Curiosidad en Madrid: así es la solitaria ermita barroca de Barajas atrapada en el corazón de una rotonda
Es uno de los templos más insólitos de Madrid y pocos lo advierten al pasar. Atrapada en el centro de una glorieta, entre coches y carriles, sobrevive una ermita barroca que fue símbolo de entrada al pueblo de Barajas hace siglos
Ermita de Nuestra Señora de la Soledad, en Barajas. (COAM)
Quien se adentra por las inmediaciones del aeropuerto de Madrid-Barajas puede toparse con una escena que roza lo surrealista: una iglesia barroca en mitad de una gran glorieta, rodeada de tráfico, cemento y ruido, como si el tiempo se hubiera congelado justo ahí, entre carriles. El templo parece un vestigio detenido, ajeno a la lógica urbana que lo aprisiona.
La Ermita de Nuestra Señora de la Soledad, levantada a mediados del siglo XVII, ha sobrevivido al empuje de las infraestructuras modernas y al crecimiento de Madrid, pero no sin coste. Lo que antaño fue un punto de referencia espiritual y territorial para los vecinos de Barajas, hoy queda aislado en un círculo de asfalto que apenas permite intuir su valor arquitectónico e histórico. Su extraña ubicación, en el centro de una rotonda conectada con la M-11 y la avenida de Logroño, responde a décadas de decisiones urbanísticas que priorizaron el tránsito rodado sobre el patrimonio.
El edificio forma parte de lo que fue una red de ermitas y humilladeros que marcaban entradas y salidas de pueblos castellanos. A diferencia de muchas de sus hermanas, demolidas o absorbidas por el tejido urbano, esta ha permanecido gracias, en parte, a suescaso interés especulativo y a la memoria vecinal que logró evitar su desaparición. Su diseño consta de cuatro volúmenes alineados: pórtico, nave, santuario y vivienda del ermitaño, con elementos de ladrillo y piedra que refuerzan su estructura exterior y le confieren un carácter sobrio.
El templo se convirtió en obstáculo para las obras de conexión de la capital con su aeropuerto, motivo por el quese llegó a plantear su demolición o traslado. La presión vecinal impidió tales acciones, aunque el precio fue el aislamiento: primero quedó a un lado de la carretera, después encima de un túnel, y finalmente fue engullido por una glorieta que lo encapsula.
Hoy, visitar la ermita implica sortear un paso de peatones entre viales. Pese a ello, aún se celebran misas dominicales y algunos vecinos mantienen vivo su recuerdo. Pero su conservación es compleja: expuesta a la contaminación, el humo y las vibraciones de los vehículos, sufre una erosión silenciosa. A este deterioro se suma su desconexión visual y peatonal del entorno, lo que dificulta su apreciación y la conciencia colectiva sobre su valor.
Barajas apenas ha crecido en comparación con el desarrollo que ha tenido su aeropuerto. Sin embargo, esa desproporción ha dejado en segundo plano a un templo que, más allá de su función religiosa, es un símbolo de la identidad local. Atrapada entre carriles, la ermita permanece, pero cada día un poco más sola, como su nombre parece haber anticipado siglos antes.
Quien se adentra por las inmediaciones del aeropuerto de Madrid-Barajas puede toparse con una escena que roza lo surrealista: una iglesia barroca en mitad de una gran glorieta, rodeada de tráfico, cemento y ruido, como si el tiempo se hubiera congelado justo ahí, entre carriles. El templo parece un vestigio detenido, ajeno a la lógica urbana que lo aprisiona.