Observan la Luna y lo que descubren sobre el agua y cómo ha podido llegar ahí es clave para futuras misiones
Un nuevo estudio revela que el hielo lunar podría haberse formado de manera progresiva durante miles de millones de años, cambiando las teorías sobre su origen
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La Luna vuelve a situarse en el centro de la investigación científica tras un hallazgo que podría cambiar la forma en la que la humanidad explora el espacio. Un equipo internacional de investigadores ha encontrado nuevas pistas sobre la presencia de agua en nuestro satélite. Y todo apunta a que no llegó de forma repentina, sino que se ha ido acumulando lentamente durante miles de millones de años.
Este descubrimiento, publicado en la revista Nature Astronomy, arroja luz sobre uno de los grandes enigmas de la ciencia lunar: por qué existe hielo en algunos cráteres del Polo Sur y en otros no. Durante décadas, las misiones espaciales han detectado indicios de agua congelada en zonas permanentemente en sombra, pero el origen de ese recurso seguía siendo una incógnita.
Los científicos ahora plantean un escenario más complejo y gradual. En lugar de un único impacto de gran magnitud —como el de un cometa cargado de hielo—, los datos sugieren que la Luna ha ido recibiendo pequeñas aportaciones de agua a lo largo de su historia. “Parece que los cráteres más antiguos contienen más hielo”, explica Paul Hayne, investigador de la Universidad de Colorado. Esta correlación temporal apunta a un proceso continuo que se habría extendido durante unos 3.000 o 3.500 millones de años.
Las posibles fuentes de ese agua son variadas. Por un lado, los cometas y asteroides que han impactado la superficie lunar podrían haber depositado moléculas de agua. Por otro, el viento solar —un flujo constante de partículas procedentes del Sol— también podría haber contribuido. Según los expertos, el hidrógeno transportado por este viento puede reaccionar con el oxígeno presente en el regolito lunar para formar agua.
Otra hipótesis contempla la actividad volcánica primitiva de la Luna. En sus primeras etapas, el satélite no era el cuerpo inerte que vemos hoy, sino que contaba con volcanes capaces de liberar gases desde su interior, incluyendo vapor de agua. Ese vapor, con el paso del tiempo, habría terminado atrapado en zonas extremadamente frías.
Ahí entran en juego las llamadas “trampas frías”, uno de los elementos clave de este estudio. Se trata de cráteres situados en regiones polares que nunca reciben luz solar directa. Algunas de estas zonas llevan miles de millones de años en oscuridad permanente, lo que las convierte en auténticas cámaras de conservación natural, donde el hielo puede permanecer estable sin evaporarse.
Sin embargo, no todos los cráteres son iguales. El equipo de investigadores ha utilizado simulaciones informáticas y datos térmicos recogidos por instrumentos de la NASA para reconstruir la historia de la inclinación de la Luna. Este factor es crucial, ya que la orientación del satélite ha variado con el tiempo, provocando que algunos cráteres hayan estado más tiempo en sombra que otros.
El resultado es un mapa más preciso de las regiones que han permanecido frías durante más tiempo. Y es precisamente en esos lugares donde se concentra una mayor cantidad de hielo. Uno de los ejemplos más destacados es el cráter Haworth, cerca del Polo Sur lunar, que podría haber estado en oscuridad continua durante más de 3.000 millones de años.
Más allá del interés científico, este hallazgo tiene implicaciones prácticas muy relevantes. El agua en la Luna no solo sería un recurso valioso para futuras misiones tripuladas, sino también una pieza clave para la exploración espacial a largo plazo. El hielo podría utilizarse para obtener agua potable, generar oxígeno o incluso producir combustible para cohetes mediante la separación de hidrógeno y oxígeno.
“Encontrar agua utilizable fuera de la Tierra es uno de los grandes retos de la astronomía”, señalan los investigadores. Y es que, la posibilidad de aprovechar recursos in situ reduciría enormemente los costes y la complejidad de las misiones espaciales, facilitando la creación de bases permanentes en la superficie lunar. Aun así, los científicos advierten de que todavía queda mucho por investigar. Las observaciones actuales, aunque prometedoras, no son suficientes para determinar con exactitud el origen del agua. La clave estará en futuras misiones que permitan analizar directamente muestras del hielo lunar o traerlas de vuelta a la Tierra.
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