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18.000 desaparecidos al año: la 'bomba gris' que asola Japón y amenaza a España
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La sociedad más envejecida del planeta

18.000 desaparecidos al año: la 'bomba gris' que asola Japón y amenaza a España

La brecha entre la esperanza de vida en Japón (85 años) y la esperanza de vida saludable se ha disparado: ahora son más de 11 años. Miles de personas sufren demencia, y la tecnología no logra frenar el problema

Foto: Un anciano se echa una siesta en un barrio de Tokio. (EFE/EPA/Franck Robichon)
Un anciano se echa una siesta en un barrio de Tokio. (EFE/EPA/Franck Robichon)
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En Iruma, una ciudad dormitorio al noroeste de Tokio, a veces suena una alerta por los altavoces municipales. No avisa de un terremoto, ni de un ataque de misiles. La voz con acento metálico solicita a los ciudadanos que busquen a su alrededor: un anciano de 82 años, vestido con chándal gris, salió a comprar y no ha regresado a casa. En pueblos y ciudades del anillo metropolitano de Tokio, como Iruma o Kawagoe, estas alertas forman parte del paisaje acústico.

Y es que, según las últimas cifras gubernamentales, más de 18.000 personas con demencia fueron reportadas como desaparecidas solo en 2024. Es un récord histórico. La mayoría son encontrados a las pocas horas gracias a la eficiencia policial, pero casi 500 de ellos aparecieron muertos. Fallecieron por hipotermia, accidentes o deshidratación, perdidos en las mismas calles que recorrieron durante décadas, pero que su memoria borró de golpe.

Shunsuke Murata, epidemiólogo del National Cerebral and Cardiovascular Center (Osaka), alerta que las desapariciones y las muertes posteriores se han convertido en un problema serio a medida que ha aumentado la población con demencia. Shuhei Nomura, del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME), aporta igualmente algunas evidencias funestas: “La esperanza de vida es ahora de unos 85 años en Japón, pero la brecha entre la esperanza de vida y la esperanza de vida saludable se ha ampliado. Ahora son más de 11 años. Básicamente, las personas viven más tiempo, pero pasan más tiempo tratando con problemas de salud [...] Además, el Alzheimer y otras demencias son ahora la causa número uno de muerte”.

Japón se enfrenta así a una crisis que va mucho más allá de la desorientación geográfica. Es el síntoma de una nación que envejece más rápido de lo que es capaz de cuidarse. Para entender por qué se pierden 18.000 ancianos al año, hay que mirar la pirámide de población, que en Japón se ha invertido hasta parecer una peonza inestable. Casi el 30% de los japoneses tiene ya más de 65 años. Es la sociedad más envejecida del planeta. No es extraño que un estudio encargado por el gobierno japonés estimara que para 2050 habrá alrededor de 5,86 millones de personas mayores con demencia en el país.

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También las estructuras familiares que antes actuaban como redes de contención se han ido debilitando. Muchas personas mayores viven solas o dependen de hijos que trabajan jornadas interminables. El viejo modelo de hogar intergeneracional se ha ido deshaciendo en silencio y, con él, la vigilancia difusa que ofrecía compañía, rutina y orientación. Al desaparecer ese colchón cotidiano, pequeños fallos de memoria se convierten en extravíos reales. Basta que alguien salga a comprar leche y, al cruzar una rotonda o una avenida demasiado parecida a otra, pierda la referencia espacial.

A todo esto se suma un coste asistencial que se ha disparado. El Ministerio de Salud japonés ha estimado que el gasto en cuidados se ha casi triplicado desde 2001, alcanzando la astronómica cifra de 11,9 billones de yenes (unos 76.000 millones de dólares). Pero el dinero no es el único problema. El problema son las manos: cada vez hay menos profesionales disponibles que presten asistencia a la tercera edad y Japón mantiene límites estrictos a la llegada de trabajadores extranjeros, lo que reduce su capacidad para sostener una población dependiente que crece inexorablemente. En ese vacío se entiende mejor la deriva política del país.

placeholder Yoshiko, una anciana de 79, acaricia a la foca-robot Paro en la residencia en la que vive. (Reuters)
Yoshiko, una anciana de 79, acaricia a la foca-robot Paro en la residencia en la que vive. (Reuters)

Esta combinación de costes crecientes, falta de personal y soluciones tecnológicas que no terminan de cubrir el hueco desemboca en una tensión de fondo que va más allá de los cuidados. En demografía se habla de 'bomba gris' para describir un fenómeno que altera la arquitectura entera de una sociedad de forma lenta y silenciosa: el envejecimiento acelerado combinado con una contracción persistente de la población activa. Los efectos son presupuestos que se tensan un poco más cada año, barrios que apagan luces, sistemas de bienestar que se tambalean lentamente. Japón se enfrenta a la peor bomba gris del planeta.

Códigos QR en las uñas y el "Valle Inquietante"

La respuesta japonesa a esta crisis es lo que podríamos llamar un humanismo cyberpunk. Las autoridades y las empresas tecnológicas se han lanzado a una carrera para monitorizar el deterioro cognitivo con herramientas de vigilancia. La ciudad de Iruma fue pionera en una medida que roza lo distópico: ofrecer pegatinas con códigos QR resistentes al agua que se adhieren a las uñas de los dedos de los pacientes con demencia. Si un policía encuentra a un anciano desorientado en una estación de tren, no necesita interrogarle: solo necesita escanearle el dedo para saber su dirección y teléfono.

Cuando confiamos en algoritmos para vigilar a quienes ya no pueden vigilarse a sí mismos, estamos admitiendo que el sistema ha fallado

Adicionalmente, como los pacientes con demencia a menudo se quitan relojes o colgantes, se han diseñado zapatos con localizadores GPS integrados en la suela. Cuando el portador se aleja a más de 500 metros de su casa, el teléfono de un familiar emite una alerta. También se están probando sistemas de inteligencia artificial que analizan los patrones de movimiento dentro de la casa para detectar las fases tempranas de la enfermedad.

Una compañía subsidiaria de Fujitsu, llamada Ridgelinez, colabora con hospitales para desarrollar software basado en IA capaz de detectar (mediante cámaras de seguridad) los patrones de marcha característicos de personas con demencia (pasos cortos, arrastre de pies, postura particular), con la esperanza de que ayude a localizar a quienes se pierden. Un portavoz de la empresa declaró que el sistema “escanea e identifica la marcha de personas mayores con demencia”.

Tokio también experimenta con robots asistenciales que recuerdan medicación, monitorizan movimientos y tratan de suplir, al menos parcialmente, una presencia humana que escasea. Estas herramientas funcionan como contrapeso, aunque también revelan algo incómodo. Cuando confiamos en algoritmos para vigilar a quienes ya no pueden vigilarse a sí mismos, estamos admitiendo que el ecosistema social original ha perdido su capacidad protectora.

placeholder Un anciano sentado en el distrito de Asakusa en Tokio, Japón. (EFE)
Un anciano sentado en el distrito de Asakusa en Tokio, Japón. (EFE)

El antropólogo James Wright lo expuso en el paper titulado Robots Won't Save Japan: An Ethnography of Eldercare Automation, donde argumenta que el Estado ha volcado recursos en soluciones robóticas para esquivar la alternativa que muchos consideran tabú: abrir la puerta a una inmigración masiva que transformaría la composición social del país. La apuesta tecnológica, según Wright, no es solo una cuestión de eficiencia, sino un modo de preservar una idea de homogeneidad que convive mal con el envejecimiento acelerado.

Además, un robot dista de ser como un humano. Si bien existen focas de peluche robóticas (como Paro) diseñadas para generar respuestas emocionales, o exoesqueletos para ayudar a las enfermeras a cargar peso, los robots autónomos capaces de interactuar con seguridad aún están lejos.

Como bien señalan los informes técnicos, una máquina todavía no tiene la sutileza necesaria para lidiar con la fragilidad impredecible de un ser humano confundido. Es cierto que Japón tiene una idea distinta con estos robots, tal y como explica la socióloga Naho Kitano en su influyente ensayo Animism, Rinri, Modernization: allí, la tradición sintoísta permite que incluso los objetos artificiales tengan 'espíritu', favoreciendo que el robot sea visto no como una amenaza fría, sino como una herramienta en 'armonía con el ser humano'. Pero, incluso así, los robots todavía no ofrecen una solución satisfactoria.

España e Italia siguen la estela nipona con una precisión aterradora. La diferencia fundamental en el sur de Europa es la inmigración

Lo fácil es mirar a Japón como una rareza exótica. Lo difícil es mirarlo y ver nuestro propio reflejo con 20 años de adelanto. España e Italia siguen la estela demográfica nipona con una precisión aterradora. La diferencia fundamental es que el sur de Europa parchea el agujero del cuidado con la inmigración y unas redes familiares que, aunque tensas, todavía resisten. Pero, ¿qué pasará cuando nuestra generación llegue a esa edad?

Japón nos está enseñando que la tecnología puede solucionar la logística (puede decirnos dónde está el abuelo gracias a un satélite o avisarnos si se ha caído de la cama), pero no puede solucionar la soledad. Las 18.000 desapariciones anuales no son solo fallos de seguridad; son fallos de acompañamiento. En la era de la hiperconexión, nunca ha sido tan fácil localizar a alguien, y a la vez, nunca ha sido tan fácil que alguien se sienta completamente perdido. Mientras los ingenieros de Tokio perfeccionan el próximo sensor de movimiento, miles de ancianos seguirán saliendo a la calle mañana, buscando una casa que ya solo existe en su memoria.

En Iruma, una ciudad dormitorio al noroeste de Tokio, a veces suena una alerta por los altavoces municipales. No avisa de un terremoto, ni de un ataque de misiles. La voz con acento metálico solicita a los ciudadanos que busquen a su alrededor: un anciano de 82 años, vestido con chándal gris, salió a comprar y no ha regresado a casa. En pueblos y ciudades del anillo metropolitano de Tokio, como Iruma o Kawagoe, estas alertas forman parte del paisaje acústico.

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