María Ruiz

Granada, 1 nov (EFE).- Las redes sociales se han convertido en una extensión más de la vida y también de la muerte, y su gestión tras un deceso provoca que en ocasiones el fallecido no pueda descansar en paz porque sus familiares se empeñan en actualizar estados que buscan una existencia eterna, virtual pero eterna.

La muerte es esa constante en la vida que cambia con el paso del tiempo, que se adapta también al siglo y a las modas y que, ahora, se anuncia en redes sociales, se llora con emoticonos y se rememora desde 'Instagram'.

En el difunto siglo XX, la muerte se afrontaba con duelos plañidos en velatorios caseros y bastaba con tachar la línea de la agenda con los datos del fallecido, pero en esta era, marcada por las aplicaciones para móviles y la vida transmitida en directo por cada red social, hasta lo de morirse puede costar una eternidad.

Enterrar la huella digital resulta complejo y como muestra de ello aparece Facebook, esa red que pierde cada año una media de 1,5 millones de usuarios y que te pega un susto casi mortal cuando te recuerda una jornada cualquiera que felicites por su cumpleaños a ese ser querido ya fallecido.

"El avance de las redes sociales y de otro tipo de herramientas digitales ha generado también nuevas necesidades difíciles de gestionar, especialmente en un país como España con una Ley digital tan retrasada", ha explicado a Efe el experto en marketing, comunicación y redes Rayko Lorenzo.

En el camino hacia el descanso eterno, cada red social tiene una estricta política de luto en la que casi nadie piensa cuándo se abre un perfil, igual que casi nadie dedica su tiempo a diseñar la lápida para su último adiós.

"Facebook permite compartir el perfil con un familiar, que puede convertirlo en una página memorial, pero también cerrarlo enviando certificados de defunción y documentos que demuestren esa relación de familia", ha apuntado Lorenzo.

Estas gestiones convierten algunas redes sociales en cementerios virtuales, espacios en los que recordar a los difuntos con fotos o comentarios, las nuevas flores y velas de los camposantos tradicionales.

Pero no todo en internet son redes sociales y la muerte exige afrontar otra maraña, la de la huella digital, la que tejen herramientas como Google, con los datos de un correo o las fotos de la nube, pero también plataformas con intereses muy terrenales.

"Google gestiona datos como las fotos o los correos de un fallecido con una función instalada hace unos cinco años en la que cada uno deja establecido quién accede, pero hay otras plataformas que dan dinero, que hay que gestionar como herencias", ha avisado Lorenzo.

Porque el muerto puede tener un canal de Youtube que genere ingresos cada día, haber sido un "influencer" cotizado con mucho por cobrar o tener dinero digital, bienes virtuales con su traducción en euros y que ya se legan con documentos de voluntades anticipadas similares al testamento de toda la vida.

Por eso han surgido empresas especializadas en gestionar la muerte digital como InMemoriam, una red social que busca mantener vivo el recuerdo de un ser querido con una especie de portal que se convierte en la "wikipedia" de los que no aparecen en la "wikipedia".

También otras como "Tellmebye" -dime adiós- que ofrecen desde el contacto con una funeraria, a un muro de condolencias o la gestión de la huella digital a repartir entre los herederos.

Y así, con especialización, al mundo real llegan las 'funerarias' del siglo XXI para gestionar cementerios virtuales, esquelas digitales y una vida que, aquí sí, puede llenarse de fantasmas y ser eterna. O casi. EFE

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