La sobrecogedora historia de Teresa Alonso, una "niña de la guerra": del canibalismo a los interrogatorios de la CIA
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ENTREVISTA EXCLUSIVA

La sobrecogedora historia de Teresa Alonso, una "niña de la guerra": del canibalismo a los interrogatorios de la CIA

Hablamos con una de las protagonistas de la nueva serie documental 'Project niños', una de las niñas que se vio abocada a emigrar a la URSS ante el estallido de la Guerra Civil

Foto: La sobrecogedora historia de Teresa Alonso, una "niña de la guerra": del canibalismo a los interrogatorios de la CIA
La sobrecogedora historia de Teresa Alonso, una "niña de la guerra": del canibalismo a los interrogatorios de la CIA

La Guerra Civil española marcó un trágico periodo que duró tres años y provocó más de medio millón de muertos. Ante la dramática situación que se vivía entonces en el país, más de 30.000 niños fueron enviados a un refugio seguro fuera de España. De ellos, en torno a 3.000 menores, principalmente vascos y asturianos, fueron trasladados a la Unión Soviética con la idea de que pronto podrían volver a casa. No fue hasta finales de los años 50, casi dos décadas después, cuando pudieron regresar a España.

Muy pronto descubrieron que su papel en la historia no era el que creían: la Agencia de Inteligencia Estadounidense, la CIA, les esperaba en Madrid para interrogarlos en el marco de una operación clandestina a la que bautizaron como ‘Project Niños’. Desclasificados ahora estos documentos, DMAX lanza el próximo lunes 19 de octubre a las 22.30 horas su nueva producción original, un ambicioso proyecto de investigación en forma de serie documental en la que algunos de esos niños narran en primera persona su estremecedora biografía, así como exagentes de la CIA.

Entre ellos destaca el testimonio de Teresa Alonso, nonagenaria con la que ha podido hablar en exclusiva EL CONFI TV para conocer cómo se produjo ese éxodo masivo, el retrato de aquella URSS en plena Segunda Guerra Mundial y su regreso a la España de la Guerra Fría donde, sin saberlo, formó parte del tablero de la CIA.

Lola Ruiz, uno de los testimonios del documental. (DMAX)
Lola Ruiz, uno de los testimonios del documental. (DMAX)

Huida y primeros años en la URSS

"El inicio de la Guerra Civil me pilló en San Sebastián, por lo que nos vimos obligados a evacuar la ciudad para estar más seguros en Bilbao. En ese viaje sufrí los primeros bombardeos, hasta en dos ocasiones. Allí nos asentamos durante un tiempo, hasta que la proximidad de las bombas en Guernica nos hicieron ver que las cosas se estaban poniendo cada vez peor en España. Es por esto que mis padres decidieron enviarme a la Unión Soviética", arranca recordando Teresa con una lucidez envidiable para su edad.

Alonso rememora las dificultades del trayecto, entre llantos, tormentas, piojos o lepra: "El viaje no fue fácil, porque éramos todos muy jóvenes. Los más pequeños no hacían más que llorar. Era normal, además de separarse de su familia estaban haciendo un recorrido muy largo con un temporal complicadísimo. Pero, en cambio, el recibimiento en Leningrado fue magnífico, algo que nunca olvidaremos porque el puerto estaba completamente lleno de gente cantando para darnos la bienvenida".

"Los educadores en la URSS siempre estaban muy preocupados por nosotros, tanto en la estabilidad emocional como en la formación"

"A la mañana siguiente nos llevaron a una revisión médica a todos, porque la situación de algunos no era buena en absoluto. Había piojos y hasta se llegó a decir que algunos con lepra", prosigue relatando Teresa, que enumera el periplo que realizaron durante las primeras semanas: "Después de eso nos trasladaron a las escuelas donde nos acogerían antes de formar los grupos que posteriormente enviarían a Crimea y Kiev. El tiempo fue pasando y no podíamos volver a nuestra tierra porque había caído la república, pero allí trataban de animarnos en todo momento".

Alonso remarca siempre el cariño con el que acogieron a estos "niños de la guerra" en todas y cada una de las instalaciones por las que pasaron, unos lugares donde la educación siempre fue la base de su convivencia: "Yo ya tenía 15 años y había algunos incluso mayores de edad, por lo que nos propusieron estudiar. Los educadores siempre estaban muy preocupados por nosotros, tanto en la estabilidad emocional como en la formación. Fuimos enviados a una casa en el centro de Leningrado para formarme. A mí, como me gustaba la electricidad, me metieron a estudiar para ser perito electricista y empecé a desarrollar mi carrera fabricando amperímetros".

Segunda Guerra Mundial, canibalismo y muerte

El estallido de la Segunda Guerra Mundial no hizo más que despertar los fantasmas del pasado en el grupo de Teresa que, pese a todo, no dudó a la hora de alistarse para acudir al frente: "No pensábamos que el ejército alemán iba a formar un frente en Finlandia, que está a dos pasos de Leningrado. Solicitaron a gente para ir al frente y yo ni me lo pensé, pero allí aguantamos pocos días porque el ejército alemán avanzaba muy rápido. Nos evacuaron a Leningrado y, en la retaguardia, continuamos ayudando en todo lo que pudimos: quitar nieve, ayudar a heridos y enfermos, visitar hospitales,..." .

"Cada vez la situación era peor, porque el invierno se echaba encima y los bombardeos eran más frecuentes con el paso del tiempo. Los alemanes destruyeron tantos almacenes que la comida comenzó a escasear. En esos bombardeos se me rompió una mano con la explosión de un obús, lo que no me impidió seguir ayudando en los hospitales y a la gente en la medida de lo posible", destaca Alonso con la voz entrecortada al revivir el trance.

"Nos preguntábamos de dónde podían salir las hamburguesas cuando no había comida, pero no lo queríamos ni imaginar. Teníamos la necesidad de sobrevivir"

No es para menos, en ese momento comenzaron las mayores penurias: "Nos daban únicamente 150 gramos de pan al día, por lo que nos buscábamos la vida como podíamos. Para nosotros era un lujo poder hacernos una crema con cola de carpintero, o hervir las suelas de los zapatos y las gomas de los cinturones para extraer grasa. No había nada más que llevarse a la boca, ya que incluso el pan lo mezclaban con serrín para que cundiese más. Lo máximo que había para comer eran hamburguesas, y muy de vez en cuando, siempre en los comedores de los Consomoles. Nos preguntábamos de dónde podían salir, pero no lo queríamos ni imaginar. Teníamos la necesidad de sobrevivir, aunque viéramos al recopilar cadáveres que alguna vez les faltaban partes del cuerpo. Yo es algo que no haría por mí misma, pero si me daban la carne preparada... Prefería pensar en otra cosa y sobrevivir".

"Había que mantener la cabeza ocupada, ya fuese con trabajo, ayudando a la gente... Lo pasamos muy mal en esa época, pero yo tuve mucha fuerza de voluntad gracias al trabajo. No había ni agua ni nada, teníamos que ir al río a coger algo de agua cuando no estaba helado. Tú ibas a coger agua y te pasaban cuerpos flotando al lado. Fue una época muy dura porque las calles estaban plagadas de hielo y de cadáveres. La gente salía a buscar algo que llevarse a la boca y no regresaba, se quedaba adormilada ante la falta de fuerzas y moría congelada. Fue un periodo muy trágico", sentencia.

Imagen de 'Project niños'. (DMAX)
Imagen de 'Project niños'. (DMAX)

Su truncada historia de amor (con final "feliz")

"En ese momento yo me aferraba mucho al recuerdo de mi novio". Teresa Alonso se refiere así a un joven del que se enamoró en 'la casa de niños', una relación que se vio truncada con la llegada de la guerra: "Me enamoré de un chico que enviaron a Moscú para ser aviador. Nos tuvimos que separar, pero él quiso siempre llevarme con él para casarnos antes de empezar la guerra. No pudo ser porque teníamos que continuar con los estudios, y no nos pudimos reencontrar una vez arrancada la guerra, ya que él estaba en el frente. Era necesario dada su profesión. Este es el motivo por el que yo estaba constantemente visitando los hospitales, tenía esperanza de encontrarle, pero nunca lo hice".

Pero Teresa nunca perdió la fe, luchando por dar un cierre a su historia incluso más de 70 años después: "Recientemente me he enterado de que mi Ignacio está enterrado en Estonia, que murió en el frente de Leningrado. Le derribaron el avión y, como iban a por él ya en el suelo, disparó todas sus balas y la última se la quedó para sí mismo. Se suicidó. En Estonia tenía una calle con su nombre, pero se equivocaron y lo pusieron mal, no así su apellido. Luché mucho porque lo cambiaran y lo logré, por lo que ahora ya me puedo ir tranquila, aunque me gustaría despedirme de él llevándole un ramo de flores a su tumba", reflexiona una emocionada Alonso, haciendo una pausa para recomponerse de una historia que todavía le provoca mucha emoción.

El regreso a España: persecución de la CIA y marginación

Con su regreso a España no terminaron, ni mucho menos, los problemas de Teresa: "El proceso de vuelta fue horroroso. Mi vuelta fue muy triste, me llevé una gran desilusión porque no pude reunirme con mi familia. Cuando iba a ver a mis padres la policía siempre me seguía. Mi padre temía volver a la cárcel, donde había estado por luchar por la república, por lo que estaban muy nerviosos, así que les evité ese sufrimiento dada su mala salud. Tuve que dejar de verlos, no porque no me quisieran sino por evitarme más dolor".

Teresa, sobre los interrogatorios de la CIA: "Hubo gente que se quedó incluso sorda de los golpes que les daban para que hablasen"

"Puedo decir que aún tuve mucha suerte porque mis padres nunca me rechazaron, pero tuve que separarme de ellos nuevamente por su bien", explica Alonso, que pasa entonces a relatar cómo eran los interrogatorios a los que eran sometidos los "niños de la guerra" por parte de la CIA en Madrid: "Allí también tuve mucha suerte porque hubo gente que se quedó incluso sorda de los golpes que les daban para que hablasen. Nos hacían muchísimas preguntas, poniéndonos mapas sobre la mesa en los que teníamos que señalar lo que conocíamos: casas, fábricas, escuelas... Los americanos querían sonsacarnos información pero muy pocas personas hablaron. Era lógico, estaban en plena Guerra Fría y nadie quería delatar a nadie".

"Muchos de estos 'niños de la guerra' acabaron en la cárcel por no cooperar con la CIA. A mí incluso me amenazaban con hacerle algo a mi hija, que por aquel entonces era pequeña. Iban metiéndonos miedo, pero yo les dejé claro que a mí el Partido Comunista no me dio ningún trabajo, pero que en ese caso lo hubiera cumplido. Fue una época muy mala en la que llegué a vivir hasta cinco años debajo de una escalera porque nadie me quería dar trabajo por no cooperar con los americanos", rememora Teresa Alonso.

Camilo José Cela intercede por ella

"De ahí salí porque el conserje de un hotel me contrató como camarera con la finalidad de hacer de intérprete con los huéspedes rusos", continúa la protagonista de 'Project Niños', recordando también que eso le trajo algún que otro problema con el dueño del hotel: "Me quiso echar, pero en ese momento dio la cara por mí Camilo José Cela, quien frecuentaba el hotel y tenía amistades en Rusia. Al enterarse de eso, él y otras personas hablaron con Armengol y lograron que mantuviera mi puesto gracias a que yo siempre había cumplido muy bien con mi trabajo".

"Sin embargo, las gobernantas me hacían la vida imposible por mis lesiones de la guerra, tanto en la espalda como en las piernas", rememora Teresa, que cuenta que salió de esa complicada posición en la que sobrellevaba fuertes dolores gracias a una baja para poder operarse. "Después de ahí estuve trabajando en un ambulatorio, pero cobraba muy poco, por lo que fui buscándome un poco la vida como pude hasta que acabé 20 años como telefonista en Pepsi, donde me jubilé".

Una trayectoria personal y profesional pagada de contratiempos de la que Teresa extrae una sólida conclusión: "Yo me he curtido en la Unión Soviética y he cogido el ejemplo de ellos, porque siempre tuve unos profesores maravillosos, todos condecorados, igual que los educadores. Nos han dado una educación y un cariño que no recibimos en ningún otro sitio, pese a estar alejados de nuestras familias. Por eso siempre hablo muy bien de los rusos. Y hablo de los rusos, no de política sino de su gente. No permito que nadie me hable mal de ellos, porque el trato que me han dado fue exquisito en todo momento. Ellos me enseñaron la importancia de trabajar, de tener la mente ocupada, y por eso siempre he seguido haciendo cosas pese a estar jubilada, desde Corte y confección hasta natación o mandalas, ahora con 95 años".

Imagen de 'Project niños'. (DMAX)
Imagen de 'Project niños'. (DMAX)

Su segunda, y dolorosa, historia de amor

Entre tantos sinsabores, Alonso conoció, 20 años después de llegar, a su único marido: "Conocía a un señor que era de San Sebastián, igual que yo. Me encariñé con él y con su familia, pero desgraciadamente vivió muy poco. Me casé con él y fui la mujer más feliz. Era cariñoso, amable, culto... un escenógrafo del Liceo de Barcelona. Pero cuando llevábamos poco más de un año comencé a notar rarezas en él. Lo llevé al médico y le diagnosticó demencia senil. No podía hacer otra cosa que cuidarle".

"No sabía comer, vestirse, nada. Sin embargo, siempre me abrió la puerta para que pasase primero, siempre esperaba a que yo me sentase para sentarse él. No sabía hacer nada por sí mismo, pero nunca perdió la educación. Se me fue y lo lloré mucho, todavía sigo llorando por él", comenta casi entre lágrimas Teresa.

Imagen de 'Project niños'. (DMAX)
Imagen de 'Project niños'. (DMAX)

El gesto de Putin tras sus cartas

"Yo no tenía la Medalla de Oro de Leningrado, pero la tenía que conseguir. Escribí una y otra vez, pero no había manera... hasta que le escribí una carta a Putin". Así de decidida ha sido siempre Teresa, que no dudó en dirigirse al mismísimo presidente de Rusia con un claro mensaje a propósito de una de sus espinitas clavadas en todo este tiempo: "Le pregunté si consideraba que mi lesión en la espalda del frente de Leningrado era la medalla que yo me merecía. A los cuatro días tenía la medalla en casa".

"Ahora, todos los años por el aniversario me manda un ramo de flores y una caja de bombones. Este año, pese a la situación de pandemia, han venido dos personas de la embajada y me han traído ambas cosas. Más tarde hasta me dieron la medalla del fin de la Segunda Guerra Mundial. Por esto sí que estoy contenta, porque tengo varias medallas por la guerra, pero la de Leningrado me hace sentir muy orgullosa por lo que representa para mí, por todos los recuerdos que tengo de los educadores que me enseñaron a vivir, a ser como soy hoy en día", asevera con felicidad y satisfacción en la voz.

Por último y a modo de conclusión de su biografía, Teresa Alonso solo quiere pedir a esta sociedad "más humanidad": "No somos humanos. A mí esto de salir a aplaudir me gusta, porque antes de la pandemia no sabía casi ni quiénes eran mis vecinos. Ahora, por lo menos, hay un cierto contacto con ellos al vernos en las ventanas. Yo vivo sola y eso se echa mucho en falta, más humanidad. Todos deberíamos de tener más humanidad. Deberíamos pensar más en el prójimo y no tanto en nosotros mismos".

DMAX
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