Entre ‘Matrix’ y ‘Memento’, Nolan pretendía filmar la película de nuestros sueños

Al grano. El planteamiento de Origen me aburre y me confunde, el nudo me abruma y el desenlace me decepciona. La última película de ese visionario

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Entre ‘Matrix’ y ‘Memento’, Nolan pretendía filmar la película de nuestros sueños

Al grano. El planteamiento de Origen me aburre y me confunde, el nudo me abruma y el desenlace me decepciona. La última película de ese visionario llamado Christopher Nolan, autor de cuatro de las diez películas del siglo XXI mejor valoradas por los yanquis, es una mezcla insólita, muy efectiva por momentos -más efectista si cabe-, de acción, cine noir y ciencia ficción que, seguramente, no dejará indiferente a nadie.

Se trata de un híbrido imperfecto entre la acción sin pausa de El Caballero Oscuro y la complejidad argumental de Memento, ambas del propio Nolan. Como en la primera, en Origen, una vez desvelados los resortes de la trama, no hay espacio para el sosiego. Como en la segunda, el planteamiento espacio-temporal, originalísimo a la par que tramposo, regula la complejidad de una trama insólita.

Una historia de espionaje empresarial narrada bajo los resortes del postmodernismo: montajes en paralelo, prolepsis y analepsis temporales (flashbacks y flashforwards) o puntos de inflexión imprevisibles. En su obsesión permanente por reinventar el cine cada vez que se pone delante de una cámara, Nolan ha construido una historia que obliga al espectador a poner los cinco sentidos en la función si no quiere perderse a mitad de camino. Sin duda, este empeño renovador resulta loable. Pero es tal el hambre de aplausos de este realizador, y tan evidente la tendencia al exhibicionismo de sus infinitas cualidades, que acaba por deformar un tano el metraje.

Origen se adentra en el mundo de los sueños, como lo han hecho otras muchas películas en los últimos años: Olvídate de Mí (Michel Gondry) o Inland Empire (David Linch) son sólo algunos ejemplos. Lo que en estas últimas era anarquía onírica, en Origen es lógica aristotélica. Todo es sugestivo y sugerente. La estética, los cuidados efectos especiales –que acercan la película a Matrix-, las imágenes imposibles. Todo. Pero son tantas las reglas que sustentan el universo onírico de Nolan que, finalmente, acaban por arruinar parte de la significación de la propuesta, ya que se muestran incapaces de explicar por sí solas el proceso de locura u obsesión que padece el protagonista, un solvente Leonardo Di Caprio.

Su historia, la del personaje central, a pesar de estar revestida de ese aire de postmodernidad pretendida por el realizador, es en realidad la historia de siempre; la que viene explotando Hollywood desde tiempos inmemoriales; la del trauma freudiano que obliga a rebuscar en el pasado de los personajes para justificar su comportamiento.

Y eso es probablemente lo que le está ocurriendo también al propio Nolan. Que, obligado a superarse a sí mismo cada vez que dirige un nuevo proyecto, quizá está forzando demasiado la máquina. Y aún así, por supuesto, le ha salido una película espectacular y entretenidísima. Un blockbuster más que asegurado.

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