Madrid, 29 sep (EFE).- Gabriela Ybarra nació y creció con la cotidianidad de la amenaza terrorista, y la costumbre de no hablar de ciertas cosas, como el asesinato de su abuelo a manos de ETA, se convirtió en un hábito que le llevó a "callar el dolor" hasta que que la muerte de su madre por cáncer en 2011 liberó este silencio.

Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) es nieta del empresario vasco Javier de Ybarra Bergé, alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de Vizcaya durante el régimen franquista, que apareció asesinado el 22 de junio en 1977 después de haber sido secuestrado un mes antes por ETA.

Cuando su madre murió de un cáncer fulminante, Gabriela quiso darle un sentido a la dura experiencia narrando este fallecimiento, pero tuvo muchos bloqueos hasta que se dio cuenta de que "para comprender las cosas tenía que ir más hacia atrás", y llegó hasta el asesinato de su abuelo: de ahí nació su novela "El comensal", editada por Caballo de Troya.

Un asesinato ante el que la autora, que aún no había nacido cuando se produjo, había vivido de espaldas "no porque fuera un tabú directo sino porque desconocía los detalles. Me habían transmitido la historia, los hechos, pero no tenía los sentimientos aparejados", ha explicado a Efe Ybarra.

Aunque la novela habla del duelo, "se trata de un único duelo, el de mi madre, a través del cual se revive el de mi abuelo", indica la escritora.

Su madre enfermó de un cáncer de colon y fue fulminante, de tal forma que pasó en seis meses de estar totalmente sana a morirse, recuerda Gabriela Ybarra, que señala cómo, al saber que iba a fallecer en dos semanas, los roles de su familia ya no funcionaban "y había que encontrar un nuevo lugar echando mano de los recursos del pasado".

"Mi padre empezó a hablar del asesinato de mi abuelo, aunque no directamente. Seguía presente en nuestras vidas. Yo nací y crecí con la amenaza, y con que mi padre, amenazado por ETA, tuviera que preocuparse por nuestra seguridad y de que no habláramos de ciertos temas. No decir dónde vivías o dónde ibas de vacaciones era algo normal para mí, aunque en momentos puntuales llegué a sentir miedo".

Según Ybarra, "la costumbre de no hablar de ciertas cosas acaba siendo un hábito y terminas siendo espectador más que participante en las conversaciones. Te acostumbras a callar, y el problema del silencio es que no es solo sobre ETA, sino que pasa a toda tu vida cotidiana. Así, te acostumbras a callar los dolores. Por eso la muerte de mi madre hizo que los sentimientos pudieran salir".

En la investigación para el libro se encontró con una imagen de un compañero de clase que había sido su amigo, en la que aparecía abrazado a unos miembros del comando Vizcaya: "Sentí una impresión muy grande, te hace ver el peligro muy cerca", recalca, frente a su impresión de la infancia, en la que, asegura, vivió la amenaza etarra como una ficción debido a lo cotidiana que era.

Pero la novela, primera de la autora, aborda además de la muerte el deterioro físico de la enfermedad, temas tabúes para la sociedad.

En Estados Unidos, los médicos "no tienen tendencia a engañar a los enfermos como en España, donde se a veces se intenta dulcificar" y, cuando nos dijeron a las dos a la vez que ella iba a morir, aunque pueda sonar terrible, fue liberador, porque pudo elegir cómo quería pasar sus últimas horas".

Tras el alto el fuego de la banda, su padre ya no tiene que llevar escolta y puede entrar en un supermercado, señala la autora que añade: "El tiempo verá como termina todo esto, pero no creo que se vaya a superar en un año o dos, porque hay generaciones que han crecido con la violencia". EFE