De regreso al redil

La redención de Lynn Barber pasaba por irse a estudiar a Oxford y escribir sus memorias de corte moralizante una vez se hubiera convertido en periodista.

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    La redención de Lynn Barber pasaba por irse a estudiar a Oxford y escribir sus memorias de corte moralizante una vez se hubiera convertido en periodista. Era el precio que tenía que pagar en la aduana de la vida. El paso a la madurez tiene un coste muy elevado, sobre todo si uno ha destinado parte de su adolescencia a practicar el arte del exceso. Nick Hornby leyó esas memorias y vio en ellas el guión de una película. Lo escribió y se lo dio a la directora danesa Lone Scherfig para que lo tradujera al lenguaje cinematográfico.

     

    An Education, resultado final de ese proceso de catarsis colectiva, lleva implícito en el título su penitencia. Es esta cinta un canto desaforado a favor de la educación de las masas, de su inquebrantable reclutamiento en las bibliotecas de Harvard y, en consecuencia, una negación de cualquier forma de vida que escape al redil de lo políticamente correcto, de lo permisible para una adolescente de clase media. El problema es que ésto trae como consecuencia un pretendido y anunciado compromiso con el discurso oficial y un innegable descaro a la hora de sostener que lo bohemio es exclusividad de las clases pudientes y ociosas en su perniciosa moraleja final.

     

    Antes de ese decaimiento narrativo, la película se consume como un sólido pasarratos, algo sensiblero y con cierto aire de telefilm, pero capaz de reconstruir con solvencia el Londres pre-Beatles. Se mueve bien en ese género Scherfig, a pesar de que sus anteriores películas (entre ellas, Italiano para principiantes o Wilbur se quiere suicidar) no tienen absolutamente nada que ver con ésta.

     

    De todos modos, la historia de una joven deslumbrada por las fiestas, los placeres y el lujo de cierta élite social privilegiada y a la postre decadente, ya la había contado antes, y mucho mejor, por cierto, Sofía Coppola. El Londres sesentero o  el Versalles del siglo XVIII, tanto monta, monta tanto. La diferencia es que mientras la Maria Antonieta de Coppola es consciente de sus excesos sólo de camino a la guillotina, Scherfig difumina el poder ejemplarizante de su relato precisamente por hacerlo demasiado explícito de camino a su ‘oscarizable’ happy end.

     

    LO MEJOR: Lo único verdaderamente reseñable es la interpretación de esa dulce e ingenua lolita llamada Carey Mulligan.

     

    LO PEOR: El proceso de indefinición de Scherfig. Me quedo con la directora que coqueteaba con el dogma.

     

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