El telespectador de Lo de Évole ha asistido, durante la entrevista con Fernando Tejero, a un inicio de programa digno de una comedia costumbrista. Mientras el reconocido actor desgranaba los episodios más duros de su historia de vida, la producción ejecutaba una pulcra alineación con un plató mundano, ambulante y, sobre todo, prestado.
Lo que pudo parecer una improvisación por falta de presupuesto tenía, en realidad, mucha más narrativa de la que quisieron captar las cámaras. Jordi Évole, de la mano de todo su equipo y del propio Tejero, tocó al azar el porterillo de varios pisos de un humilde barrio madrileño. Muchos dieron el portazo por respuesta; otros, aunque de forma transitoria, abrieron sus puertas para encender los focos. La estética buscada era la idónea: un tránsito de casa en casa mientras el actor cordobés compartía detalles de una infancia y adolescencia marcadas por la incertidumbre y la falta de un suelo firme.
El momento de mayor voltaje emocional explosionó en la salita de Carmen, una señora de 85 años que cedió su espacio mientras salía a hacer la compra. Tejero confesaba entonces que vivió hasta los 14 años viendo a sus padres como "unos desconocidos", tras criarse con sus tíos. En plena regresión a esa terrible realidad, el teléfono del plató improvisado rompió el clima: “¿Y qué hacen ustedes ahí?”. La prima de la dueña, al otro lado del hilo telefónico, no daba crédito a la voz de Évole, temiendo que algo no fuera bien.
A medida que la espinosa historia vital del artista andaluz avanzaba, el rodaje orbitaba hacia lo propio. Otro vecino abrió sus puertas para continuar el programa, coincidiendo con la etapa de revelación de un adolescente que aprendió el oficio de pescadero para costearse el sueño de ser actor. Tejero recordó la nula comunicación con su padre y cómo tuvo que camuflar su pluma y homosexualidad en un entorno hostil. Fue entonces cuando el equipo tuvo que parar por ruidos que venían del piso de al lado. Al abrir la puerta, un baile atómico de energías vino a reflejar la etapa más carismática de Fernando.
👉Fernando Tejero se abre como nunca en su charla con @jordievole
— Atresmedia Comunicación (@atresmediacom) April 7, 2026
La vecina no era otra que Malena Alterio con un taladro en la mano. Una jugarreta para su amigo, pero también para el presentador, que sufría un episodio de cataplexia ante un guiño que reunía, décadas después, a dos iconos de Aquí no hay quien viva. Una maniobra que el programa compartió a pelo con el televidente, pues forzar tal casualidad entre Belén y el portero más famoso de la tele habría rozado la ciencia ficción.
La última cocina ajena que captaron las cámaras derrochaba una humildad luminosa. Con el actor ya en control total de sus emociones, el recurso de producción terminó por fotografiar de manera romantizada su propia biografía: ir de casa en casa, trabajar de prestado para poder volar y pedir favores a la vida para contar su historia sin el yugo del dedo acusador. La entrevista, como el presente de Tejero, terminó en fiesta por invitación de los vecinos.
El telespectador de Lo de Évole ha asistido, durante la entrevista con Fernando Tejero, a un inicio de programa digno de una comedia costumbrista. Mientras el reconocido actor desgranaba los episodios más duros de su historia de vida, la producción ejecutaba una pulcra alineación con un plató mundano, ambulante y, sobre todo, prestado.