Jorge Fuentelsaz

El Cairo, 28 jun (EFE).- Entreteje un discurso propio de oradores de almimbar, arrastrando sílabas y recreándose en ciertas vocales, construyendo con las mismas aleyas que millones de creyentes musulmanes escuchan a diario en mezquitas, televisiones y autobuses, un mensaje de odio y de venganza.

Ambicioso y cruel sin límites, cetrino de rostro y de barba cuidada, Abu Bakr al Bagdadi, el autoproclamado califa de un territorio robado, a caballo entre Siria e Irak, mantiene en jaque a los anquilosados estados de la región y a la perpleja comunidad internacional.

En su tela de araña, que comenzó a urdir en 2010, cuando fue designado "príncipe de los creyentes" a la cabeza del grupo terrorista Estado Islámico de Irak, han caído cientos de poblaciones, miles de kilómetros cuadrados y millones de ciudadanos.

Sirios e iraquíes, musulmanes (suníes y chiíes), y todas las minorías étnicas y religiosas sufren bajo su yugo la opresión de su despiadada dictadura islámica, que parece solo tener imaginación para la crueldad y que busca su legitimación en el Corán y la tradición islámica.

Nacido en la ciudad iraquí de Samarra, en 1971, Ibrahim Awad Ibrahim Ali al Badri al Samarrai -su verdadero nombre- tiene estudios universitarios y ejerció como imán durante años, antes de unirse a la resistencia armada contra la ocupación estadounidense de Irak en 2003.

Lo hizo bajo el paraguas del grupo terrorista liderado por Abu Musab al Zarqawi, "Tawhid wa Yihad" (Monoteísmo y Guerra Santa), que en octubre de 2004 se convertiría en la filial de Al Qaeda en Irak bajo el nombre de "Seguidores de Al Qaeda y la Guerra Santa en Mesopotamia".

En ese periodo, fue, según algunas versiones, detenido y encerrado cuatro años en el campo de prisioneros de Bucca, administrada por las fuerzas de Estados Unidos, antes de reengancharse de nuevo a la lucha yihadista.

Pero Ibrahim, el antiguo orador, también conocido como Abu Duaa, optaría finalmente por el megalómano alias de Abu Bakr al Bagdadi al Huseini al Quraishi, con el que pretende identificarse con Abu Bakr, primer califa tras la muerte de Mahoma y con la tribu de este último, los Al Quraishi.

Ya con este pseudónimo, el 16 de mayo de 2010, cuatro años después de la muerte de Al Zarqawi y un mes tras el asesinato del entonces dirigente de la filial de Al Qaeda en Irak, Abu Omar al Bagdadi, Abu Bakr dio su penúltimo paso de gigante convirtiéndose en el líder del grupo, que en octubre de 2006 se había rebautizado como el "Estado Islámico de Irak" (EII).

A la cabeza del EII, su ambición no solo no mermó sino que, tras la desestabilización que siguió a las revoluciones árabes de 2011, se disparó e, irremediablemente, entró en conflicto con la del heredero de Osama Bin Laden al frente de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, a quien Al Bagdadi llegó a tachar de "pacifista".

La ruptura entre ambos se escenificó en abril de 2013, cuando Al Bagdadi anunció la unión de su grupo en Irak con la filial de Al Qaeda en Siria (el Frente al Nusra) en una agrupación común denominada "Estado Islámico de Irak y del Levante".

Esta decisión, desautorizada por Al Zawahiri, desembocó en su total desvinculación del grupo matriz y en el comienzo de enfrentamientos con Al Nusra y otras facciones rebeldes sirias, en enero de 2014.

Pero su ruptura con la cúpula de Al Qaeda no sería más que el jalón previo para culminar su proyecto: proclamar el califato islámico, abolido oficialmente por Turquía en 1926, del que se autotitula "califa" desde el 29 junio de 2014.

Pocos días después, coincidiendo con el arranque del mes sagrado de ramadán, protagonizó su primera y única aparición en público, para marcar la nueva fase de su lucha.

Vestido de negro, pronunció la homilía del viernes y dirigió la oración en la gran mezquita de Mosul, la segunda ciudad iraquí, que había caído en manos de sus combatientes el 10 de junio anterior.

Su maniqueo canto de sirena hunde sus raíces en el sirio Ibn Taimiya, del siglo XIV; en el padre espiritual de Arabia Saudí, Ibn Abd el Wahab, del siglo XVIII; en el antiguo líder de los Hermanos Musulmanes, Sayid Qutb; en el paquistaní Abu Alá al Mawdudi o en el palestino Abdel Salim Farach.

Pero sobre todo, entre sus maestros destacan Bin Laden y el sanguinario Al Zarqawi, a quien muchos apuntan como su mentor.

En sus palabras, blancas y negras, como el estandarte de su grupo, no hay cabida para el gris, ni sus tonalidades.

"El peor de los males es la innovación, toda innovación es herética, cada innovación herética es extravío y todo extravío conduce al fuego del infierno", proclamó en su sermón jaculatorio.

Para este caudillo, el islam es la religión de la guerra, no de la paz.

Habla de perdón, pero solo promete terror y venganza; de paraíso, pero impone el infierno sobre las tierras que ocupa. Y solo hay cabida para dos mundos en sus discursos, el de quienes abrazan la "ley islámica" y la "guerra santa", y el de quienes no, abocados a padecer su barbarie y la de sus fanáticos seguidores. EFE