Carlos García

Trancoso (Portugal), 25 jun (EFE).- La ciudad portuguesa de Trancoso, en la frontera con la provincia de Salamanca, revivió este fin de semana con un extenso programa de actividades las Bodas Reales que protagonizaron en esta localidad el rey Don Dinis I y la reina Santa Isabel en el año 1282.

Don Dinis, sin conocer siquiera a su esposa, la heredera del Reino de Aragón, se casó por carta con ella cuando ésta sólo tenía doce años, mediante un documento regio que quedó registrado en Barcelona en 1282.

Sin embargo, para dar fe del enlace entre la población del Reino de Portugal, Don Dinis decidió celebrarlo en Trancoso, municipio amurallado que se encontraba en la frontera con el Reino de Castilla.

Allí esperó a la infanta, que llegó desde Aragón hasta Braganza, en la frontera con Zamora, donde el rey luso y su corte fueron a recogerla.

Desde allí emprendieron el viaje en dirección sur hasta Trancoso, donde todo estaba preparado para que el 24 de junio de 1282, según algunos historiadores (ya que no todos coinciden en la fecha), tuviera lugar el enlace real.

Una vez certificada la boda con presencia de toda la nobleza lusa, los reyes de Portugal permanecieron en Trancoso hasta el mes de agosto, por lo que esta ciudad se erigió en una de las más importante de todas las portuguesas.

Este fin de semana, Trancoso escenificó mediante diferentes pasajes las Bodas Reales para dar fe de su historia 735 años más tarde.

Animación de calle, recreaciones históricas de la llegada de Don Dinis e Isabel de Aragón, luchas entre caballeros, cetrería o malabares son algunas de las actividades que se han celebrado estos días en este municipio que sobresale por su castillo y por sus murallas.

La historia de Portugal recoge que esta boda se ofició en la extinta iglesia de San Bartolomeu de Trancoso.

Desde entonces, el papel de la reina Isabel fue clave en el devenir de la historia de Portugal, ya que, tras su muerte, fue beatificada y canonizada por su enorme entrega a los desfavorecidos en 1526 y 1625, respectivamente.

Su afán pacificador, su vivencia religiosa y su acción social marcaron la vida de una piadosa dueña de una ingente fortuna, que no tuvo reparos en repartirla entre los necesitados, tras la muerte en 1325 de su esposo, Don Dinis I de Portugal.

Ese año fue el punto de inflexión para la reina de Portugal, que decidió peregrinar en el mes de junio a Santiago de Compostela para ganar el jubileo el 25 de julio.

Fue entonces cuando se acabó de despojarse de todo su halo de realeza al donar al Apóstol su corona de reina y su manto real con bordados de oro y plata.

A su regreso, Coimbra fue la ciudad elegida para pasar el resto de sus días, ya que decidió retirarse al Convento de Santa Clara que ella misma había fundado años atrás.

Allí tomó el hábito de las clarisas, aunque no profesó los votos de la orden, con el fin de seguir administrando toda su fortuna, que dedicó a las obras de caridad.

La muerte le llegó cuando tuvo que mediar en el campo de batalla, esta vez entre su hijo y su nieto Alfonso XI de Castilla.

En el camino de vuelta para Coimbra, murió en Estremoz (Portugal) el 4 de julio de 1336, tras sufrir una indisposición que no tuvo cura. EFE

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