Ni biorritmos ni ahorro energético: lo que de verdad dice la ciencia sobre el cambio horario
El horario estacional no solo se diseñó para ahorrar energía, sino para acompasar la actividad humana con los ciclos de luz y temperatura. Ahora España propone, de nuevo, eliminarlo. ¿Por qué?
La madrugada del próximo sábado 25 al domingo 26 de octubre se volverá al horario de invierno. Y quizá sea una de las últimas veces que esto suceda, al menos a tenor de lo que el presidente del Gobierno anunció a través de su cuenta de X: que su Ejecutivo propondrá a la Unión Europea que los cambios horarios estacionales (adelantar relojes en primavera, atrasar en otoño) se eliminen, con fecha límite 2026.
No es la primera vez que España se plantea abandonar este ritual: en 2018 el Gobierno ya creó una comisión de expertos para estudiar la cuestión. Entre sus objetivos figuraba analizar los efectos sobre la conciliación y el bienestar con una perspectiva de género. Su informe, entregado en 2019, recomendó mantener el sistema actual. Aunque el ahorro energético era marginal, argumentaba que el doble cambio anual ofrecía flexibilidad para adaptarse a los ciclos de luz a lo largo del año y mantenía una mejor sincronización con el resto de Europa.
En definitiva, el comité concluyó que los beneficios de mantener los dos cambios anuales superan los posibles inconvenientes, una postura que contrastó con la opinión mayoritaria de los ciudadanos europeos, que ese mismo año se pronunciaron masivamente en contra. Con todo, la medida quedó bloqueada en el Consejo Europeo por falta de consenso sobre qué huso adoptar.
En los últimos años, se han planteado varias razones en aras de suprimir el cambio horario. En primer lugar, el supuesto ahorro energético que lo justificaba ha quedado obsoleto, dado que no existe evidencia científica sólida de que genere un ahorro significativo con los patrones de consumo actuales. De hecho, uno de los estudios más recientes, publicado en abril de este año en The Energy Journal, recopila 44 investigaciones realizadas en el mundo que en promedio indican que el ahorro energético que se produce es del 0,34% durante los días en los que se aplica el horario de verano.
En segundo lugar, adelantar o atrasar el reloj una hora altera el ritmo circadiano y provoca una breve desincronización del organismo. Las revisiones científicas citadas por la American Academy of Sleep Medicine describen aumentos temporales de insomnio, fatiga y alteraciones del estado de ánimo.
También se han detectado repuntes de accidentes de tráfico y de eventos cardiovasculares en los días posteriores, sobre todo en marzo, cuando se adelanta el reloj. En Michigan, por ejemplo, las hospitalizaciones por infarto aumentaron un 24% el día después del cambio al horario de verano. Y otro estudio reciente apunta que, en Estados Unidos, adoptar un horario estándar permanente (y evitar los cambios) podría reducir la prevalencia de obesidad en 2,6 millones de personas y los accidentes cerebrovasculares en 300.000 casos al año.
Los experimentos del mundo real
Estados Unidos probó el horario de verano permanente en 1974, pero lo derogó nueve meses después por su impopularidad. Rusia lo implantó en 2011 y volvió al sistema anterior tres años más tarde. El Reino Unido y Portugal también lo ensayaron (en 1971 y 1996, respectivamente) y ambos lo abandonaron tras registrar un aumento de accidentes matutinos, problemas de salud y una clara insatisfacción social. Hoy ningún país mantiene el horario de verano todo el año: la experiencia demuestra que genera más perjuicios que beneficios.
Por ello, la mayoría de cronobiólogos coinciden en que, si se elimina el cambio estacional, la opción más razonable es mantener el horario estándar o de invierno (GMT+1). La evidencia científica, incluidos estudios internacionales con participación española, indica que este horario resulta más saludable y seguro porque proporciona más luz matinal, sincroniza mejor el reloj biológico y evita los desajustes que provoca el exceso de luz vespertina o los amaneceres tardíos del horario de verano permanente.
Sin embargo, reducir el debate a la fisiología del sueño es simplificar demasiado. Como recuerda el físico José María Martín-Olalla, de la Universidad de Sevilla, el cambio de hora no nació solo para ahorrar energía, sino como una adaptación social y climática. En los países del sur, adelantar la jornada en verano permitía aprovechar la luz matinal y evitar las horas de mayor calor. “No hacemos tanto el cambio de hora para ahorrar energía como porque no es fácil decidir a qué hora arrancar el día en un entorno en el que el amanecer cambia 3 horas de invierno a verano”, explica en conversación telefónica con El Confidencial.
Este enfoque ignora que el cambio de hora nació también como una adaptación social y climática. Por ejemplo, antes de que existiera el cambio formal de hora, las sociedades ya se ajustaban estacionalmente. En 1811, las Cortes de Cádiz comenzaban sus sesiones a las nueve entre mayo y septiembre, y a las diez el resto del año. La adaptación al ciclo solar era tan natural como previsible: el sol dicta el ritmo del cuerpo, pero también de la vida cotidiana.
"La gente, cuando despierta antes en verano porque amanece antes, también le apetece iniciar la jornada antes, para terminar antes. Así evita, por ejemplo, la exposición al calor del mediodía. Y esto lo conseguimos ahora con el cambio estacional de hora. Entonces el debate olvida aspectos que son clave para entender por qué el cambio de hora ha funcionado tan bien", explica Martín-Olalla.
En otras palabras, el horario estacional no solo se diseñó para ahorrar energía, sino para acompasar la actividad humana con los ciclos de luz y temperatura. De hecho, en países del sur de Europa, donde las temperaturas veraniegas pueden superar los 35 °C, trabajar con más luz matinal no es necesariamente un problema, sino una ventaja climática y cultural.
Además, la literatura científica no tiene en cuenta otros factores también biológicos, por ejemplo, que hay gran variabilidad entre individuos: cronotipo, edad, ubicación geográfica, hábitos, sombra urbana, etc. Más aún: hay evidencia de que la “variabilidad del cronotipo” (ser de mañana o de tarde) modula la vulnerabilidad individual. Sin contar que muchos estudios son de observación o modelización (no aleatorizados, no “controlados” como ensayos clínicos) y los efectos son “modestos”: por ejemplo, un aumento de riesgo de infarto o accidente no siempre se traduce en grandes cifras absolutas.
Como apunta Jorge Mira Pérez, físico y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela: “Si cojo los datos de infartos de mi ciudad, quizá cada día se muere una persona de infarto de media. ¿Si el día del cambio de hora se mueren dos ya puedo decir que la probabilidad de que ocurra aumenta un 100%? Eso es una salvajada. Con este ejemplo estoy exagerando, pero este tipo de estudios están diciendo cosas parecidas porque van a detalles muy pequeños y a veces hasta interpretan mal las estadísticas”, explica a El Confidencial.
La ciencia aporta argumentos valiosos, pero no resuelve por sí sola el dilema. El cambio de hora es también una cuestión cultural: de cómo queremos sincronizar nuestras vidas con la luz, el trabajo y el descanso. El error sería dejar que la fisiología monopolice un debate que también es político, económico y social.
La evidencia científica sugiere que el cambio estacional tiene costes leves, pero reales, y que el horario de invierno es el más compatible con nuestra biología. Sin embargo, la decisión final debe integrar factores más amplios: productividad, hábitos familiares, ocio y coordinación europea. A fin de cuentas, la cuestión es si queremos que el reloj siga adaptándose al planeta o que el planeta se pliegue a nuestro reloj.
La madrugada del próximo sábado 25 al domingo 26 de octubre se volverá al horario de invierno. Y quizá sea una de las últimas veces que esto suceda, al menos a tenor de lo que el presidente del Gobierno anunció a través de su cuenta de X: que su Ejecutivo propondrá a la Unión Europea que los cambios horarios estacionales (adelantar relojes en primavera, atrasar en otoño) se eliminen, con fecha límite 2026.