China prueba un ataque a gran escala para tirar abajo la red Starlink de Elon Musk
Investigadores chinos han simulado con éxito una operación de guerra electrónica a gran escala contra la red de comunicaciones por satélite Starlink con el objetivo de bloquear Taiwán en preparación de una invasión
Cuando Rusia invadió Ucrania, uno de los factores que permitió que Kiev parase los pies al dictador Vladimir Putin fue la red Starlink. El ejército ucraniano, desde el alto mando a los soldados de infantería pasando por sus unidades de inteligencia, usaron la red de internet espacial de Elon Musk para burlar los intentos de Moscú para aislarles y machacarles. China tomó buena nota de esta ventaja táctica y, desde entonces, ha estado buscando cómo desactivarla en caso de que a Pekín se le ocurra invadir Taiwán. Ahora, afirman que lo han conseguido.
No ha sido fácil ni barato, pero según un nuevo estudio publicado el 5 de noviembre en la revista Systems Engineering and Electronics, la anulación de Starlink es técnicamente viable. Un equipo de investigadores de la Universidad de Zhejiang y el Instituto Tecnológico de Pekín (BIT) —una de las instituciones clave en la investigación de defensa china— ha diseñado una estrategia de fuerza bruta para silenciar la constelación. Su conclusión es que el Ejército Popular de Liberación podría cegar las comunicaciones de la isla, pero el coste logístico es monumental: necesitarían desplegar un enjambre de entre 1.000 y 2.000 drones de guerra electrónica operando al unísono.
Fuera de control
El problema técnico al que se enfrentan es que Starlink no juega con las reglas de las telecomunicaciones tradicionales. Los satélites clásicos son objetivos estáticos, enormes aparatos geoestacionarios 'aparcados' sobre el ecuador que son fáciles de bloquear desde tierra simplemente ahogando su señal con potencia. Starlink es justo lo contrario: sus satélites vuelan bajo, rápido y son miles (más de 10.000 en el futuro). Como explica el líder del equipo chino, Yang Zhuo, "los planos orbitales de Starlink no son fijos y las trayectorias de movimiento de la constelación son altamente complejas". Esta "incertidumbre espaciotemporal" significa que un terminal de usuario en tierra no se conecta a un solo punto, sino que salta de un satélite a otro en segundos, creando una red de malla que se adapta en tiempo real para esquivar interferencias.
Para contrarrestar esta agilidad, los investigadores chinos proponen dejar de intentar bloquear la señal desde tierra y llevar la guerra electrónica directamente a la estratosfera. Su solución es una estrategia de "interferencia distribuida": un gigantesco tablero de ajedrez en el cielo formado por cientos de emisores de ruido colocados en drones, globos o aviones volando a 20 kilómetros de altura. En su simulación, que modeló el tráfico de satélites sobre el este de China durante 12 horas, probaron a desplegar estos inhibidores en una cuadrícula con una separación de entre 5 y 9 kilómetros entre cada aparato, creando un "escudo electromagnético" impenetrable sobre el campo de batalla.
Los resultados de la simulación detallan una operación de precisión quirúrgica. Probaron dos tipos de antenas y diferentes potencias, descubriendo que la opción más efectiva requiere equipar a los drones con emisores de 400 vatios (26 decibelios-vatio) y antenas de haz estrecho muy enfocadas. Con esta configuración "óptima" y separando los drones 7 kilómetros entre sí, cada nodo del enjambre sería capaz de suprimir la señal de Starlink en un área promedio de 38,5 kilómetros cuadrados. Si se opta por equipos más baratos y menos potentes (23 decibelios-vatio), la eficacia cae y se dispara la necesidad de unidades, obligando a reducir la distancia entre drones a solo 5 kilómetros.
La invasión de Taiwán
Aquí es donde entra la calculadora y la realidad golpea el plan teórico. Taiwán tiene una superficie de aproximadamente 36.000 kilómetros cuadrados. Según los cálculos del equipo de Yang, para cubrir la isla con una supresión de señal fiable usando la configuración de alta potencia, China necesitaría mantener en el aire un mínimo de 935 nodos de interferencia coordinados perfectamente. Y si deciden usar la opción de menor potencia, la cifra se duplica hasta rozar las 2.000 unidades. Es una operación aérea de una escala y complejidad sin precedentes para un solo objetivo táctico.
Y estas cifras son, probablemente, muy optimistas para Pekín. Como los propios autores admiten con la boca pequeña, sus cálculos son preliminares porque Starlink mantiene en secreto muchos de sus datos técnicos técnicos y patrones de radiación exactos. Además, el número de 935 drones es un mínimo teórico que no tiene en cuenta la redundancia necesaria para cubrir fallos mecánicos, ni la complicada orografía montañosa de Taiwán que podría bloquear las señales de los propios inhibidores. Tampoco contempla la capacidad de SpaceX para contraatacar mediante software, algo que ya hicieron en Ucrania cuando reconfiguraron la constelación para burlar los inhibidores rusos en cuestión de días.
A pesar de las dificultades, el mensaje de Pekín es claro: no van a permitir que se repita el escenario ucraniano en su patio trasero. Si China decide cruzar el estrecho, no solo lloverán misiles; el cielo se llenará de miles de drones zumbando a 20 kilómetros de altura, intentando convertir la tecnología más avanzada de Elon Musk en pisapapeles caros antes de que el primer soldado ponga un pie en la playa.
Cuando Rusia invadió Ucrania, uno de los factores que permitió que Kiev parase los pies al dictador Vladimir Putin fue la red Starlink. El ejército ucraniano, desde el alto mando a los soldados de infantería pasando por sus unidades de inteligencia, usaron la red de internet espacial de Elon Musk para burlar los intentos de Moscú para aislarles y machacarles. China tomó buena nota de esta ventaja táctica y, desde entonces, ha estado buscando cómo desactivarla en caso de que a Pekín se le ocurra invadir Taiwán. Ahora, afirman que lo han conseguido.