Un fósil con 12 millones de años le dice a la ciencia que existieron perros gigantes capaces de comer rinocerontes
La zona recibe el nombre de 'la Pompeya de los rinocerontes' por haber quedado inundada de ceniza volcánica repentinamente. Algo que favoreció la conservación de los fósiles
La zona es conocida como 'la Pompeya de los rinocerontes' (Ashley Poust)
Una huella fosilizada de hace doce millones de años, localizada en los Ashfall Fossil Beds de Nebraska, ha permitido identificar la presencia de perros gigantes capaces de alimentarse de rinocerontes tras la supererupción de Yellowstone. Este hallazgo aporta una visión inédita sobre el comportamiento de los grandes carnívoros extintos y su capacidad de resistencia en un ecosistema colapsado por la caída masiva de ceniza volcánica.
Los investigadores del University of Nebraska State Museum explicaron que los rastros surgieron sobre los esqueletos de Teleoceras, un antiguo linaje de rinocerontes que quedó sepultado junto a otras especies en un ambiente lacustre. La zona es conocida popularmente como la Pompeya de los rinocerontes.
Según indicó el paleontologo Ashley Poust, la erupción fue tan extensa que “la ceniza habría caído como nieve a 1.600 kilómetros del lugar de origen, oscureciendo los cielos y convirtiéndose en un peligro para cualquier organismo con un sistema respiratorio delicado”. Esta afirmación, presentada durante la reunión anual de la Society of Vertebrate Paleontology, subraya el impacto ambiental que transformó radicalmente aquel paisaje del Mioceno.
Huellas que confirman la presencia de depredadores
El análisis de las pisadas, de hasta ocho centímetros de longitud, vincula su origen con cánidos de gran tamaño como Epicyon saevus y Aelurodon taxoides, animales capaces de triturar huesos con una fuerza similar a la de las hienas modernas. La posición de estas marcas sobre las capas donde reposan los rinocerontes sugiere que los depredadores lograron sobrevivir al episodio eruptivo, un dato significativo tratándose de especies situadas en la parte más alta de la cadena alimentaria, que suelen verse afectadas de manera temprana en situaciones de derrumbe ecológico.
Una de las huellas fosilizadas de cánido documentadas (Ashley Poust)
Las pisadas se conservaron en distintas capas de ceniza y aparecen orientadas en múltiples direcciones, lo que indica visitas recurrentes a la zona. Este patrón, documentado mediante escaneado láser, apunta a que los carnívoros recorrieron el terreno durante un periodo prolongado. Para los expertos, este comportamiento podría relacionarse con la existencia de animales sepultados en estados avanzados de descomposición, que actuaron como fuente de alimento en un entorno empobrecido y hostil.
El ‘Rhino Pompeii’ desvela nuevos datos
El yacimiento, conocido como Rhino Pompeii por la extraordinaria conservación de los vertebrados atrapados en la ceniza, albergaba un entorno similar a las actuales sabanas: una laguna estacional rodeada por camellos primitivos, caballos de tres dedos, aves y tortugas. Sin embargo, hasta la aparición de estas huellas no se había encontrado prueba directa de grandes carnívoros en el enclave, a pesar de la gran concentración de animales muertos.
Ilustración que muestra a un 'Epicyon saevus' cazando a un 'Synthetoceras' (Mark Hallett)
El equipo científico considera plausible que estos perros gigantes accedieran a los cuerpos enterrados, utilizándolos como recurso energético inmediato tras la erupción, cuando no había individuos disponibles para cazarlos. No obstante, la falta de restos óseos de los propios depredadores impide determinar si esta estrategia fue suficiente para garantizar su permanencia o si tuvieron que abandonar la zona en busca de mejores condiciones.
Para hacernos una idea del tamaño de estos depredadores, basta con decir que los ejemplares adultos de Epicyon saevus y Aelurodon taxoides podían alcanzar los dos metros de largo y los 90 centímetros de alto, así como superar los 100 kilogramos de peso.
Una huella fosilizada de hace doce millones de años, localizada en los Ashfall Fossil Beds de Nebraska, ha permitido identificar la presencia de perros gigantes capaces de alimentarse de rinocerontes tras la supererupción de Yellowstone. Este hallazgo aporta una visión inédita sobre el comportamiento de los grandes carnívoros extintos y su capacidad de resistencia en un ecosistema colapsado por la caída masiva de ceniza volcánica.