Elías L. Benarroch

Jerusalén, 11 sep (EFE).- Israel conmemora esta semana el 40 aniversario de la Guerra del Yom Kipur, que acabó con la creencia de que la supremacía militar resolvería los problemas con el mundo árabe y que puso de manifiesto la vulnerabilidad del Estado judío.

Descrita por algunos autores como la "Guerra del juicio final" -por la virulencia del ataque de los ejércitos árabes y coincidir con el Día del Perdón-, ese conflicto sigue generando un agrio debate entre los israelíes sobre sus orígenes y consecuencias.

Aunque estalló un 6 de octubre de 1973, Israel recuerda a los cerca de 2.300 soldados muertos en la contienda de acuerdo al calendario hebreo, por lo que esta semana abundan en los periódicos convocatorias de actos oficiales y artículos sobre un capítulo de la historia del que Israel no acaba de pasar página.

"Fue todo una mezcla de indignación y frustración (..) El tercer día nos dimos cuenta de que Egipto y Siria tenían una capacidad ofensiva inimaginable", relata el exbrigadier general Uzi Ilam en un libro que acaba de publicar con apuntes personales de 1973.

Asesor del Estado Mayor, Ilam pasó la guerra en el popularmente conocido como "Pozo", la sala de mando en la que generales y altos mandos iban y venían con informaciones del frente.

"La sensación generalizada era de impotencia", asegura sobre la eficacia del ataque árabe y el total caos en las filas israelíes.

La ofensiva cogió por sorpresa a un Israel que, aunque tuvo claros indicios de los preparativos de guerra de sus enemigos -recibió advertencias muy precisas del rey Husein de Jordania-, arrastraba aún la euforia de la Guerra de los Seis Días (1967) en la que había arrasado a los ejércitos árabes con una rápida y certera ofensiva aérea, y ocupado el Sinaí, Gaza, Cisjordania, Jerusalén oriental y el Golán.

"La Guerra del 67 nos dio una sensación de seguridad que nunca antes habíamos disfrutado", recuerda Rachel Cohen.

"Creímos que nuestro Ejército era invencible, que la nueva profundidad territorial garantizaría nuestra existencia", agrega esta jerosolimitana, que vivió los tres conflictos, en relación al de 1948.

Y es que para cualquier persona mayor de 50 años en Israel, la Guerra del Yom Kipur sigue siendo sinónimo de "desastre" militar y nacional.

Muchos aún recuerdan las palabras del entonces ministro de Defensa, Moshé Dayán, acerca de que se aproximaba "la destrucción del Tercer Templo", eufemismo para "el final del Estado judío" que se había creado tras 2.000 años de exilio.

"Cuarenta años después, la discusión sobre la responsabilidad del fiasco militar sigue abierta", apuntó hace unos días el diario Yediot Aharonot.

El jueves verá la luz un documento hasta ahora clasificado sobre el testimonio de la primera ministra Golda Meir ante la comisión pública que investigó las negligencias y falta de preparación del Ejército en los primeros días de combates.

Amir Oren, del diario Haaretz, se queja de que el grupo de trabajo responsable de difundir el testimonio de Meir, no revelará detalles acerca de su trascendental encuentro con el rey Husein dos semanas antes de estallar la guerra, lo que considera un intento de eximir de nuevo a la "dama de hierro" israelí de la responsabilidad de no haber declarado el estado de emergencia.

La sensación de "trauma nacional" en Israel pese a su victoria final en el campo de batalla, contrasta con la sensación de orgullo que la contienda dejó en Siria y Egipto, que lograron resarcirse del desastre seis años antes.

Asesorados y abastecidos por la Unión Soviética, egipcios y sirios aplicaron en 1973 tácticas y estrategias irreconocibles hasta entonces en la historia militar árabe, y una capacidad ofensiva que desconcertó incluso a las superpotencias.

La pérdida de miles de vidas en el campo de batalla y de considerable equipo militar (102 aviones y 800 tanques) bajaron a Israel de los laureles de la victoria y la convencieron de perseguir la vía diplomática que acabó en 1979 con el primer acuerdo de paz con un país árabe, Egipto.

El fin de la guerra fue también el comienzo de un período de ajustes de cuentas entre la cúpula militar y la política que acabó en la dimisión forzada del jefe del Estado Mayor, David Eleazar.

Éste fue responsabilizado casi en exclusiva por la falta de preparación de sus tropas y la negligente valoración por parte de la inteligencia militar de que no se produciría una guerra pese a los numerosos indicios en ese sentido.

Despachos y estimaciones de agencias de inteligencia de distintos países apuntan a que la primera ministra israelí había sido alertada de la inminencia de una contienda, advertencias que ignoró, según las investigaciones de académicos.

Meir se vio obligada a dimitir en 1974 por presión de la ciudadanía, pero cuarenta años después la versión oficial israelí de la guerra sigue sin atribuirle la responsabilidad pese las irrefutables conclusiones a la que llegan los historiadores. EFE