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Satélites, drones y algoritmos: ¿está siendo útil la tecnología contra los incendios?
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¿SALVA VIDAS O ES TEORÍA?

Satélites, drones y algoritmos: ¿está siendo útil la tecnología contra los incendios?

La actual ola de incendios es un desafío sin precedentes, pero a la lucha contra el fuego también se están sumando herramientas inéditas hasta ahora. ¿Qué aportan?

Foto: Incendio en Zamora. (EFE/Mariam A. Montesinos)
Incendio en Zamora. (EFE/Mariam A. Montesinos)
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La portada del periódico 'El Correo de Zamora' del 22 de julio de 1990 podría ser de ayer mismo: “Catástrofe ecológica en la Sierra de la Culebra a causa del incendio”. Sin embargo, cuando empezamos a leer, hay un dato radicalmente distinto. Según la prensa zamorana, el fuego había arrasado 2.000 hectáreas de arbolado, una cifra que en aquella época bastaba para utilizar palabras grandilocuentes en los titulares y que ahora parece casi insignificante después de ver cómo exactamente en el mismo lugar han ardido 60.000 hectáreas en dos incendios separados por tan solo un mes. El segundo ha sido especialmente doloroso, con dos víctimas mortales y 34 pueblos evacuados.

Muchas cosas han cambiado en estos 32 años, aunque podrían resumirse en que cada vez hay más vegetación en el campo y cada vez está más seca. El abandono de las zonas rurales (en particular, Zamora encabeza casi todas las estadísticas de pérdida de población en España) hace que la agricultura y la ganadería dejen paso a la maleza de forma descontrolada. Al mismo tiempo, el cambio climático incrementa las temperaturas y acaba con la humedad del suelo. Así que ya tenemos el combustible y la chispa.

Foto: Un animal muerto tras el incendio de la Sierra de la Culebra. (EFE/Brais Lorenzo)

A pesar de todo, hemos reaccionado parcialmente ante el problema, incrementando los medios dedicados a la extinción. Desde el punto de vista de la superficie total quemada, las peores décadas fueron los años 80 y 90. El problema es que en los últimos años, con el aumento imparable de la vegetación seca y nuevas condiciones ambientales, está apareciendo un nuevo tipo de incendios, tan gigantes y voraces que son imposibles de apagar. Son solo un pequeño porcentaje de todos los que se producen, pero sus consecuencias son devastadoras. Ocurrió el año pasado en Navalacruz (Ávila) y en Sierra Bermeja (Málaga), y este año todo indica que estamos encaminados a sumar unos cuantos ejemplos.

Los incendios de Valdeorras y O Courel son ya los peores de la historia en Galicia.

No obstante, en estas tres décadas hay otro factor que también ha cambiado nuestras vidas por completo. Los lectores de 'El Correo de Zamora' de 1990 no habrían podido imaginar que los megaincendios calcinarían su provincia en 2022, pero tampoco que se informarían de ello a través de teléfonos móviles y redes sociales. La tecnología ha transformado la sociedad y la economía y, aunque es menos conocido, también está cambiando la lucha contra el fuego. Mientras los satélites ofrecen la imagen de conjunto del avance de las llamas, drones y robots aportan datos más cerca del terreno y los modelos matemáticos tratan de anticiparse a su propagación. Sin embargo, a la hora de la verdad, ¿estamos aprovechando todos estos medios? ¿Son realmente útiles?

“La sociedad admira de los bomberos su valentía para estar en primera línea de fuego, pero hay una característica que destaca más dentro de su estrategia para la extinción, que es la inteligencia. Sin ella, la valentía se convierte en temeridad”, comenta a Teknautas Víctor Resco de Dios, profesor de Incendios y Cambio Global en la Universidad de Lleida. Según explica, para manejar de forma inteligente el problema de los incendios, la tecnología está ayudando mucho. “A día de hoy, apagar un fuego es una labor muy tecnificada que tiene mucha ciencia y mucha técnica detrás. De hecho, muchos de los bomberos forestales colaboran en las publicaciones científicas”, destaca.

placeholder Visita de Margarita Robles al puesto de mando del incendio de Zamora. (EFE)
Visita de Margarita Robles al puesto de mando del incendio de Zamora. (EFE)

Desde hace años, los científicos y los responsables de la lucha contra los incendios forestales colaboran para elaborar algoritmos que simulen el comportamiento de los incendios, lo que tiene varias utilidades. La primera de ellas es la prevención. En palabras del experto, el objetivo es saber “dónde hay que gestionar el combustible”, es decir, la maleza acumulada que puede propagar un incendio. “Si queremos elaborar un plan de protección de una urbanización, para determinar dónde actuar, estas herramientas nos permiten simular un incendio para ver por dónde avanzaría de forma más peligrosa”, explica. En el monte pasa lo mismo, especialmente cuando la orografía es complicada, porque habrá puntos críticos en la propagación: si el fuego llega a un lugar a partir del cual se abren diferentes barrancos, tiene muchas más posibilidades de avanzar en diferentes direcciones. Para que este tipo de 'software' funcione, hay que disponer de datos de relieve y mapas de vegetación o “modelos de combustible”, es decir, saber dónde se localizan los pastos o los árboles. En general, en nuestro entorno, esta información está disponible.

Sin embargo, desarrollar modelos matemáticos que sean útiles en tiempo real para la extinción de un incendio es mucho más complejo. Ahí entran en juego los datos meteorológicos, como la temperatura, la humedad o el viento. Evidentemente, esta información también es accesible. “El problema es que no llega con la resolución que es necesaria”, apunta Resco, “porque cada estación de la Aemet está donde está”, y lo único que se puede hacer es extrapolar esos datos a la zona concreta que está ardiendo o hacia donde se puede dirigir el incendio. En particular, es muy complicado estimar con precisión cuál puede ser el comportamiento del viento en las zonas de montaña.

placeholder Dron en un incendio. (EFE)
Dron en un incendio. (EFE)

La empresa Tecnosylva, con sede en León, se ha convertido en un referente internacional en el desarrollo de los simuladores de incendios. Pocas compañías pueden presumir de acumular ya 25 años de experiencia y tener oficinas en EEUU. Su herramienta Wildfire Analyst genera mapas y gráficos con la previsión de cómo se va a expandir el fuego, basada en la acumulación de datos de satélite y estaciones meteorológicas, entre otros recursos. Por otra parte, su sistema de gestión de emergencias fiResponse está pensado para compartir información por parte de distintas entidades que deben tomar decisiones y actuar.

“Yo no diría que los analistas de incendios toman las decisiones exclusivamente sobre la base de las previsiones que hacen los modelos, porque no tienen una total fiabilidad, pero sin duda son una fuente de información importante”, afirma el profesor de la Universidad de Lleida. Por ejemplo, pueden probar qué pasaría si realizan un fuego técnico en una zona determinada para evitar el avance de las llamas o cualquier otra operación para la extinción.

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Incendio en León. (EFE)

En condiciones normales, las predicciones son bastante aceptables. En cambio, en situaciones extremas es menos probable que sean realmente útiles. También es muy difícil que puedan adivinar la aparición de un foco secundario. “A veces se produce, simplemente, porque salta una pavesa, una pequeña partícula incandescente. ¿Dónde va a aterrizar y generar un nuevo frente? Eso es bastante difícil de prever”, añade.

Aunque la tecnología siempre va a tener ese tipo de limitaciones que tienen que ver con el azar, la catastrófica evolución de los incendios forestales en los últimos años hace que se vuelquen cada vez más recursos para encontrar soluciones. Por ejemplo, la Comisión Europea acaba de poner en marcha un ambicioso proyecto que cuenta con 22 millones de euros de presupuesto hasta 2025: 'DRYADS. A Holistic Fire Management Ecosystem for Prevention, Detection and Restoration of Environmental Disasters'. Como su nombre indica, universidades y empresas de varios países trabajan por atajar los incendios en todas sus fases: prevención, detección y restauración. Satélites de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés), drones e, incluso, un zepelín no tripulado que se va a situar en la estratosfera pretenden recopilar datos inéditos. Toda esta información se traslada a un sistema computacional para detectar el inicio de fuego, simular su propagación o planificar rutas de evacuación. La idea es que más tarde esta plataforma geoespacial también permita tomar decisiones sobre restauración forestal.

Regresan los vecinos de Casas de Miravete tras el incendio forestal.

¿Qué aporta exactamente tanto despliegue tecnológico? Los drones se pueden convertir en una pequeña estación meteorológica que ofrezca datos más reales de lo que sucede en el terreno. Además, muestran imágenes sobre el avance del incendio y pueden ir equipados con sensores térmicos. Asimismo, toda la información que recopilan sirve para mejorar y validar los modelos matemáticos que simulan la propagación. Aunque su uso no está tan extendido, también existe la posibilidad de contar con robots que detecten puntos calientes y humeantes que puedan dar lugar a un nuevo foco.

El problema de la humedad

Los satélites también aportan información esencial, pero los investigadores siguen trabajando para aprovechar mejor todo su potencial y tener mejores datos de cuestiones clave para la propagación de los incendios, como la humedad. Resco y su equipo de la Universidad de Lleida trabajan en modelos por teledetección y cuentan con datos de los últimos 20 años en la cuenca del Mediterráneo, con una resolución de 500 metros. Hasta ahora, la herramienta más usada es un índice desarrollado en Canadá denominado Fire Weather Index (FWI), que sirve para elaborar los mapas de colores que ya son habituales en la información del tiempo sobre riesgo de incendios. “Realmente, es un índice de sequía que estima la humedad de las plantas, pero modelizar esto es muy complicado y, en realidad, no funciona muy bien, porque no es lo mismo una herbácea, un árbol o un matorral”, comenta el experto.

Foto: Eloina tumbada en la cama esperando a que se apaguen las luces. (A.F.)

Las plantas (el “combustible vivo” que alimenta los incendios) son capaces de regular su contenido en humedad y, por eso, no se secan todas en cuanto llega una ola de calor. Predecir los mecanismos fisiológicos que les permiten realizar esos ajustes frente a los cambios en las condiciones ambientales es un gran reto. Utilizar esa información para realizar modelos fiables sobre el contenido en humedad del combustible es un desafío aún mayor. “Aunque aún no lo hemos implementado a nivel operativo, podemos predecir para todo el país cómo va a variar la humedad del combustible vivo en función de las especies que hay en cada zona, de los datos meteorológicos y de las características del suelo”, señala. En definitiva, es un “modelo de balance hídrico”, que refleja la entrada y salida de agua en el suelo en función de las especies que lo pueblan. Frente a tópicos poco avalados por la evidencia científica, como que algunas especies favorecen la propagación de las llamas (se suele poner el foco en los pinos), los expertos creen que este factor tiene mucha más importancia.

Además, también hay modelos de la humedad del “combustible muerto”, como la hojarasca, que dependen de la temperatura y de la humedad atmosférica. “Esto es muy importante al principio del fuego, porque empieza quemando hojarasca”, indica el investigador. Por lo tanto, estos algoritmos tratan de determinar la probabilidad de ignición y de propagación inicial del incendio. Próximamente, una página web mostrará datos de toda España sobre esta cuestión y realizará predicciones.

La portada del periódico 'El Correo de Zamora' del 22 de julio de 1990 podría ser de ayer mismo: “Catástrofe ecológica en la Sierra de la Culebra a causa del incendio”. Sin embargo, cuando empezamos a leer, hay un dato radicalmente distinto. Según la prensa zamorana, el fuego había arrasado 2.000 hectáreas de arbolado, una cifra que en aquella época bastaba para utilizar palabras grandilocuentes en los titulares y que ahora parece casi insignificante después de ver cómo exactamente en el mismo lugar han ardido 60.000 hectáreas en dos incendios separados por tan solo un mes. El segundo ha sido especialmente doloroso, con dos víctimas mortales y 34 pueblos evacuados.

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