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Atunes y tiburones podrían correr el mismo fin que el legendario megalodón. Este es el culpable
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UNA OLLA A PRESIÓN INSOPORTABLE

Atunes y tiburones podrían correr el mismo fin que el legendario megalodón. Este es el culpable

El 90% del calentamiento global está afectando a los océanos. En sus aguas, estos grandes peces ven cómo las características que les hacen los depredadores más temidos también se pueden volver en su contra

Foto: El tiburón blanco (carcharodon carcharias) es una de las especies que puede estar en peligro por el calentamiento de los océanos. (Isabel Reviejo. Foto: Efe)
El tiburón blanco (carcharodon carcharias) es una de las especies que puede estar en peligro por el calentamiento de los océanos. (Isabel Reviejo. Foto: Efe)

Dicen que lo que no te mata, te hace más fuerte. Pero puede que para algunos tiburones y atunes el aforismo de Nietzsche empiece a ser al revés. Lo que te hace más fuerte, te mata. Estos depredadores que reinan en el océano deben parte de su ventaja evolutiva a su capacidad para retener su propio calor corporal. Esta adaptación, conocida como mesotermia, hace que a veces se les llame peces de “sangre caliente” y que puedan alcanzar mayor velocidad y recorrer distancias más largas. Pero también hace que estén más expuestos al calentamiento de los océanos.

Especies como el temido tiburón blanco retienen su calor metabólico y calientan partes de su cuerpo por encima de las temperaturas del agua que les rodea gracias a una circulación sanguínea especializada. Para ello necesitan casi cuatro veces más energía que los peces puramente de “sangre fría”. Y si también sube la temperatura a tu alrededor… tu termómetro corporal es difícil de regular. Por eso, los peces mesotérmicos se enfrentan a un sobrecalentamiento que les puede poner en peligro, según un nuevo estudio publicado hoy en Science. Su poder es ahora un arma de doble filo.

Para mantener y cubrir sus altas necesidades energéticas, necesitan alimento. Cuanta más temperatura, más comida. Y el calor no es el único peligro que acecha en los océanos: el cambio climático y la sobrepesca también están haciendo que disminuyan los recursos alimenticios de estos grandes peces, y también su hábitat. La inmensa masa de agua salada que cubre aproximadamente el 71% de la superficie terrestre es un ecosistema muy vivo, así que estos cambios no vendrán solos.

“Los peces de sangre caliente nadan más rápido, migran más lejos, ven mejor y crecen más rápido. Suelen ser grandes y situarse cerca de la cima de la cadena alimentaria. Los grandes depredadores apicales, como los mesotermos, suelen ejercer una fuerte influencia reguladora sobre todo el ecosistema marino, por lo que los cambios en sus poblaciones pueden tener importantes repercusiones en cascada en toda la cadena alimentaria”, explica a El Confidencial Nicholas Payne, profesor de Facultad de Ciencias Naturales del Trinity College de la Universidad de Dublín e investigador principal del artículo.

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El estudio, mano a mano con otros científicos de la institución irlandesa y en colaboración con la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Pretoria, alude a un riesgo similar al que sufrió el tiburón legendario que está en nuestro imaginario cinematográfico y en las pesadillas de los que tienen miedo al océano: el gran megalodón.

Depredadores que se convierten en presas

Más de 20 metros de largo y más de 50 toneladas. Encontrarse en alta mar con el megalodón (otodus megalodon) es algo con lo que seguramente solo soñarían Ahab, Ismael y Queequeg. El tiburón más grande que jamás ha habitado nuestro planeta vivió en mares de todo el mundo hace aproximadamente 23 millones de años y se extinguió hace unos 3 millones. Era uno de los depredadores más poderosos, pero no pudo con el cambio climático.

Aunque difícil de determinar, la evidencia fósil sugiere que él y otros gigantes marinos con la capacidad de generar calor en zonas de su cuerpo llegaron al límite cuando los mares se transformaron. Lo mismo puede suceder ahora. “Nuestros resultados pueden ser motivo de preocupación, ya que nuestros actuales mesotermos gigantes se enfrentarán a problemas a medida que cambien las temperaturas oceánicas y sus recursos alimentarios sigan disminuyendo. Se considera que esta fue una de las razones por las que se extinguió el megalodón”, indica el biólogo marino. Otra fue su competencia con el tiburón blanco, que paradójicamente ahora se expone a la misma suerte.

placeholder Los investigadores del grupo de Payne colocan pequeños sensores para monitorizar la temperatura corporal de estos grandes peces. (Diego Camejo)
Los investigadores del grupo de Payne colocan pequeños sensores para monitorizar la temperatura corporal de estos grandes peces. (Diego Camejo)

A los humanos no se nos puede culpar de la desaparición del megalodón; pese a lo que muestran las películas, no coincidimos con él. Pero en los últimos siglos sí estamos provocando pérdidas irreparables para los ecosistemas. “El ritmo al que se producen las extinciones en la actualidad alcanza una magnitud sin precedentes en los últimos millones de años debido a nuestra destrucción de hábitats y a la sobreexplotación de los animales marinos”, señala Payne, que investiga junto a su grupo cómo la variación ambiental modifica la distribución y el comportamiento de los animales acuáticos.

El 90% del calentamiento global está ocurriendo en el océano, que absorbe el exceso de calor generado por los gases de efecto invernadero. Su calor interno lleva aumentando desde que comenzaron los registros modernos en 1955, según datos de la NASA. El año pasado, las temperaturas oceánicas alcanzaron otro récord histórico. Dentro de esa olla a presión cambiante están los tiburones blancos y los grandes atunes, calientes de por sí.

En su investigación, los científicos vieron que los peces mesotérmicos consumen aproximadamente 3,8 veces más energía y que un aumento de 10°C en su temperatura corporal duplica con creces la tasa metabólica, en comparación con peces de sangre fría de tamaño similar. Traducido: estos depredadores necesitan muchísima más comida para mantener su estilo de vida. A la vez, más tamaño implica más calor y más problemas para regular su temperatura corporal. Por ejemplo, “un tiburón de una tonelada podría tener dificultades para mantener el equilibrio térmico en aguas con temperaturas superiores a los 17 grados”, señala Andrew Jackson, profesor de la Facultad de Ciencias Naturales del Trinity College y coautor de la investigación.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores estimaron la tasa metabólica a partir de su temperatura corporal y de la del agua. Así, pudieron calcular la cantidad de calor que los peces producen y pierden en tiempo real. Para recabar todos esos datos, utilizaron sensores diminutos que traquean la información. A veces pueden capturar a los peces e implantarles esos pequeños registradores, pero otras es prácticamente imposible. Como con los tiburones peregrinos de Irlanda, que pesan hasta 3,5 toneladas. Para monitorizarles, los investigadores les lanzaron una pequeña sonda bajo la piel mientras nadaban en la superficie, como en el vídeo de arriba. “Es un método estupendo porque tiene un impacto muy reducido en el animal y no les causa estrés. En el caso de los tiburones peregrinos, los sensores registran la temperatura corporal durante uno o dos días y luego se desprenden del animal”, explica.

Toca entonces recuperar el dispositivo, una “aventura logística”, describe el investigador, ya que no saben hacia dónde nadará el tiburón. Lo que sí saben es que esa zona de movimiento se está acotando. Es una de las conclusiones del estudio: el calentamiento y las necesidades alimentarias de estos animales podría hacer que se vieran obligados a desplazarse hacia los polos.

Atunes y tiburones que huyen de España

Si estos grandes peces nadan en aguas tan calientes que no pueden disipar su propio calor corporal, toca mudarse y reducir su velocidad para no ‘encenderse’ tanto. Y aquí, los atunes y tiburones se convierten en pescadillas que se muerden la cola. Porque en zonas más frías y utilizando menos fuerza también es más difícil encontrar y capturar alimento, un círculo vicioso que les pone en doble riesgo.

Atado al calentamiento que se prevé en el futuro, los científicos pronostican que el hábitat de los grandes mesoternos se reducirá, especialmente en los meses de verano. Esto podría afectar al atún rojo que nada en el Atlántico y que pescamos en España, que tiene una cuota asignada en nuestro país de unas 6.783 toneladas para 2026. Payne indica que no saben hasta qué punto los atunes pueden adaptar su fisiología y liberar mucho más calor para no verse forzados a emigrar, pero predicen que el pez podría verse obligado a buscar aguas más frías si las superficiales siguen calentándose.

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Como el atún, también el tiburón blanco nada de tanto en tanto nuestras costas. Aunque cuando aparece esporádicamente alguno nos parezca fuera de lugar, en realidad no debería serlo, y su ausencia también es cosa nuestra. “Históricamente, los tiburones blancos eran mucho más comunes en el Mediterráneo. Por desgracia, llevamos siglos sobreexplotándolos, por lo que prácticamente han desaparecido de esa región. Los avistamientos de tiburones blancos en el Mediterráneo deberían ser ‘normales’: habría habido muchos más hace 100 años”, explica Payne a este diario.

La sobrepesca y las capturas accidentales son las principales amenazas para estos animales. Pero el cazo hirviendo en el que se están convirtiendo nuestros mares también señala a los gigantes marinos, que puede que en el futuro también veamos solo en el cine.

Dicen que lo que no te mata, te hace más fuerte. Pero puede que para algunos tiburones y atunes el aforismo de Nietzsche empiece a ser al revés. Lo que te hace más fuerte, te mata. Estos depredadores que reinan en el océano deben parte de su ventaja evolutiva a su capacidad para retener su propio calor corporal. Esta adaptación, conocida como mesotermia, hace que a veces se les llame peces de “sangre caliente” y que puedan alcanzar mayor velocidad y recorrer distancias más largas. Pero también hace que estén más expuestos al calentamiento de los océanos.

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