Juan José Lahuerta

Madrid, 14 mar (EFE).- "Escolá se escapa, queda solo ante mí. Véolo como detiene momentáneamente su carrera, como en relámpago, mide con la vista la distancia, observa mi colocación e inicia el disparo. No ven mis ojos más que a Escolà. Lo veo agrandado: en primer plano sus pies y el balón. Hay un grito imperioso que se me queda dentro: ¡Por aquí! Inclino el cuerpo hacia la izquierda...".

Con esa pasión narró en sus memorias Ricardo Zamora el momento cumbre de la final de Copa que disputaron en 1936 Real Madrid y Barcelona en Mestalla. Era la primera de las seis en las que se han visto las caras azulgranas y madridistas. Acabó con victoria blanca por 2-1 y los noventa minutos se resumieron en el instante que escribió el mítico guardameta.

Para aquel día, Zamora tenía programada su retirada tras veinte años de fructífera carrera en el Espanyol, en el Barcelona y en el Real Madrid, su último club antes de abandonar el fútbol en el Niza francés. El 21 de junio de 1936, menos de un mes antes del estallido de la Guerra Civil Española, el guardameta catalán haría su último acto de servicio para la entidad madridista. Y fue determinante.

Sin aquella parada a Josep Escolà a pocos minutos del final, el Real Madrid no habría ganado su primera Copa. Entonces no se denominaba Copa del Rey, se llamaba Copa del Presidente de la República, que en aquellos momentos era Manuel Azaña.

Cuando Zamora se estiró hacia esa parada imposible, el Real Madrid ya ganaba 2-1. Habían marcado Eugenio y Lecue para los blancos y el propio Escolà para el Barcelona. El marcador no se movía desde el minuto 29, cuando el club catalán había reducido distancias y no dejaba de acosar la portería de sus rivales para lograr el empate.

No lo logró porque el "Divino" lo evitó. "Sin una milésima de retraso, justos, coincidimos el balón y mis manos. Críspanse los dedos atenazando el cuero. ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Nada más que mío! Absoluta posesión de lo que me pertenece, de lo que nadie puede disputarme: el balón", sigue la narración del portero en sus memorias recogidas por ABC en 1988.

Zamora agarró una pelota imposible en una parada inmortal. Su estirada levantó tanto polvo que casi era imposible ver qué había pasado. El público, atónito ante aquel acto de reflejos, se quedó boquiabierto con la actuación del portero del Real Madrid. Él mismo recordó lo que escuchó alrededor cuando se levantó la humareda.

"¡No ha sido gol! ¡No ha sido gol! -Óyese en mi alrededor. Es el título, es la Copa. Más que aplausos, son las exclamaciones que estallan como cohetes-: ¡Es asombroso, lo ha parado! ¡Lo ha parado! ¡Lo ha parado! - En unos es de júbilo el acento. En otros, de decepción. Manos que pugnan por acercárseme, que me prenden y elevan. ¡Veinte años de fútbol están ahí, en ese instante!".

Fue la perfecta culminación a una carrera llena de momentos memorables, como la medalla de plata que logró con España en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, el Mundial que disputó en Italia en 1934 o las dos Ligas que logró con el Real Madrid en las temporadas 1931/32 y 1932/33.

Poco duraron aquellos buenos momentos para Zamora, que a partir del 18 de julio de 1936, como muchos de los 22 futbolistas que disputaron esa final de Copa, vivieron muchas penurias por culpa de la Guerra Civil.

Zamora fue detenido y encerrado en la cárcel Modelo y se salvó de ser fusilado en Paracuellos por la intervención del escritor Luis Gálvez. Ramón Gómez de la Serna, que compartió aquellos duros momentos con el "Divino", narró en La Nación de argentina como evitó la muerte el portero del Real Madrid.

"Una mañana se presentó (Gálvez) en la cárcel Modelo y salió a uno de los balcones del patio llevando del brazo a un preso. Exigió que se reunieran bajo aquel balcón todos los encarcelados y todos los milicianos de la prisión y pronunció a grandes voces este discurso: 'He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer. Está preso aquí y esto es una injusticia. Que nadie le toque un pelo la ropa. Yo lo prohíbo'. Luego lo besó y lo abrazó ante los presos atónitos mientras gritaba ¡Zamora Zamora!".

Se salvó por los pelos, se marchó a Francia e hizo sus últimas paradas en el Niza. Volvió a España cuando acabó la Guerra Civil y entrenó hasta 1962, 26 años después de aquella parada a Escolà, que forma parte de su mito y de las grandes historias de la Copa del Rey. Por actuaciones como esa, se ganó una frase: "Sólo hay dos porteros: Ricardo Zamora en la tierra y San Pedro en el cielo". Escolà lo comprobó en sus carnes. EFE

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