Todo listo para la celebración de la nueva edición del Festival de Eurovisión, un certamen que este año ha introducido importantes novedades de cara a tratar de dejar atrás la polémica por la participación de Israel, y todo lo que ello ha conllevado —entre otras cosas, el abandono histórico de España, miembro del Big Five—. No con retoques menores, sino con una reforma estructural del sistema que evidencia hasta qué punto el certamen arrastra tensiones acumuladas en los últimos años. El objetivo es claro: blindar el festival frente a sospechas de manipulación, presiones externas y pérdida de credibilidad.
El resultado es un paquete de medidas que afecta al televoto, al papel del jurado, a la promoción de las candidaturas e incluso a elementos aparentemente secundarios como el acceso de banderas al recinto. Todo responde a una misma lógica: recuperar el control del relato y la integridad del concurso.
1. Menos poder del televoto: límite a los votos masivos
El primer cambio es tan sencillo como significativo: cada espectador podrá emitir un máximo de 10 votos por método de pago, frente a los 20 permitidos hasta ahora. La medida no es inocente. Llega tras varias ediciones marcadas por el impacto de campañas organizadas —en redes o incluso desde estructuras externas— capaces de concentrar votos de forma masiva. Reducir ese margen busca diluir el efecto de movilizaciones coordinadas y favorecer un voto más representativo.
En términos prácticos, la UER intenta evitar que una minoría muy activa distorsione el resultado global, aunque en caso de campañas organizadas estas seguirán dominando la votación. Tanto da 20 que 10, su peso sería dominante en la votación en caso de producirse.
Logo de la próxima edición de Eurovision. (UER)
2. Vuelven los jurados a las semifinales: equilibrio forzado
La gran revolución es el regreso del jurado profesional a las semifinales, tres años después de su eliminación. A partir de ahora, la clasificación volverá a decidirse con un 50% televoto y 50% jurado, replicando el modelo de la final.
El porqué es evidente: el sistema exclusivamente popular había generado críticas por favorecer candidaturas virales o impulsadas por factores extramusicales. Con este cambio, la organización busca reintroducir un filtro técnico que garantice cierto estándar artístico.
Pero no solo vuelve el jurado: también cambia su composición.
3. Jurados más grandes, más diversos… y más jóvenes
Los paneles nacionales pasan de 5 a 7 miembros e incorporan una novedad inédita: al menos dos deberán tener entre 18 y 25 años. Además, se amplía el perfil profesional: periodistas, críticos, docentes, creativos o figuras de la industria musical. Y todos deberán firmar una declaración de independencia.
El mensaje de la UER es doble: por un lado, diversificar el criterio técnico; por otro, evitar sesgos y posibles influencias internas. Es, en definitiva, un intento de legitimar el voto profesional en un momento en el que también ha sido cuestionado.
4. Fin a las campañas externas: Eurovisión cierra filas
Uno de los puntos más sensibles de la reforma tiene que ver con la promoción. A partir de 2026, artistas y delegaciones no podrán participar en campañas que fomenten el voto de forma indirecta, especialmente a través de terceros.
La medida apunta directamente a prácticas detectadas en ediciones recientes: movilizaciones organizadas desde fuera del ámbito musical —incluyendo apoyos institucionales o políticos— que alteraban la competición. La UER introduce aquí un cambio de enfoque: no solo controlará el voto, sino también el entorno que lo condiciona. Y lo hará con sanciones. El objetivo es claro: despolitizar el festival y devolver el foco a la música.
5. Más control técnico: detección de fraude
En paralelo, se refuerzan los sistemas de vigilancia del televoto con herramientas para detectar patrones anómalos o votaciones coordinadas. Aunque la UER no detalla los mecanismos, el mensaje es contundente: el sistema será más sofisticado y menos vulnerable.
Es la respuesta directa a las dudas expresadas por varias delegaciones —entre ellas RTVE— sobre la fiabilidad del proceso en los últimos años, donde Israel se llevó prácticamente los 12 puntos del televoto de casi todos los países. Evitar fraudes en este sentido se presenta clave para la credibilidad del festival.
)Melody, en rueda de prensa tras su paso por Eurovisión. (.José Oliva / Europa Press)
6. Control de banderas: seguridad y contexto internacional
El último cambio, aparentemente menor, tiene también lectura política y social. La UER ha endurecido las normas sobre el acceso de banderas al recinto del Wiener Stadthalle, obligando a cumplir la normativa de seguridad austriaca.
La medida se justifica oficialmente por motivos de seguridad —tras incidentes recientes en Europa—, pero también encaja en una tendencia más amplia: limitar elementos que puedan generar tensión o simbolismo político dentro del recinto.
Un cambio en un contexto convulso
Todas estas decisiones no pueden entenderse sin el contexto. Unión Europea de Radiodifusión actúa en un momento especialmente delicado, con polémicas recientes, críticas al sistema de votación e incluso tensiones geopolíticas que han llevado a algunos países a abandonar el concurso. Entre ellos, destaca España, uno de los miembros del Big Five, países históricos que contribuían de forma notable a la financiación del festival.
La propia organización lo ha resumido con una frase que define el espíritu de la reforma: ha escuchado… y ha actuado. Eurovisión entra así en una nueva etapa. Más regulada, más vigilada y, sobre todo, más consciente de que su mayor activo —la confianza del público— está en juego. La incógnita ahora es si este blindaje será suficiente. Porque en un festival donde votan millones de personas y donde la música convive con la geopolítica, el equilibrio nunca es definitivo.
Y como dijo su director en declaraciones recientes, "ceo que en los últimos años no hemos sido lo suficientemente estrictos con el televoto". De que este año lo sean depende la supervivencia en el futuro de Eurovisión. El certamen está tocado, pero no hundido. ¿Conseguirán todas estas normas devolverle el lustre?
Todo listo para la celebración de la nueva edición del Festival de Eurovisión, un certamen que este año ha introducido importantes novedades de cara a tratar de dejar atrás la polémica por la participación de Israel, y todo lo que ello ha conllevado —entre otras cosas, el abandono histórico de España, miembro del Big Five—. No con retoques menores, sino con una reforma estructural del sistema que evidencia hasta qué punto el certamen arrastra tensiones acumuladas en los últimos años. El objetivo es claro: blindar el festival frente a sospechas de manipulación, presiones externas y pérdida de credibilidad.