oh, là là!

Francia en Madrid: vestigios galos con cata de vinos y queso incluida

El mapa de la capital está plagado de referencias y arquitectura que los galos dejaron durante su paso por España

Foto: Embajada de Francia en Madrid.
Embajada de Francia en Madrid.

“Cada cual tiene su suerte… La tuya es de borracho hasta la muerte”. Las coplas populares recuerdan a José I Bonaparte como un rey impuesto y demasiado aficionado a la bebida. Su sobrenombre, 'Pepe Botella', se ha consolidado en la historia —pese a que algunos expertos defienden que no probaba ni una gota de alcohol—, frente al mote de 'rey plazuelas'. Un alias con el que los madrileños del principios del siglo XIX apodaron al monarca 'intruso' que trajo bajo el brazo la Guerra de la Independencia y que se obsesionó con el embellecimiento de Madrid desde su llegada en el verano de 1808. El hermano mayor de Napoleón se encontró una ciudad hermética, con un trazado urbano intrincado e irregular que resultaba asfixiante para el francés. Sus órdenes para abrir los espacios, derribando iglesias, conventos y manzanas completas de viviendas, dieron lugar a plazas —de ahí su mote de 'rey plazuelas'— tan conocidas como la de Oriente, frente al Palacio Real. Las plazas de San Miguel, Santa Ana, Mostenses o la de San Martín son también herencia del rey galo.

A pesar de su breve y complejo reinado —tuvo que abandonar Madrid hasta en tres ocasiones temiendo por su vida—, dejó una importante huella en la ciudad que sembró la semilla de un nuevo modo de concebir el urbanismo. Este empezó a aproximarse al concepto que las grandes capitales de Europa ya habían desarrollado: anchas avenidas, paseos adornados con vegetación, museos —al monarca francés se le atribuye el embrión del Museo del Prado— y palacios. Entre otras medidas sanitarias, José I ordenó sacar fuera del núcleo urbano los cementerios y los mataderos, un pequeño primer paso que fue el germen de un Madrid refinado desarrollado durante todo el siglo XIX, con el rey francés fuera de nuestras fronteras, y que aún puede disfrutarse hoy en recorridos guiados por expertos en la historia de la capital.

Frente a uno de los episodios más desagradables entre Francia y España, Madrid ha sabido quedarse con lo mejor de esa tormentosa relación decimonónica

Caminatas que parten de puntos tan emblemáticos como los parterres del paseo del Prado y la plaza de Cibeles, para conocer allí la historia de edificios tan singulares como el Palacio de Linares. Además de sus leyendas fantasmagóricas, esta construcción es uno de los mejores ejemplos de arquitectura afrancesada en la capital. Denominado originalmente como Palacio de Murga —por sus primeros propietarios, José de Murga y Raimunda de Osorio—, es obra del arquitecto municipal Carlos Colubí, que inició sus obras en 1877 siguiendo el estilo del francés Adolf Ombrecht. Ubicado en la plaza de Cibeles, uno de los puntos indispensables para todo amante de la arquitectura, pues en ella conviven el Palacio de Buenavista —que José I eligió como sede del Museo Josefino, semilla del Museo del Prado— y el Banco de España —que, a pesar del estilo renacentista veneciano que los arquitectos Sainz de Lastra y Adaro proyectaron para él, responde al modelo europeo que pretendía el monarca francés para Madrid—. Una variedad de estilos que contrastan con el Palacio de Cibeles —antes de Telecomunicaciones—, para el que el genial tándem de Antonio Palacios y Joaquín Otamendi ideó un toque ecléctico y moderno.

Las rutas por ese Madrid que transformó la ciudad durante el siglo XIX y principios del XX continúa por la calle Alcalá y se detienen en esquinas tan espectaculares como la del edificio del Instituto Cervantes. El antiguo Banco Español del Río de la Plata también es obra de Palacios y Otamendi, y se encuentra justo enfrente de dos palacios que perfectamente podrían estar ubicados en una capital como París. Son los palacetes de Urquijo y Fontagud —en los números 47 de Alcalá y 5 de Barquillo, respectivamente—, que responden al modelo de vivienda que los adinerados banqueros de finales del XIX construyeron a imitación de los 'hoteles' europeos —así se llamaba en la época a estas lujosas mansiones—. Ambos son sede hoy en día de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, ocupando prácticamente la manzana hasta la plaza del Rey. En este coqueto emplazamiento se produce otro de los frecuentes contrastes arquitectónicos de Madrid con la Casa de las Siete Chimeneas, anterior a 1570.

Estatua del teniente Ruiz y Mendoza, en la plaza del Rey de Madrid. (CC)
Estatua del teniente Ruiz y Mendoza, en la plaza del Rey de Madrid. (CC)

Precisamente, en esta curiosa plaza se encuentra un símbolo histórico de la resistencia a la invasión francesa en Madrid: la estatua de Jacinto Ruiz y Mendoza. Fue erigida por el Ejército español en homenaje a este teniente, líder en la defensa de parque de Artillería de Monteleón —donde hoy está la plaza de Malasaña— durante el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Frente a uno de los episodios más desagradables entre Francia y España, Madrid y los madrileños han sabido quedarse con lo mejor de esa tormentosa relación decimonónica. El urbanismo es prueba de ello y la admiración por el gusto francés se plasma en edificios tan icónicos para la capital como el Metrópoli. Símbolo de una época —es una de las joyas de la centenaria Gran Vía—, su diseño lo firman los arquitectos franceses Jules y Raymond Février, padre e hijo importadores en Madrid del estilo que imprimían en la época en las viviendas palaciegas de París. No obstante, la obra final la llevó a cabo Luis Esteve Fernández-Caballero en 1910.

'Tout le monde à table!'

Un buen hilo conductor para esa 'reconciliación' es la gastronomía. La cocina francesa ha influido no solo en la española, sino también en los fogones mundiales. La base de su éxito es, además de una depurada técnica, una materia prima singular, única y deliciosa, que se puede degustar tras una caminata siguiendo las huellas galas sobre la capital en uno de los lugares perfectos para saber más de Francia: Oh Délice!. Esta 'boutique gourmet', en plena plaza de Chueca, es famosa por sus peculiares catas de quesos y vinos. Un templo de los productos artesanos del país vecino que son degustados de una manera especial con charlas que versan, entre otros temas, sobre los tipos de uva, los manjares de una determinada región francesa o las sensaciones que producen al ser degustados. Cada cata es siempre una nueva experiencia y no es raro que la ciencia, la filosofía o la historia acaben ligando este tipo de encuentros de carácter informal.

Una de las catas en Oh Délice!
Una de las catas en Oh Délice!

Quesos, patés, vinos e, incluso, verduras o conservas que son el reflejo de la pasión por la cultura francesa de los responsables de este espacio. Todo se vende con el objetivo de poner en valor a los pequeños productores y artesanos, importando a Madrid las delicias que hacen sucumbir a los paladares más exquisitos. El maridaje perfecto —del que hace gala este establecimiento— llega de la mano de una selección de cinco referencias que acompañan los distintos productos que viajan hasta este rincón, sobre todo, desde el suroeste de Francia.

Absténganse aquellos que busquen en este espacio grandes marcas. Todo es artesano y exclusivo, con rarezas tan intrigantes como un sofisticado vino cuya forma de ser fermentado le proporciona un curioso aroma a coliflor. Para acabar, postre incluido, nada mejor que brindar por todo aquello que une Madrid y Francia con champán. Aquí presumen de tener la variedad más exquisita y desconocida de la capital. ¿Quiere probar?

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