En Pasapalabra no solo se compite con memoria y rapidez mental. También se compite con método. Sobre todo con método. Y Alejandro, el actual concursante más longevo del formato, acaba de revelar que detrás de su rendimiento hay algo más que horas de estudio individual: un “entrenador personal de roscos” con nombre y apellidos.
Con 18 programas a sus espaldas y 11.400 euros acumulados, el aspirante se ha consolidado como uno de los perfiles más sólidos de la era pos Manu y Rosa en Pasapalabra. Sin embargo, su permanencia no está siendo cómoda. Enfrente tiene a Javier Alonso, convertido en su particular bestia negra en esta primera semana de duelos: solo una victoria y un empate frente a varias derrotas que han tensado al máximo cada entrega de El Rosco.
Fue precisamente antes de enfrentarse al temido rosco final cuando Alejandro pidió la palabra a Roberto Leal para desvelar una parte desconocida de su preparación: “Quiero que me dejes un segundo para enviar un saludo, porque si no en casa me matan. Soy una persona muy familiar y quería saludar a dos de las personas que más quiero en este mundo, que son mis hermanos mayores. Ellos me han cuidado mucho siempre desde pequeñito, Antonio y Rodrigo. Les quiero infinito”.
El momento, aparentemente doméstico, escondía una revelación clave: “Especialmente quiero saludar a Rodrigo, que es como mi entrenador personal de roscos. Él es muy fan del programa, pero más casi de la redacción. Me ha hecho él mismo más de 150 roscos, creados por él mismo, incluso tematizados. Así que tenía que darle las gracias desde aquí”.
Más de 150 roscos diseñados a medida no son un detalle menor. En un concurso donde la mecánica es conocida pero el contenido imprevisible, contar con simulacros personalizados —y además tematizados— supone una ventaja competitiva evidente. No se trata solo de memorizar definiciones, sino de entrenar la resistencia, la estrategia de pasadas y el control del tiempo bajo presión.
“Bravo por Rodrigo, tu guionista particular”, reaccionó Leal desde su atril. Y Alejandro, entre risas, remató la escena: “Exacto, y si le queréis contratar, está abierto a contrataciones”. La broma alivió la tensión, pero confirmó lo que muchos espectadores intuían ya por declaraciones de otros participantes: detrás del concursante hay una preparación casi profesionalizada.
En pleno pulso contra Javier Alonso —que le ha tomado la medida en estos primeros enfrentamientos—, el factor psicológico empieza a ser determinante. Alejandro no solo compite contra un rival en racha, sino contra la frustración de encadenar derrotas tras haber demostrado solvencia en las primeras semanas. Su resistencia en el formato, sin embargo, habla de un perfil constante, metódico y bien entrenado.
En Pasapalabra, la épica suele centrarse en los grandes botes y los duelos agónicos. Pero historias como la de Alejandro recuerdan que, detrás de cada respuesta acertada, hay horas de ensayo silencioso. Y en su caso, también un hermano convertido en estratega en la sombra. Un “guionista particular” que, desde casa, le ha ayudado a mantenerse competitivo en el concurso más exigente de la televisión diaria.
En Pasapalabra no solo se compite con memoria y rapidez mental. También se compite con método. Sobre todo con método. Y Alejandro, el actual concursante más longevo del formato, acaba de revelar que detrás de su rendimiento hay algo más que horas de estudio individual: un “entrenador personal de roscos” con nombre y apellidos.