Solo 10 personas viven aquí: el pueblo pesquero más mágico y aislado de Canarias entre antiguos molinos, cuevas marinas y acantilados
Abrazado por el Atlántico, este pequeño rincón de Fuerteventura guarda el alma intacta de los antiguos pueblos pesqueros entre molinos, acantilados y cuevas marinas que solo el mar permite visitar a su antojo
Este diminuto enclave marinero conserva el encanto de los pueblos pesqueros de antaño. (barcelo.com)
En la costa occidental de Fuerteventura, escondido entre acantilados que parecen resistir el paso del tiempo, se encuentra un pequeño enclave que desafía la prisa y el ruido del siglo XXI. Apenas una decena de vecinos mantiene viva la calma de un lugar donde el mar impone sus reglas y cada amanecer parece una recompensa para los sentidos.
Lo que fue un antiguo asentamiento pesquero se ha transformado hoy en un refugio de calma. Situado en la costa occidental de la isla, este pequeño núcleo pertenece al municipio de Puerto del Rosario y ofrece una postal que parece detenida en el pasado: casas encaladas con puertas azules, una playa cambiante según las mareas y la sensación constante de estar al final del mundo.
El nombre del lugar no es casual. Hace referencia a los molinos de viento que, durante siglos, dieron forma al paisaje de Fuerteventura y abastecieron de gofio a la población local. Estas construcciones tradicionales son parte del patrimonio insular y evocan la historia agrícola y ganadera de una isla marcada por la fuerza del viento.
El pueblo se asienta al final del barranco de Los Molinos, un cauce que serpentea entre paredes volcánicas hasta encontrarse con el mar. Desde allí, la playa ofrece unespectáculo cambiante: en verano aparece una lengua de arena dorada, perfecta para el descanso o el surf, mientras que en invierno el oleaje arrastra la arena y deja al descubierto unacosta de guijarros y roca viva, tan bella como indómita.
Uno de los secretos mejor guardados del lugar son sus cuevas marinas, accesibles solo durante las bajamares más pronunciadas del año. Entre ellas destaca la llamada Cueva Herminia, una cavidad de bóveda alta que permite contemplar el mar desde su interior. El fenómeno ocurre especialmente en septiembre, durante la llamada "marea de El Pino", cuando el océano se retira lo suficiente como para dejar al descubierto los pasadizos naturales.
Tras la caminata o la exploración, nada mejor que detenerse en alguno de sus restaurantes junto al mar. El más conocido es Casa Pon, donde se sirven platos tradicionales como las lapas a la plancha, las papas arrugadas, el queso frito o las paellas de pescado y marisco. También el bar-restaurante El Puertito ofrece tapas sencillas y una terraza desde la que contemplar la playa mientras rompe la espuma del Atlántico.
El acceso a este paraje aislado se realiza desde Puerto del Rosario por una carretera que serpentea entre montañas hasta llegar a la costa. Antes de entrar en el núcleo, es necesario cruzar un pequeño puente que salva uno de los escasos riachuelos de la isla. El trayecto apenas dura media hora, pero la sensación al llegar es la de haber viajado mucho más lejos: a un lugar donde la modernidad se detiene y la naturaleza marca su propio ritmo. Allí, el horizonte se abre sin límites y el aire huele a sal y a soledad antigua, como si cada ola recordara que este lugar fue hecho para quienes buscan la calma absoluta.
Para llegar al Puertito de los Molinos desde otros puntos del archipiélago canario, el trayecto comienza siempre por Fuerteventura, ya que este pequeño enclave pertenece al municipio de Puerto del Rosario. Desde el resto de las islas, la opción más práctica es volar al Aeropuerto de Fuerteventura (FUE), situado a unos 27 kilómetros del pueblo. Desde allí, se puede alquilar un coche o tomar un taxi. El recorrido dura aproximadamente 35 minutos, siguiendo la carretera FV-20 hasta Tefía y enlazando después con la FV-221, que conduce directamente hacia la costa.
También existen ferries regulares desde Lanzarote (Puerto de Playa Blanca a Corralejo) y desde Gran Canaria o Tenerife (llegando al puerto de Puerto del Rosario). Una vez en la isla, el camino hasta el Puertito ofrece un paisaje cada vez más agreste, con montañas erosionadas, tonos ocres y el sonido del viento marcando la ruta.
En la costa occidental de Fuerteventura, escondido entre acantilados que parecen resistir el paso del tiempo, se encuentra un pequeño enclave que desafía la prisa y el ruido del siglo XXI. Apenas una decena de vecinos mantiene viva la calma de un lugar donde el mar impone sus reglas y cada amanecer parece una recompensa para los sentidos.