La vida sigue igual... para Todd Solondz

El suyo es un caso cercano a la obsesión. La insistencia en exorcizar fantasmas del pasado y presente ha llevado a Todd Solondz a volver a sus

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La vida sigue igual... para Todd Solondz
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El suyo es un caso cercano a la obsesión. La insistencia en exorcizar fantasmas del pasado y presente ha llevado a Todd Solondz a volver a sus personajes de Happyness, su trabajo más exitoso y reconocido, para crear esta especie de secuela o variación. De nuevo una historia de desesperación, de pedofilia, de familias y parejas llenas de miserias... una desolación vital no apta para los más fatalistas.

 

La temática es cruda y el tratamiento no se queda atrás, por lo que su relato no tarda en saturar. Le cuesta demostrar afecto a sus criaturas y no duda en llenarles la boca de auténticos discursos disfrazados de diálogos, como el que le suelta la hermana mediana a la pequeña. En un juego parecido al que se gastaba en la inclasificable Storytelling -una reacción a los más críticos con sus historias-, la película se articula en torno a dos conceptos: el olvido y el perdón, que conectan directamente con una sociedad post-11S que ve peligrar su base ética cristiana.

 

Solondz es un autor con todas sus consecuencias empeñado en sacar los colores al sueño americano. También con fijación en lo feo y lo raro, y que quién los atesore tenga la posibilidad de venganza contra la sociedad. En su personalísima cruzada, regala momentos que se muestran como verdaderos caprichos, como el de Charlotte Rampling, con esa cara tan de amargura que se le ha quedado con el paso de los años, metida en la piel de una mujer madura que busca relaciones sexuales sin complicaciones. Eso sí, también demuestra que lo de transitar más a menudo el lado onírico de sus historias le sienta bien -como en el caso de la escena en el Burger sesentero-, y que es capaz de secuencias geniales: la del encuentro del padre con su hijo mayor.

 

El cineasta resulta más que interesante en cintas como Bienvenido a la casa de muñecas -que se nota como un ajuste de cuentas con su pasado adolescente-, o Happyness, brutal pero equilibrada. Pero La vida en tiempos de guerra empieza a mostrar signos de cansancio en su temática y lenguaje. Su retorcido juego psicológico ha perdido fuelle.

 

LO MEJOR: Shirley Henderson y Allison Janney, la hermana mayor y la menor, y -solo en algunos momentos- la mala baba de la cámara de Solondz.

 

LO PEOR: Que es más de lo mismo y Solondz asfixia a sus personajes demasiado y, por ende, al espectador.

Criterio de valoración:
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