Por Carlos Rey y Ana González

Lugo, 18 abr (EFE).- La Galicia rural, donde los vecinos ven como cada cierto tiempo muere una aldea, no es el más activo en las protestas de la España vaciada. Eso sí, en cada campaña reciben la visita de políticos que 'alternan' con terneros o recorren explotaciones, pero terminada la carrera hacia las urnas el territorio continúa vaciándose.

Lejos de los núcleos urbanos gallegos por definición hay un gran territorio vacío: según datos del Instituto Galego de Estadística (IGE), 1.401 parroquias con una densidad de población igual o menor a veinte habitantes por kilómetro cuadrado, el equivalente al 47,6 % del territorio de Galicia.

Sus aldeas pierden población o directamente desaparecen. Como Paradapiñol, en el ayuntamiento lucense de Quiroga, de la que es vecina Ángeles Varela, quien en una conversación con Efe achaca este problema a "la falta de trabajo". "Si no llega gente nueva, en unos años todas estas aldeas estarán deshabitadas", lamenta.

La suya, que se localiza en la parroquia de Vilarmel, tenía 14 habitantes en 2013, según el IGE. Ahora Ángeles incide en que solo "hay dos casas habitadas", con un total de siete personas. No hay ningún niño "desde hace muchos años".

Ella utiliza el coche todos los días para ir al trabajo y comprar lo que necesita en Quiroga, trayecto que le lleva veinte minutos. "En una aldea, tu mejor amigo es el coche", bromea.

Otros dos de sus vecinos se dedican a una explotación ganadera que tienen en Paradapiñol y, el resto, están jubilados.

El factor que diferencia las condiciones de vida en el rural es el acceso a los servicios, algunos de ellos peores y bastante más caros.

Ángeles relata que esto es lo que sucede con la conexión a internet, cuyo precio es más elevado que en las ciudades, y además indica que "el móvil funciona regular" debido a la escasa cobertura a la que tienen acceso.

Para Ángeles Varela, lo peor de vivir en una aldea es la necesidad de usar el coche "para todo" y tiene claro que en un futuro próximo Paradapiñol estará deshabitado, como ha sucedido ya con otros enclaves cercanos. A pesar de esto, Ángeles es feliz allí porque le gusta el campo y afirma que la "calidad de vida" no es "peor" que en una ciudad, sino que es "otro tipo de vida".

Los años pasan y los gobiernos se suceden, pero la situación no cambia en el rural. Lo sabe bien José Manuel Braña, alcalde desde 2003 de Negueira de Muñiz (Lugo), el ayuntamiento con menos habitantes de Galicia -218 en 2018 según el IGE-, que en los últimos noventa años ha perdido al 85 % de su población.

"¿Esta situación? La ha provocado la defensa a ultranza que el Estado y la comunidad autónoma han hecho del medio rural", ironiza Braña, quien está seguro de que, de haberlo defendido, "el medio rural hubiera aguantado".

Braña ya no cree en las promesas que hacen los políticos en las tradicionales visitas a aldeas campaña tras campaña. "Lo hacen todos los partidos y habrá gente que se lo crea, pero la realidad es la que es: sus grandes frases tienen que adornarlas menos y dotarlas de más contenido", sentencia.

Negueira de Muñiz tuvo en su día un colegio -dependiente de la Xunta- que su regidor espera que vuelva a abrir, y cuenta con una casa rural, dos mesones y un centro de salud al que acude un médico dos veces por semana. Para todo lo demás, tienen que desplazarse a Ponferrada, en León, a más de veinte kilómetros.

El profesor de Sociología del Territorio de la Universidade da Coruña (UDC) Manuel Docampo cree que desde las administraciones hay que "mimar y cuidar" a la población del rural, ya que cuesta más prestar los servicios en un pueblo que en una ciudad.

Galicia, además, cuenta con una situación añadida: la dispersión poblacional.

Para este experto, la cuestión fundamental no es la cuantitativa -que el rural gane población-, y sí en cambio que mejore la calidad de vida para ser "igual o mejor" que la de las ciudades, dotando a la ciudadanía de más servicios, rehabilitando viviendas y apostando por la preservación del entorno y el sector primario.

Hay muchas recetas para revertir la tendencia del rural gallego hacia la despoblación y una cuestión que para todos está clara: ninguna pasa por las visitas cada cuatro años, que tienen que concretarse con inversión y hechos. De no ser así, puede que, algún día, los candidatos no tengan animales que saludar, ni siquiera aldeas para caminarlas. EFE

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