La gran apuesta del futuro es un color imposible que vale miles de millones de euros
Mas Subramanian descubrió accidentalmente el azul YInMn y demostró las implicaciones millonarias de la química del color. Ahora, se enfrenta a la problemática del rojo
Una muestra de cinabrio, usado en el pasado para crear pigmentos rojos (Wikimedia Commons/Joaquim Callén/CC BY-SA 4.0)
Ni el oro ni el bitcoin concentran hoy la mayor ambición científica: la industria química del color persigue el llamado rojo perfecto, un pigmento inorgánico brillante y duradero que, según detalla New Scientist, podría transformar un mercado global valorado en más de 28.000 millones de dólares anuales (casi 24.000 millones de euros, al cambio).
El hallazgo del azul no fue planificado. Mientras investigaba materiales para el almacenamiento de datos, apareció en su horno un compuesto de tonalidad intensa formado por itrio, indio y manganeso. Aquella estructura cristalina asimétrica dio lugar a un azul estable y luminoso que despertó el interés de fabricantes y artistas.
La ciencia detrás del color
El color no depende solo del elemento químico empleado, sino de la forma en que sus átomos se organizan. Cuando la luz incide sobre un material, los electrones absorben determinadas longitudes de onda y reflejan otras. Esa interacción, gobernada por reglas cuánticas, determina si percibimos azul, verde o rojo.
Subramanian lo explica así: “Es fácil explicar un color después de encontrarlo”. Sin embargo, anticipar qué estructura producirá un rojo puro resulta extraordinariamente complejo. Las transiciones electrónicas que generan tonalidades intensas rara vez producen un rojo limpio y brillante, lo que convierte este objetivo en un auténtico desafío científico.
La historia demuestra que muchos pigmentos surgieron por azar. El azul egipcio o el azul de Prusia fueron fruto de combinaciones inesperadas. Incluso el propio YInMn nació sin que su creador lo buscara. Esa mezcla de ensayo y error sigue marcando el desarrollo de nuevos compuestos.
El problema del rojo brillante
El rojo ha estado presente desde las pinturas rupestres elaboradas con óxidos de hierro. No obstante, esos tonos tienden a ser apagados. Los rojos más vivos del pasado dependían de metales tóxicos como el mercurio o el cadmio, hoy restringidos por motivos sanitarios y medioambientales.
The discovery of bright yet stable pigments is vanishingly rare, making them hugely valuable. Now chemist Mas Subramanian is unpicking the atomic code of colour and homing in on our most-wanted hue https://t.co/22icHIqdfb
Los pigmentos orgánicos ofrecen mayor viveza, pero se degradan con facilidad ante la radiación ultravioleta y la humedad. De ahí que sectores como la automoción necesiten recubrimientos protectores costosos para mantener la intensidad cromática. La industria busca un pigmento inorgánico que combine estabilidad, seguridad y brillo.
"Muchas empresas me dijeron que si tienes el pigmento rojo, puedes ser multimillonario", aseguró Subramanian. El mercado mundial de pigmentos inorgánicos supera los 28.000 millones de dólares anuales, lo que explica que este color imposible sea considerado la nueva gallina de los huevos de oro de la química moderna.
Una carrera entre azar y física cuántica
En su laboratorio, el investigador ha experimentado con cromo en estados poco habituales y con estructuras cristalinas de simetría rota que permiten saltos electrónicos normalmente prohibidos. Algunos resultados han producido magentas rojizos y naranjas intensos, pero el rojo definitivo sigue sin materializarse.
"Solo hazlo", aconseja a sus estudiantes cuando la teoría no basta. Esa combinación de intuición, física cuántica y persistencia mantiene viva una búsqueda que podría redefinir industrias enteras, desde la arquitectura hasta el diseño textil, y que confirma que el color, lejos de ser un detalle estético, es una cuestión estratégica y multimillonaria.
Ni el oro ni el bitcoin concentran hoy la mayor ambición científica: la industria química del color persigue el llamado rojo perfecto, un pigmento inorgánico brillante y duradero que, según detalla New Scientist, podría transformar un mercado global valorado en más de 28.000 millones de dólares anuales (casi 24.000 millones de euros, al cambio).