La urgente necesidad de una campaña global para educar sobre el peligro de los vídeos IA
El realismo absoluto de los vídeos generados con IA destruye la realidad que antes dábamos por cierta. El problema más grave no está en la desinformación sobre guerras y eventos globales, sino a nivel local y personal
Una foto real del ataque iraní a una base estadounidense en Bahrein. (EFE)
"Estamos acabados". Ésa es la frase que veo con cada corto de Instagram, TikTok o YouTube generado por inteligencia artificial creado con Seedance 2.0. Y sí, lo estamos. Los muros de la realidad se han desvanecido, succionados por un agujero negro de chips de Nvidia. Llegados a este punto, es hora de soltar un discurso a lo Nancy Reagan y exigir un anuncio de servicio público mundial como aquella vieja campaña norteamericana contra las drogas del 'Just Say No' que comenzó un movimiento publicitario mundial. En España, la más famosa fue la del 'anuncio del gusano', lanzada en 1992 por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) con el eslogan "Ten cerebro. Pasa de la coca". O el "Engánchate a la vida" de 1988 que inundó las calles del país con el logotipo de la jeringuilla tachada. Necesitamos lo mismo para los vídeos de inteligencia artificial. No para que no se consuman o se hagan, sino para educar a todo el mundo.
Imagen falsa creada por IA del mismo ataque que encabeza este artículo.
Empresas como Google, Kuaishou o Meta, que están imprimiendo dinero con su tecnología generativa de vídeo, no están haciendo absolutamente nada para arreglar el problema que han creado para todos nosotros. Todo el mundo debería dejar de creer en todo lo que se mueve en internet. O al menos cuestionarlo todo con una mente crítica, todo el tiempo. Será difícil. Probablemente imposible. La satisfacción instantánea de tragarnos cualquier caramelo que nos lancen las redes sociales, a menudo para respaldar nuestras creencias preestablecidas, es casi imposible de resistir. Queremos creer, que diría Mulder a Scully, porque la dopamina es una droga demasiado apetitosa.
Los señores supremos digitales de Silicon Valley y Pekín lo saben. Por eso han pisoteado oficialmente nuestra ya frágil comprensión de la verdad con el lanzamiento de Seedance 2.0, Kling 3.0 y lo que sea que venga después. Los modelos de IA como Seedance 2.0 de ByteDance se comen hasta una docena de archivos de referencia —imágenes, pistas de audio y muestras de movimiento de cámara— para sintetizar a la perfección una realidad alternativa que cualquier persona creerá que es la verdad sin lugar para la duda.
Vendidos
Por unos céntimos, les hemos entregado las llaves de la realidad a cualquier sociópata que viva en un sótano y tenga conexión wifi. Como Tal Hagin, analista de guerra de la información le dijo a Euronews, "ya no estamos en la fase de que falten seis meses, ya estamos ahí: incapaces de identificar qué es IA y qué no lo es"". La misma industria informática que ha destruido el tejido espaciotemporal nos intentó vender su Iniciativa de Autenticidad de Contenidos para detener el desastre. Nos prometieron una forma de certificar y etiquetar vídeos reales en todas partes para que los humanos pudieran aferrarse a un trozo de la vida real y no caer en las fauces del dragón de la IA—alguien necesita educar a todo el mundo para que dude de todo lo que ve en internet. Pero esta iniciativa ni ha llegado ni se la espera. Los vídeos falsos están en todas partes pero los reales no están identificados como tales.
Si crees este peligro inmediato es una exageración, solo tienes que fijarte en el circo imaginario que se montó con la captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas especiales estadounidenses en enero. Entonces no existía Seedance 2.0, pero las redes sociales se vieron instantáneamente paralizadas por una avalancha de imágenes generadas por IA del líder venezolano derrocado. En X, TikTok e Instagram, imágenes que mostraban a Maduro bajo custodia o a multitudes de venezolanos celebrándolo, acumularon millones de visualizaciones en apenas unas horas. Millones de personas —incluidos los habituales políticos y multimillonarios tecnológicos cuyos pulgares están permanentemente pegados con superglú al botón de retuitear— se tragaron entera la bazofia digital sin problema y la distribuyeron.
Como dice Hagin, cuando se abrió un vacío de información con respecto a la captura de Maduro, la gente utilizó la IA como arma para llenar ese hueco. El mundo está lleno de esos momentos de vacío. Las oportunidades para intoxicar y engañar son incontables, todos los días. Pero lo más preocupante no son las grandes noticias como el ataque a Irán, cuyos vídeos e imágenes son verificadas rápidamente por grandes medios de comunicación. Son las pequeñas cosas, losmomentos cotidianos. Las noticias locales, las estafas personales, el acoso escolar, los cotilleos sobre ese vecino al que todo el mundo odia, el profesor, el enemigo de la oficina, la expareja. Cuando la realidad se quiebra, sustituida por una fabricada, todo el mundo sufre. Habrá millones de personas con su reputación o economía arruinadas. Y habrá muertes, como las que ya han ocurrido en casos de acoso escolar o sexual. En eso coinciden todos los expertos.
Por eso necesitamos la madre de todos los anuncios de servicio público ahora mismo. No podemos quedarnos sentados esperando a que los Patrick Batemans de las finanzas o los Calígulas de la industria tecnológica y sus caballos de las compañías audiovisuales se autorregulen. La historia nos ha demostrado cientos de veces que poseen la brújula moral de una veleta. Necesitamos una campaña educativamasiva, imposible de ignorar, con luces rojas gigantes, que se grabe a fuego en las retinas de todos los usuarios de pantallas del planeta. Necesitamos que nos agarren a todos por las solapas y que nos zarandeen hasta que por fin comprendamos todos que nuestros propios ojos y oídos son ahora nuestros enemigos.
Hagámoslo. Durante un año o lo que haga falta. Se necesita un mundo en el que cada pausa publicitaria, cada anuncio previo de YouTube y cada 'scroll' en TikTok incluya un recordatorio brutal e implacable de que la realidad objetiva es oficialmente una reliquia del pasado. Todo el mundo debe ponerse una armadura psicológica como si estuviéramos viviendo en un juego de rol multijugador masivo en línea infernal. Los niños que crecen dentro de este aterrador tren de la bruja digital que podría destruir el espíritu de un general espartano o los ancianos que reenvían vídeos de WhatsApp falsos como si se los hubieran entregado un arbusto ardiendo en el monte Sinaí. Esto tiene que ser el equivalente en el siglo XXI de aquella campaña de publicidad norteamericana que enseñaba qué hacer cuando estuvieras en llamas por un incendio: 'Detente, tírate al suelo y da vueltas'. Excepto que, en lugar de estar ardiendo físicamente, es nuestra percepción de la verdad la que está siendo incinerada por una granja de servidores en Shenzen o Texas. Tenemos que normalizar el escepticismo radical antes de que sea demasiado tarde.
Pero como nadie va a hacer eso, simplemente recordadlo, chavalada. No creáis todo lo que veis.Quered a vuestra mamá. Y no os droguéis. O drogaos si os da la gana, porque parece que la realidad no es real. A quién le importa ya.
"Estamos acabados". Ésa es la frase que veo con cada corto de Instagram, TikTok o YouTube generado por inteligencia artificial creado con Seedance 2.0. Y sí, lo estamos. Los muros de la realidad se han desvanecido, succionados por un agujero negro de chips de Nvidia. Llegados a este punto, es hora de soltar un discurso a lo Nancy Reagan y exigir un anuncio de servicio público mundial como aquella vieja campaña norteamericana contra las drogas del 'Just Say No' que comenzó un movimiento publicitario mundial. En España, la más famosa fue la del 'anuncio del gusano', lanzada en 1992 por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) con el eslogan "Ten cerebro. Pasa de la coca". O el "Engánchate a la vida" de 1988 que inundó las calles del país con el logotipo de la jeringuilla tachada. Necesitamos lo mismo para los vídeos de inteligencia artificial. No para que no se consuman o se hagan, sino para educar a todo el mundo.