Dentro de la tormenta del siglo: cómo nace un megahuracán de 300 km/h
El huracán Melissa ha alcanzado vientos que superan los 300 km/h y una presión mínima inferior a 910 hPa, cifras que lo sitúan entre los ciclones más intensos jamás observados en el Caribe
Una imagen satelital que muestra al huracán Melissa, de categoría 5, aproximándose a Jamaica este martes. (EFE)
Los habitantes de Negril, en Jamaica, contemplaron anoche el mar desde su ventana: el horizonte rugía con una cadencia lenta, como si respirara. Era el preludio de Melissa. En apenas 24 horas, el huracán ha escalado hasta la categoría 5, el máximo nivel de la escala Saffir-Simpson, con vientos sostenidos de más de 280 km/h y ráfagas superiores a los 300 km/h. Su fuerza no es lo único preocupante. Su lentitud (avanza apenas a 8 km/h) significa que el ojo del ciclón permanecerá más tiempo sobre la isla, extendiendo el daño y multiplicando su intensidad.
El escenario que dibujan los meteorólogos es severo: lluvias de entre 600 y 1.000 mm, suficientes para provocar deslizamientos de tierra y desbordamientos de ríos en una isla tan montañosa como Jamaica. A esto se suma una marea de tormenta que podría elevar el nivel del mar entre dos y cuatro metros en la costa occidental, una cifra que amenaza con engullir comunidades enteras. Según Anne-Claire Fontan, especialista en ciclones tropicales de la Organización Meteorológica Mundial (WMO), estamos ante “la tormenta del siglo” para el país, y no parece exagerado.
No en vano, antes incluso de tocar tierra, el huracán ha dejado tres muertos en Jamaica y otros cuatro en la vecina La Española, y todo apunta a que podría superar el devastador récord del Gilbert de 1988, que causó 49 víctimas. Si las previsiones se cumplen, Melissa pasará a los libros de historia no solo como el huracán más poderoso que haya azotado la isla, sino como el más temido de toda una generación.
El impacto humano será enorme. Las autoridades han abierto más de 800 refugios y recomiendan a la población no salir de sus casas bajo ningún concepto. Se prevén cortes generalizados de luz, agua y comunicaciones. Pero más allá del desastre físico, lo que Melissa pone de manifiesto es la vulnerabilidad de los territorios tropicales en un clima cada vez más extremo: huracanes más lentos, más húmedos, más persistentes. Jamaica se enfrenta no solo a una tormenta, sino a una advertencia sobre el futuro meteorológico del Caribe.
Un huracán no nace de la nada. Melissa se originó como una depresión tropical frente a las Antillas Menores, en una región donde la temperatura superficial del mar superaba los 30°C. Ese calor, convertido en vapor de agua, alimentó una convección vertical tan intensa que el aire ascendente comenzó a girar bajo el efecto de la rotación terrestre.
En cuestión de horas, el sistema se cerró sobre sí mismo. El aire cálido y húmedo subía en espiral, se enfriaba en las alturas y liberaba calor al condensarse, reforzando aún más el ciclo. En el centro, el aire descendente secaba el entorno, creando el característico ojo del huracán, una región de calma aparente donde la presión cayó por debajo de los 910 hPa, según el National Hurricane Center (NHC).
Fuerte oleaje provocado por el paso del huracán Melissa este martes, en Kingston (Jamaica). (EFE)
Melissa ha mostrado una estructura simétrica casi de manual, con una pared del ojo extraordinariamente compacta y temperaturas en el tope de las nubes que indican una convección extrema. “Se ha convertido en el quinto huracán más intenso jamás registrado en la cuenca del Atlántico según su presión central, y en el más poderoso que ha tocado tierra desde Dorian, en 2019”, según explica el especialista en huracanes y experto en marejadas ciclónicas Michael Lowry.
La aceleración imposible
El fenómeno que más ha desconcertado a los científicos no es la magnitud del huracán, sino la velocidad con la que llegó a ella. Melissa pasó de categoría 1 a 5 en menos de 36 horas, lo que los especialistas denominan “intensificación rápida”: un aumento de más de 55 km/h en un solo día. Los modelos meteorológicos modernos aún luchan por anticipar cuándo ocurrirá ese salto. A veces se produce cuando confluyen tres condiciones: aguas anormalmente cálidas, baja cizalladura del viento y un núcleo bien definido de rotación. En Melissa, esas tres piezas encajaron a la perfección.
Esa rapidez desconcertante pone a prueba la capacidad de respuesta de los servicios de emergencia y de los sistemas de predicción numérica. Como explica Steve Bowen, meteorólogo de Impact Forecasting: “El hecho de que ahora comprendamos mucho mejor hacia dónde se dirigen estos huracanes es un gran primer paso. Tenemos, por así decirlo, medio círculo completo, pero falta la otra mitad: la parte que corresponde a su intensidad". A veces, los modelos captan la presión central o la trayectoria, pero fallan en la velocidad de desarrollo, y eso es lo que marca la diferencia entre una tormenta fuerte y una catástrofe.
Melissa, el huracán más fuerte desde 2019, toca tierra en Jamaica
El estudio de Melissa también marca un hito tecnológico. Aviones del programa NOAA Hurricane Hunterspenetraron en su núcleo para registrar temperatura, presión y velocidad del viento a distintas alturas. Los datos, combinados con sensores de microondas y radar Doppler, han permitido crear una reconstrucción tridimensional del huracán en tiempo real.
Esas observaciones alimentan los modelos de predicción más avanzados, como el HWRF (Hurricane Weather Research and Forecasting) o los nuevos sistemas de inteligencia artificial desarrollados por la NASA y la NOAA. Gracias a ellos, los científicos pueden visualizar cómo se reorganizan las bandas espirales o cómo se sustituye una pared del ojo por otra, un proceso conocido como eyewall replacement cycle, que influye en la duración y la fuerza máxima del ciclón.
Sin embargo, incluso con esas herramientas, la atmósfera sigue guardando sus secretos. Las simulaciones requieren una potencia de cálculo colosal (millones de operaciones por segundo) y, aun así, no logran capturar cada remolino de turbulencia o cada pulso de calor que decide el destino del huracán.
Un vehículo de la policía patrulla una carretera llena de escombros de árboles debido al paso del huracán Melissa este martes, en Kingston (Jamaica). (EFE)
Huracanes más potentes en un mar más cálido
Aunque Melissa es, ante todo, un fenómeno meteorológico individual, su violencia se inscribe en una tendencia que preocupa a los climatólogos: el aumento de los huracanes de alta categoría en aguas tropicales.
En los últimos 40 años, la energía ciclónica acumulada (una medida que integra fuerza y duración) ha crecido. Como resultado, los ciclones normales del período 1991-2020 son más activos que los del período 1981-2010, y la energía ciclónica acumulada media aumenta aproximadamente un 40 %, según se desprende de un estudio reciente publicado en Geophysical Research Letters. La causa principal parece clara: los océanos están almacenando más calor. En el Caribe, la temperatura media del agua este octubre fue 1,3°C superior a la registrada entre 1980 y 2010, lo que proporciona más combustible para los sistemas tropicales.
Aun así, la atribución directa de un evento como Melissa al cambio climático requiere cautela. Las simulaciones indican que la señal del calentamiento se superpone a variaciones naturales del Atlántico tropical. El desafío científico es distinguir cuánto de cada factor contribuye a que un huracán cruce el umbral de lo “extremo”.
Fotografía de vacas frente al mar este martes, en Santiago de Cuba (Cuba). Tras su paso por la isla, se prevé que Melissa cruce el sureste de Cuba el miércoles y llegue a las Bahamas el jueves. (EFE)
Tras atravesar Jamaica, los meteorólogos prevén que Melissa pierda algo de fuerza, aunque seguirá siendo un huracán temible. Se espera que llegue al sureste de Cuba entre la noche del martes y la mañana del miércoles con categoría 3. Las autoridades han emitido alertas de huracán para las provincias de Granma, Santiago de Cuba, Guantánamo y Holguín, y una advertencia de tormenta tropical para Las Tunas. Las lluvias podrían alcanzar los 600 milímetros, con deslizamientos de tierra potencialmente mortales y marejadas de entre dos y tres metros que amenazan con arrasar comunidades costeras.
Entre la tarde del miércoles y la madrugada del jueves, Melissa continuará su avance hacia el centro y el sureste de las Bahamas, donde podría tocar tierra antes de girar y acelerar su rumbo hacia el Atlántico Norte.
Cuando los vientos se disipen, Melissa dejará algo más que destrucción: una montaña de datos que ayudará a mejorar las predicciones futuras. El NHC y centros europeos como el ECMWF planean comparar sus modelos con las observaciones reales para refinar las ecuaciones que describen la dinámica interna de los ciclones.
Las implicaciones van más allá de la meteorología. Con huracanes que alcanzan presiones récord y se intensifican en menos de dos días, los sistemas de alerta, las aseguradoras y las infraestructuras costeras deberán adaptarse a una nueva normalidad atmosférica.
Los habitantes de Negril, en Jamaica, contemplaron anoche el mar desde su ventana: el horizonte rugía con una cadencia lenta, como si respirara. Era el preludio de Melissa. En apenas 24 horas, el huracán ha escalado hasta la categoría 5, el máximo nivel de la escala Saffir-Simpson, con vientos sostenidos de más de 280 km/h y ráfagas superiores a los 300 km/h. Su fuerza no es lo único preocupante. Su lentitud (avanza apenas a 8 km/h) significa que el ojo del ciclón permanecerá más tiempo sobre la isla, extendiendo el daño y multiplicando su intensidad.