Carlos Mínguez.

Madrid, 17 abr (EFE).- Tenía, confiesa Mercedes de Vega, "necesidad de contar", de poner orden en sus ideas sobre un mundo y una historia, la de su propia familia, que le fueron usurpados "por la vida". Y la escritura de "Cuando estamos vivos", una novela "terapéutica", dice, le ha permitido que se cumpla ese deseo íntimo.

"No es una novela por casualidad. Todo lo que en ella se cuenta tiene un porqué", añade Mercedes de Vega, quien reconoce que ha escrito "desde dentro, desde la necesidad" de explicarse y de buscar explicaciones.

"Cuando estamos vivos", editada por Plaza & Janés, no es el bautismo de fuego para esta socióloga de formación y oficio, "pero casi". Y es que antes vieron la luz un libro de relatos, "Cuentos del sismógrafo", y una novela corta, pequeña, "El profesor de inglés". "Por vez primera me expongo públicamente", es consciente.

Mercedes de Vega se siente la primera destinataria de su relato, "el primer lector", por tratarse de una historia muy íntima, muy próxima, que le ha exigido un trabajo ímprobo de documentación e investigación y para la que ha querido servirse tanto de la realidad como de la ficción.

La historia de "amor y adulterio" de un viudo empresario de origen judío, Francisco Anglada, su bisabuelo, un hombre atrapado en su pasado, que en el Madrid de la II República vive una apasionada historia de amor imposible con una joven aristócrata, Lucía Oriol, nombre ficticio, casada con un camisa negra italiano.

"Lucía es una mujer que intenta vivir en libertad, pese a pertenecer a una familia muy conservadora. Y vive el adulterio como un regalo (de la vida)", dice de su personaje, mitad real mitad ficticio, su creadora.

Una historia de la que sólo al final de sus días, a punto de morir, le habló su padre a Mercedes de Vega. "Él siempre procuró echar tierra sobre su pasado", y especialmente sobre los años de infancia vividos en un orfanato madrileño, una institución benéfica al amparo de una aristócrata que vivía en el extranjero.

Es precisamente esa aristócrata, ya anciana y exiliada en Roma, quien cuenta en las páginas de la novela tan apasionada y trágica historia de amor, que transcurre en un Madrid republicano y en ebullición política y social, a punto de estallar la gran tragedia de la Guerra Civil.

La novela le ha supuesto a su autora "un viaje interior" a su familia y a sus secretos. "Mi padre -relata Mercedes de Vega- tan solo nos decía que él era un huérfano de la guerra. Jamás habló de ningún familiar".

Madrileña, miembro de una familia cuyos orígenes de judíos conversos ella ha encontrado en tierras del sur de Aragón, Mercedes de Vega concibe la escritura como una terapia, como una "medicina que cura las heridas" del alma. "Además de curar, me ha proporcionado paz", reconoce quien habla también de "bálsamo".

La novela le ha permitido reencontrarse con familiares que ni siquiera sabía que existieron y descubrir lugares como el cementerio de la pequeña localidad de Milmarcos, en el extremo nororiental de la provincia de Guadalajara, limítrofe con Aragón, en el que halló la tumba de Francisco Anglada.

Mercedes de Vega ha escrito "su" historia desde la reconciliación con el pasado y "en ningún caso" desde la rabia, el rencor o la nostalgia. "He querido -insiste- buscar mi identidad".

El resultado es un relato extenso -más de quinientas páginas- e intenso emocionalmente, además de interesante desde el punto de vista sociológico e histórico.

"Ahora -continúa la autora- sé mucho más de mí, sé quien soy, aunque siga siendo la misma de antes. Escribir me ha servido para reencontrarme conmigo misma y con mi infancia. He encontrado cierta paz, cierta tranquilidad, cierta luz...".

Es una novela tan, tan suya que hasta suyo es el título, algo poco frecuente en la novela de un principiante. "Pocas veces las editoriales encuentran acertado el título sugerido", advierte Mercedes de Vega, quien resume así lo que acaba de llegar a las librerías con su nombre en la portada: "Es un relato de sentimientos, de personas y de emociones". EFE

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