Anxo Lamela

Copenhague, 17 may (EFE).- Rasmus Paludan, líder de un pequeño partido xenófobo, ha pasado en un mes de fenómeno viral juvenil, pero desconocido para el resto de daneses, a acaparar la atención en la campaña para las elecciones legislativas de junio.

Los sondeos sitúan a su partido, Rumbo Firme, que quiere prohibir el islam y expulsar a los inmigrantes no occidentales, con cierta holgura por encima de la barrera electoral mínima del 2 %, mientras Paludan recibe cobertura privilegiada diaria en los medios daneses y ha sido la gran estrella de los primeros debates televisivos.

Cuando Paludan creó el partido en 2017, sus perspectivas eran sombrías: la inmigración ha sido tema central de las elecciones las últimas dos décadas, pero el discurso xenófobo estaba monopolizado por el Partido Popular Danés (DF), segunda fuerza parlamentaria y apoyo de todos los gobiernos de derecha en este siglo.

La irrupción de Nueva Derecha, otra fuerza xenófoba a la que las encuestas colocan en el Parlamento, parecía reducir al mínimo las opciones de este abogado de 37 años que empezó a adquirir notoriedad en las redes cuando en verano inició una campaña de manifestaciones, preferentemente en guetos con alto porcentaje de inmigrantes.

El objetivo de este político, que se define como "soldado de la libertad" y "faro de los daneses", era mostrar la "verdadera" realidad de un país que considera amenazado por los inmigrantes, aunque no suponen ni el 10 % de la población.

Acompañado por un par de simpatizantes, uno para grabar los actos y subirlos a YouTube, Paludan hace caricaturas de Mahoma, quema un Corán cubierto de beicon o llama "perdedores" y "asquerosos" a quienes lo confrontan y les pide que vuelvan a sus países.

Con un tono teatral exagerado, vestido a menudo con chaleco antibalas y rodeado de policías, Paludan fue ganando notoriedad -sus vídeos han sido vistos más de 20 millones de veces en YouTube- sobre todo entre muchos jóvenes, que se hacían autorretratos con él o se grababan vídeos imitando sus gestos y sus frases.

Pero su fama viral no se traducía en apoyo: hace un mes tenía la cuarta parte de las firmas para presentarse a las elecciones.

Todo cambió cuando una manifestación organizada en Nørrebro, barrio multicultural de Copenhague, acabó en enfrentamientos violentos entre policía y jóvenes de origen inmigrante y antifascistas, que acapararon la atención mediática en todo el país.

Paludan quiso intensificar entonces las manifestaciones, mientras las autoridades las suspendían o trasladaban aduciendo motivos de seguridad, en medio de un debate sobre los límites de la libertad de expresión y los gastos policiales, que en los cuatro últimos meses han costado casi 6 millones de euros a las arcas públicas.

En dos semanas reunió las firmas que le faltaban y garantizó su presencia en los debates, que ha torpedeado acusando de "traidores" al resto de políticos, obligándolos a posicionarse sobre su figura.

"Echaremos primero a los que son fáciles de seleccionar: los que tienen manchas en su certificado penal y no son daneses, los que reciben subsidios y no trabajan. Son entre 600.000 y 700.000 (de una población de 5,7 millones) los que calculo hay que echar del país", ha dicho Paludan, que ha sido acusado de "nazi" por sus detractores.

El primer ministro de Dinamarca, el liberal Lars Løkke Rasmussen, y otros líderes del centroderecha han rechazado pactos acusándolo de extremista, mientras voces críticas le recuerdan que las ideas de Paludan tienen varios puntos en común con las del DF y que su gobierno ha llevado al límite los compromisos con las convenciones internacionales.

Los medios han convertido en su objeto preferido a Paludan, que recibe solo menos atención que Rasmussen y la líder socialdemócrata, Mette Frederiksen, según un estudio de la televisión pública DR.

Así han revelado sus bandazos políticos (ha sido socialliberal, liberal y euroescéptico), sus pleitos con particulares y autoridades o que un accidente una década atrás le provocó un cambio de personalidad y pérdida parcial de facultades y de capacidad laboral.

Pero ni eso ni sus problemas con la justicia -tiene una condena por insultar a un policía y otra aún no firme por grabar un vídeo racista frente a la casa de una activista de origen africano- parecen frenar el fenómeno Paludan, que a menos de tres semanas para los comicios acaricia su entrada en el Parlamento. EFE

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