona permiten conocer de primera mano el proceso de elaboración del aceite de oliva, desde los métodos tradicionales hasta las técnicas más modernas, con catas incluidas y un contacto directo con los productores.

Entre colinas suaves, olivares y un casco histórico de piedra dorada que parece detenido en el tiempo, existe un rincón del interior de España que en invierno gana todavía más encanto. Enero es el mes perfecto para descubrirlo sin prisas, lejos de multitudes y con una luz que realza sus fachadas nobles, sus plazas silenciosas y ese aire italiano que sorprende desde el primer paseo.

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