China quiere lanzar 200.000 satélites al espacio (y por qué esto es una locura)
Empresas chinas han presentado planes para lanzar más de 200.000 satélites de internet tras acusar Pekín a Starlink de estar saturando la órbita terrestre y poniendo en peligro el futuro de la actividad humana en el espacio
Una visualización del efecto del síndrome de Kessler en la Estación Espacial Internacional de la película Gravity. (Warner Bros.)
El nuevo Instituto de Utilización del Espectro de Radio e Innovación Tecnológica —una oscura entidad registrada el pasado 30 de diciembre en China— acaba de presentar ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) los planes para lanzar dos megaconstelaciones de 96.714 satélites cada una, llamadas CTC-1 y CTC-2. Esta solicitud masiva, realizada junto a otros actores estatales como China Mobile, eleva la cifra total de nuevos satélites chinos planificados a más de 200.000, una dimensión disparatada para combatir contra SpaceX, a quien Pekín acusa hipócritamente de saturar la órbita baja terrestre y poner en riesgo la seguridad espacial global tras varios incidentes cercanos con su propia estación espacial.
Para poner en perspectiva la demencial magnitud de este proyecto, hay que entender que Starlink, la constelación que actualmente domina nuestros cielos y ya preocupa a los científicos por los peligros que el número de satélites que tiene, tiene un objetivo actual de 42.000 satélites en órbita, que llegarán a unos 75.000 para dar servicio directo de banda ancha a móviles equipados con un chip especial. Los planes chinos son de locos. Además de los casi 200.000 satélites del misterioso instituto de Hebei, China Mobile ha solicitado su primera constelación (el proyecto L1) con 2.520 satélites, mientras que la empresa Shanghai Spacecom Satellite Technology planea añadir 1.296 más a su red Qianfan, que ya tiene como objetivo 15.000 unidades para 2030. Es una carrera 'armamentística' orbital donde la munición son nodos de comunicaciones y el campo de batalla es una franja finita de espacio y espectro de radio sobre nuestras cabezas.
Esta saturación no es sólo un problema de tráfico—con el incremento drástico del peligro de colisión que terminaría en un efecto en cadena que haría imposible el uso de satélites en órbita—sino que además representa un problema ambiental serio: los satélites tienen una vida útil de 5 años, aproximadamente, y no se desintegran en la atmósfera al caer sino que los restos quedan flotando en forma microscópica, afectando a la composición de la atmósfera terrestre. A la escala de Starlink, los científicos ya advertían que las consecuencias podrían ser el colapso de la capa de ozono y el envenenamiento progresivo de la atmósfera. Con 200.000 satélites más, nadie sabe qué puede suceder ni cuándo.
Pero da igual. Todo vale por dominar el mercado. Es un juego de "quien llega primero, se lo queda". Las bandas de frecuencia de radio y las ranuras orbitales en la órbita baja terrestre (LEO) —esa zona entre 400 y 2.000 kilómetros de altitud— son recursoslimitados. Al presentar estas solicitudes ante la ITU, China está intentando reservar su sitio en la mesa antes de que Elon Musk y el resto de operadores (como Jef Bezos y Amazon LEO, o las norteamericana AST Technologies) se coma todo el pastel. Las reglas de la ITU son claras: para mantener estos derechos,los sistemas deben tener al menos un satélite operativo dentro de siete años tras la solicitud. Si fallan en los hitos de despliegue posteriores, pierden el derecho a usar esas frecuencias, lo que explicala prisa desesperada de Pekín por lanzar hardware al vacío.
Peligro claro de catástrofe
El peligro real de esta congestión, sin embargo, no es burocrático, sino físico y potencialmente catastrófico. Aquí es donde entra en juego el temido Síndrome de Kessler, un concepto que suena a tecnicismo aburrido pero que es la pesadilla de cualquier ingeniero aeroespacial. Imaginen la órbita terrestre no como una autopista ordenada, sino como una mesa de billar tridimensional donde las bolas se mueven a 27.000 kilómetros por hora. Si dos de estas bolas chocan —digamos, un satélite chino y uno de Starlink— no solo se rompen; se pulverizan en miles de fragmentos de metralla que salen disparados en todas direcciones a velocidades hipersónicas.
Un presunto satélite Starlink cayendo sobre Puerto Rico en febrero de 2022. (Sociedad astronómica del Caribe)
Cada uno de esos nuevos fragmentos se convierte en un proyectil capaz de destruir otro satélite, generando más escombros y provocando una reacción en cadena imparable. Jonathan McDowell, astrofísico del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, me cuenta en una entrevista telefónica que el riesgo se dispara de forma dramática cuantos más satélites haya en órbita. Si se desencadena este efecto cascada —llamado el efecto Kessler en honor del científico de la NASA que lo postuló por primera vez— la nube de escombros resultante podría destruir la infraestructura orbital que sustenta nuestra vida moderna: GPS, comunicaciones bancarias, predicción meteorológica y otros sistemas vitales para la industria y la vida en la Tierra. También puede dejarnos atrapados en el planeta durante siglos, incapaces de lanzar cohetes a través del escudo de basura letal que habríamos creado. Es, en esencia, una ruleta rusa orbital donde China quiere poner 200.000 balas más en el tambor.
La fricción entre potencias y la hipocresía de China es evidente. Pekín ha denunciado ante la ONU que los satélites de Musk han puesto en peligro con su estación espacial y acusa a Estados Unidos de "proliferación incontrolada" que presenta "desafíos de seguridad". Pero mientras SpaceX promete bajar la órbita de 4.400 satélites para reducir riesgos (que no eliminarlos), China quiere ahora meter 200.000.
Impacto para la salud del planeta
Y aquí llegamos a la consecuencia más invisible pero igualmente negativa: el impacto atmosférico. McDowell, me cuenta que los satélites de Starlink ya están cayendo a un ritmo alarmante, más de dos al día. Cuando estos miles de satélites terminan su vida útil, no desaparecen mágicamente, apunta. Se queman en la reentrada, convirtiéndose en lo que los científicos llaman 'lluvias de meteoros antropogénicas'. Este proceso libera enormes cantidades de óxido de aluminioen la estratosfera. Actualmente, unas 2.000 reentradas anuales ya inyectan 17 toneladas métricas de nanopartículas. Con 200.000 satélites más, esa cifra se disparará. Como advierte la astrónoma Samantha Lawler, "no podemos seguir usando el suelo y la atmósfera como un vertedero". Estas partículas pueden permanecer años en suspensión y catalizar la destrucción de la capa de ozono, desprotegiéndonos de la radiación solar letal.
Además, la promesa de que estos satélites se desintegran totalmente es una fantasía corporativa. SpaceX admite que el 5% de la masa de un satélite puede sobrevivir a la reentrada, una estadística que se vuelve terrorífica cuando consideramos el incidente de 2024, donde un trozo de 2,5 kilos de un Starlink se estrelló en una granja de Saskatchewan, Canadá. Al multiplicar el número de satélites por diez o veinte, como pretende China, la estadística dicta que la lluvia de metal sobre zonas pobladas dejará de ser una anécdota para convertirse en una amenaza constante para la infraestructura civil y las personas.
Estamos presenciando el coste de una ambición desmedida y sin regulación real. Josef Aschbacher, director general de la Agencia Espacial Europea, ya advirtió que una sola persona, Elon Musk, está dictando las reglas del juego espacial, pero la respuesta de China de multiplicar la apuesta nos acerca más al abismo. McDowell resume la situación: "aunque por ahora nos hemos librado de lo peor, estamos jugando con fuego". La humanidad está permitiendo que el cielo, un patrimonio común, se convierta en un vertedero industrial y un campo de minas, todo por tener internet un poco más rápido en mitad del campo.
El nuevo Instituto de Utilización del Espectro de Radio e Innovación Tecnológica —una oscura entidad registrada el pasado 30 de diciembre en China— acaba de presentar ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) los planes para lanzar dos megaconstelaciones de 96.714 satélites cada una, llamadas CTC-1 y CTC-2. Esta solicitud masiva, realizada junto a otros actores estatales como China Mobile, eleva la cifra total de nuevos satélites chinos planificados a más de 200.000, una dimensión disparatada para combatir contra SpaceX, a quien Pekín acusa hipócritamente de saturar la órbita baja terrestre y poner en riesgo la seguridad espacial global tras varios incidentes cercanos con su propia estación espacial.