La semana que pasé en Supervivientes, hace ya seis meses, no fue un simple viaje profesional para cubrir la edición extra All Stars. Fue una inmersión absoluta en el engranaje de un formato que llevo años disfrutando desde fuera y que, por primera vez, pude tocar, oler y sentir. Lo que conté en los artículos de El Confidencial fue el relato diario de esa experiencia. Lo que intento hacer ahora, aprovechando el estreno esta noche en Telecinco de Supervivientes 2026, es ordenar todo lo que viví y explicar por qué, desde entonces, veo el programa con otros ojos.
Llegada a Honduras y el primer impacto
Llegar a Honduras ya marca un antes y un después. Los nervios previos, la preparación junto a los compañeros (fuimos cinco periodistas de cinco medios), la incertidumbre, el largo trayecto en avión y camioneta... pero cuando por fin pones un pie en los Cayos Cochinos, sientes que todo ha valido la pena y que la experiencia que estás a punto de vivir será única.
El calor te envuelve como una manta húmeda y el cuerpo empieza a reaccionar distinto. Subir por primera vez en un helicóptero, sobrevolar Cayo Paloma y pisar el Cayo Menor, lugar donde se desarrolla todo, fue especialmente simbólico. He visto estos escenarios decenas de veces en televisión, pero contemplarlo desde dentro impresiona. Allí se entiende todo, la crudeza del entorno y la dificultad logística de montar allí un programa en directo de máxima audiencia. En ese instante asumí que todo lo que me habían contado durante años sobre el formato se quedaba corto.
Vivir allí una gala terminó de abrirme los ojos. Ver a Laura Madrueño sosteniendo el directo desde la Palapa, sin autocue y con las condiciones cambiantes del clima caribeño, es entender lo que significa la televisión en estado puro. No hay margen de error. La coordinación de todo el equipo desplazado allí es milimétrica. Cada segundo está medido y, aun así, todo puede cambiar en un segundo.
Berto Molina en helicóptero
Entre los recuerdos más impactantes de ese primer día fue sentir de cerca a los concursantes. Llegaban con sus nervios, algunos sonriendo, otros tensos... estaban afrontando sus primeros días de regreso al reality sin dotación diaria, viviendo una especie de déjà vu. Y yo estaba ahí, absorbiendo cada gesto, cada mirada, sabiendo que estaba observando algo enorme.
En medio de esa intensidad ocurrió uno de esos momentos que tengo grabados para siempre: el cruce de miradas con Adara Molinero. Ella ya sabía que yo iba a estar allí, se lo dije días antes en la presentación de la edición en Vitoria, pero encontrarnos finalmente allí, sin poder hablar, ella intentando resurgir tras su catastrófico intento en el primer All Stars y yo viéndolo todo, fue mágico. Compartir complicidad en silencio, fue muy especial. Por cierto, cuando ella llegó a España estuvimos hablando de este momentazo, destacando lo cómico que fue no poder intercambiar palabras.
Pisar Cayo Paloma y espiar a los concursantes
Al recorrer Cayo Paloma, sentí algo que no había experimentado antes: la isla tiene vida propia. Cada paso que daba sobre la arena húmeda me recordaba lo pequeña que era frente al océano, y al mismo tiempo lo inmenso que parecía todo a mi alrededor. La brisa, el olor, los árboles que se mecían al viento, tocar la arena con los pies, el agua cristalina… todo hacía que fuera un espacio vivo con alma propia. Estar en ese lugar fue como entrar en un mundo paralelo, un microcosmos donde la naturaleza demuestra realmente el poder que tiene.
Espiar a los concursantes fue una experiencia casi hipnótica. Ver cómo se movían, cómo descansaban, cómo interactuaban entre ellos, cómo intentaban pescar... cómo realmente están las 24 horas del día sobreviviendo más allá del show de televisión que están protagonizando. Me hizo sentir que estaba viendo la verdadera esencia del programa: la supervivencia en su forma más pura. La tensión, los silencios, las risas contenidas, todo eso se percibía perfectamente, sorprendiéndome la mezcla de cansancio y alerta constante que los rodeaba.
Berto Molina en Cayo Paloma
Probar las pruebas y vivir una tormenta
También probé algunas de las pruebas (concretamente tres, una de ellas tras 24 horas sin comer) y entendí la dimensión física del concurso. Desde casa muchas veces parece que se trata solo de equilibrio o fuerza puntual, pero cuando haces esos circuitos o te subes a esas estructuras gigantes levantadas sobre el mar, sientes el riesgo, la exigencia muscular y el desgaste acumulado. La adrenalina se apodera de ti porque quieres darlo todo y ganar, pero nada está pensado para ser fácil. Al final estamos en Supervivientes.
Pero lo que vino después fue todavía más salvaje: la tormenta. Mientras nos preparábamos para la gala dominical, el cielo se fue oscureciendo a una velocidad impresionante. Las nubes se compactaban, el viento se levantó y la amenaza de lluvia pasó a ser una realidad en cuestión de minutos. El plan original de la gala empezó a tambalearse, incluido el estreno de la Noria Infernal, porque la lluvia no era un simple aguacero: era una tormenta con vendaval que azotaba las playas.
Tuvimos que regresar a tierra firme en helicóptero antes de lo previsto, porque el viento y la lluvia ponían en alerta hasta a los más experimentados. El piloto, con una calma admirable fruto de años en las fuerzas aéreas, nos trajo de vuelta al hotel sanos y salvos, pero con el corazón acelerado. El equipo no pudo regresar y se tuvo que quedar a dormir en las cabañas de Cayo Menor.
Berto Molina en una prueba. (Cuarzo Producciones)
Sobreviviendo como un concursante
Pasar 24 horas en Playa Coco como si fuera un concursante fue el momento más revelador y el que cambió por completo mi perspectiva. Con el único objetivo de obtener unos mínimos de bienestar, no comer, dormir a la intemperie con recursos mínimos, escuchar los sonidos de la noche y sentir la humedad constante, te coloca en otra realidad. Sin olvidarme del miedo casi absurdo que nos daban los cangrejos que parecía que se multiplicaron tras un par de horas lloviendo.
El descanso no es reparador, el cuerpo no se desconecta y la mente empieza a aburrirse y divagar por momentos, a pesar de saber que mi experiencia era temporal. Aún así, la sensación de aislamiento fue intensa, pero liberadora y hasta sanadora. Imaginé lo que supone vivir semanas en esas condiciones y comprendí por qué las emociones se amplifican tanto. No es exageración televisiva: es desgaste acumulado.
Pero a la vez, quería más. Yo me hubiera quedado un segundo día, incluso una semana entera. Qué narices, que siempre había dicho que nunca iría de concursante a este programa y ahora me lanzaría de cabeza. El privilegio de estar en una 'isla desierta', levantarte con la luz del sol, olvidarte de las preocupaciones diarias, sentir la verdadera naturaleza... qué suerte haberlo vivido.
Campamento en Playa Coco
Producción mastodóntica en un entorno natural
En los últimos días aproveché para hablar largo y tendido con el equipo. Quería desmontar mitos y confirmar certezas. Lo que encontré fue una estructura profesional enorme, con protocolos claros y un cuidado constante tanto del contenido como del entorno natural. No hay magia oculta que convierta la experiencia en un resort camuflado. Hay limitaciones, hay normas y hay un control permanente para que todo se desarrolle dentro de lo establecido.
También hay un equipo de profesionales y apasionados del medio que trabaja en condiciones durísimas, muchas veces invisibles para el espectador. Y siempre con la mejor de las energías y la máxima de entretener al espectador. De seguir haciendo el mejor y más complejo programa de la televisión mundial (junto a Italia, España es el único país que hace Supervivientes en directo, no grabado).
Cuando regresé a Madrid y escribí la conclusión de aquella serie de artículos, lo hice con la sensación de haber entendido por fin la verdadera dimensión del concurso. No es solo un reality de prime time. Es una producción mastodóntica levantada en un entorno remoto, que combina espectáculo, resistencia física, gestión emocional y una logística complejísima. Es sacrificio para los concursantes, pero también para el equipo que lo hace posible.
Desde entonces, entiendo que cada helicóptero sobre los Cayos Cochinos, cada tormenta, cada prueba y cada noche de emisión forman parte de un engranaje que yo tuve la suerte de vivir desde dentro. Pienso en todo lo que hay detrás: las horas de trabajo, la tensión del directo, el hambre real, el cansancio acumulado y la magnitud de esta maquinaria televisiva. Sí, lo reconozco, lo echo de menos y volvería sin dudarlo.
A continuación tienes todos los artículos que publiqué cada día:
La semana que pasé en Supervivientes, hace ya seis meses, no fue un simple viaje profesional para cubrir la edición extra All Stars. Fue una inmersión absoluta en el engranaje de un formato que llevo años disfrutando desde fuera y que, por primera vez, pude tocar, oler y sentir. Lo que conté en los artículos de El Confidencial fue el relato diario de esa experiencia. Lo que intento hacer ahora, aprovechando el estreno esta noche en Telecinco de Supervivientes 2026, es ordenar todo lo que viví y explicar por qué, desde entonces, veo el programa con otros ojos.