Una astronauta irá por primera vez a la Luna: cuánto perdemos (todos) sin mujeres en ciencia
Investigar sin perspectiva de género empobrece el avance científico y aumenta el riesgo de los resultados en medicina, espacio, arqueología e inteligencia artificial. Los hombres también pierden con una ciencia y una tecnología sesgadas
La astronauta de la NASA Christina Koch, que viajará alrededor de la órbita lunar en la misión Artemis II. (NASA)
Cuando en 1969 Neil Armstrong pronunció su histórica frase: “Es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”, en realidad la mitad de ella se quedaba fuera. Desde entonces, 12 personas han caminado sobre la superficie lunar y otras 12 han orbitado alrededor del satélite. Todos, hombres estadounidenses. Por primera vez desde que comenzó la carrera espacial para llegar a la Luna eso cambiará con Artemis II, que incluye a la astronauta Christina Koch.
Llegar hasta aquí no ha sido nada fácil para las mujeres, que han aguantado comentarios machistas o directamente tenían prohibido presentarse a programas espaciales. De 791 astronautas, solo 121 han sido mujeres (el 15%), según Astronauts Database. Ahora tenemos referentes como la española Sara García Alonso o las cinco mujeres que han comandado la Estación Espacial Internacional, pero aún llegan coletazos de un sesgo histórico: en 2019 la NASA tuvo que cancelar el primer paseo espacial exclusivamente femenino por no tener dos trajes espaciales de la talla de las mujeres que iban a protagonizarlo. Una de ellas era precisamente Koch.
Algo que puede parecer anecdótico tiene implicaciones que afectan directamente a nuestra salud, física y mental, e impide un desarrollo justo e igualitario de la ciencia. “Durante décadas, la investigación y la ingeniería espacial se han basado en un cuerpo masculino estándar, lo que ha generado carencias reales en seguridad, diseño y conocimiento biomédico”, explica a El Confidencial María Lastra, investigadora postdoctoral en Mecanotransducción Celular en la Universidad de Sídney y tripulante de Hypatia III, un proyecto de investigación íntegramente femenino en el Ártico.
Esto ha hecho que la medicina espacial disponga de muchos menos datos femeninos sobre cómo metabolizamos los fármacos, o cómo responde el sistema reproductivo y hormonal a la radiación y la microgravedad, “lo que limita nuestra capacidad para planificar misiones largas y seguras”, añade Lastra. Y esto no solo ha sucedido en investigación espacial. En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia recordamos que el conocimiento científico lleva siglos a medias, con todo lo negativo que esto implica para hombres (sí, sí, para ti también) y mujeres.
Investigadoras ignoradas y ciencia que no avanza
Excluir a las mujeres de la ciencia, como investigadoras y también como sujeto de estudio, ha provocado conclusiones poco realistas y errores de bulto que han quedado en nuestro imaginario. “Hasta que no llegaron las mujeres a la investigación en arqueología, los expertos difundieron la idea de un hombre paleolítico aprovisionador y una mujer dependiente. Ese razonamiento ni se apoya ni se refleja en datos científicos”, indica a este diario Marta Macho, doctora en Matemáticas, profesora en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y editora del blog Mujeres Con Ciencia.
Mucho hay que revisitar (la importancia de los cuidados y si las primeras herramientas se usaron para cazar o recolectar) para contar nuestros orígenes de manera más fidedigna, como hace el proyecto Past Women. Hay más ejemplos, recuerda Macho. A Barbara McClintock se la ignoró durante décadas, pese a dar las claves para la transposición genética: sus estudios demostraron que los genes pueden “saltar” o cambiar de posición, lo que contradecía la teoría vigente en ese momento de que estaban fijados en los cromosomas. La neuropediatra Isabelle Rapin derribó mitos sobre el trastorno del espectro autista. “Contribuyó a que se considerase un problema biológico y no una consecuencia del comportamiento de los progenitores, y en concreto, de las madres”, apunta Macho.
También ha habido muchísimos casos flagrantes de apropiación masculina de méritos de mujeres científicas, que vieron cómo maridos o colegas se llevaban el reconocimiento. Ahora hablamos constantemente del calentamiento global, pues fue la climatóloga Eunice Foote quien demostró experimentalmente que el dióxido de carbono y el vapor de agua captan el calor del sol. El descubrimiento se atribuyó al científico John Tyndall.
Pero, sin duda, el impacto en investigación biomédica es el más evidente y uno de los más perjudiciales, con sesgos de género que afectan a temas tan delicados como infartos de miocardio o dosis en medicación. Se sabe menos sobre enfermedades en mujeres porque durante décadas se usaron solo ratones machos para evitar que los cambios hormonales alteraran los resultados. Cambios hormonales por los que también se ha pasado de largo, como en el estudio de la menstruación, de la que se sabe muy poco.
La primera astronauta española y bióloga molecular, Sara García Alonso, investiga el cáncer en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. (X / @Astro_SaraG)
Para hacernos una idea, hay más investigaciones sobre calvicie que sobre dolor menstrual (dismenorrea), como subrayan los periodistas María Zuil y Antonio Villarreal en su libro La mitad que sangra. “Ha habido una gran brecha, pero a medida que las mujeres están ocupando puestos de decisión (porque investigar también requiere decidir) está empezando a haber más investigación y más discusión [sobre menstruación]”, indicaba en una entrevista a Ethic la autora.
Zuil daba en el clavo. Las mujeres no han ocupado habitualmente esos puestos, y siguen en minoría. Aunque muchas disciplinas científicas el número de mujeres que empieza es mayor al de los hombres, a medida que avanza la carrera profesional ellas van perdiendo oportunidades y muchas menos llegan a puestos de responsabilidad, según datos del último informe Científicas en cifras, del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Solo una de cada cuatro investigadoras alcanza puestos de toma de decisiones; es el conocido como 'efecto tijera'. En otras disciplinas quedan fuera desde el principio, y esto es muy preocupante cuando se trata de la revolución que mueve actualmente la tecnología: la inteligencia artificial.
Mujeres también fuera de la IA
El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Ha vuelto a pasar: solo el 28,9% del alumnado que estudia IA son mujeres. Después, no solo hay menos trabajando en este campo (20% en empresas de machine learning y 12% en investigaciones de IA, según la Unesco), también menos utilizándola. Un análisis de la Escuela de Negocios de Harvard indica que las mujeres tienen un 22% menos de probabilidades que los hombres de usar herramientas de IA generativa.
Lorena Fernández, experta en perspectiva de género en tecnología y directora de Comunicación Digital de la Universidad de Deusto, apunta a que se debe a una concepción más ética y consciente de su uso, y cree que es precisamente lo que falta. “Necesitamos perspectiva de género y ética en los proyectos de IA, no solo más mujeres. La formación en esto debería ser obligatoria para todos. Eso hará que haya sistemas más justos, con datos más diversos, y que funcionen para todo el mundo, no solo para el grupo con privilegios”, afirma.
"Cuando las mujeres no están presentes, ciertas preguntas científicas clave no se formulan", María Lastra (Hypatia III)
Porque esto aún no sucede. Joy Buolamwini, investigadora del MIT, se dio cuenta de que distintos softwares de reconocimiento facial no la reconocían por ser mujer racializada. Además, la IA generativa se ha erigido como una herramienta para generación de contenido sexual de mujeres sin su consentimiento, un uso terrible para un avance que podría tener un potencial mejor. “Parece que solo se habla de la IA generativa, pero hay muchos modelos que se están enfocando en temas como cáncer de mama”, apuntilla Fernández. El Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia de este año recuerda que, sin la adopción de medidas concretas en la gestión de la IA, existe el riesgo de que sus beneficios no lleguen a mujeres y niñas.
La inteligencia artificial es, en esencia, modelos matemáticos, y estos “no son neutros”, recuerda Marta Macho. Las matemáticas son precisamente una disciplina en la que las mujeres también se han visto menoscabadas. Un sesgo recurrente: los hombres son mejores en matemáticas. Es falso, los estudios apuntan a que no hay ninguna diferencia entre niños y niñas en sus habilidades matemáticas. Pero esto cala y puede provocar efectos como que el número de alumnas matriculadas en la carrera de Matemáticas lleve años en descenso, según datos del Ministerio de Educación.
Y así, la mirada de la mujer en la ciencia sigue sin estar en igualdad de condiciones. Esto también son matemáticas, un cálculo muy sencillo: “Si no hay mujeres perdemos el 50% de la inteligencia y de los cerebros de la humanidad. Nosotras nos fijamos en temas que se han estudiado menos e intentamos que se haga una ciencia con otras sensibilidades y más colaboración”, afirma Maite Paramio, presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT). Un 50% de posibilidades que se pierden también los hombres.
Todos salimos perdiendo (tú también)
Si no hay diversidad, la derrota es colectiva. Por un lado, “las mujeres perdemos el derecho a entrar en disciplinas esenciales para mejorar la vida de las personas y la oportunidad de decidir sobre tecnologías que están cambiando el mundo”, subraya Macho. Es una cuestión de justicia, un derecho fundamental.
Por si esto no sirve para convencer, a ellos también les viene mal nuestra ausencia, recuerda Macho: “Los hombres pierden la oportunidad de colaborar y aprender de las ideas y las maneras de trabajar de las mujeres. Pierden con una ciencia y una tecnología sesgadas que no representan a la mayoría de la población”.
Hypatia plantea una misión íntegramente femenina para corregir un vacío histórico de datos y entender cómo funcionan equipos que casi nunca han sido el centro del estudio. (Hypatia III/Pau Fabregat)
Cerramos la órbita por una ciencia más justa mirando de nuevo a la Luna y más allá. Artemis II, aplazada hasta marzo de este año, es la antesala de la NASA para futuras misiones a Marte. Un futuro espacial en el que también corremos el peligro de quedarnos a medias. “La ausencia de mujeres en ciencia espacial implica perder diversidad cognitiva, enfoques distintos de liderazgo y resolución de problemas, además de preguntas científicas que no surgen en entornos homogéneos. En un contexto tan extremo como Marte, excluir esa diversidad no es neutral: empobrece la ciencia y aumenta el riesgo”, argumenta Lastra.
El grupo valenciano La Habitación Roja canta “si tú te vas, me cubrirá polvo lunar y ya no habrá cuenta atrás”, en una canción que recoge en su título el oxímoron que exclamó Buzz Aldrin cuando observó de cerca la Luna. “Magnífica desolación”. Como la que habrá si las mujeres se van (o las vuelven a echar) de la investigación científica. Porque explorar el espacio, investigar en IA y avanzar en biomedicina no debe tener género, pero sí debe incluirnos a todos y todas.
Cuando en 1969 Neil Armstrong pronunció su histórica frase: “Es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”, en realidad la mitad de ella se quedaba fuera. Desde entonces, 12 personas han caminado sobre la superficie lunar y otras 12 han orbitado alrededor del satélite. Todos, hombres estadounidenses. Por primera vez desde que comenzó la carrera espacial para llegar a la Luna eso cambiará con Artemis II, que incluye a la astronauta Christina Koch.