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"Nuestra pasión por el dulce fue la principal responsable de la trata de esclavos en África"
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DAVID SUCUNZA, QUÍMICO

"Nuestra pasión por el dulce fue la principal responsable de la trata de esclavos en África"

Este profesor retrata en su último libro la búsqueda humana que dio lugar al descubrimiento de fármacos, drogas o venenos. A veces, la misma sustancia acabó siendo las tres cosas

Foto: Sucunza, junto al libro. (Patricia Estevan)
Sucunza, junto al libro. (Patricia Estevan)
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A veces, una misma sustancia puede tener la capacidad de curarnos, ponernos ciegos o incluso matarnos en función de la dosis que nos administren. Otras veces, como pasó con las anfetaminas o está pasando con el cannabis en los últimos años, es la propia sociedad la que dictamina si una sustancia es un fármaco o una droga cuyo consumo debe ser perseguido.

La historia del ser humano está llena de estos intentos de ensayo-error en la naturaleza o el laboratorio, descubrimientos casuales o intencionados que acabaron convirtiéndose en sustancias de uso cotidiano. Del guayaco a la nicotina pasando por el caucho, las pastillas de caldo, el amoniaco o la cocaína.

David Sucunza, químico y profesor en la Universidad de Alcalá de Henares, hace un repaso de cómo se encontraron 25 de estas sustancias en su último libro, 'Drogas, fármacos y venenos'.

PREGUNTA. Una sustancia puede curar, matar o colocar en función de la dosis. ¿Con cuáles de las que habla en el libro cree que esto es más evidente?

RESPUESTA. Un ejemplo muy impactante en este sentido es el del cornezuelo, un hongo parásito del centeno que segrega una serie de compuestos tóxicos que pueden llegar a ser muy peligrosos. De hecho, fue el responsable de una de las plagas más temidas durante la Edad Media, el Fuego de San Antonio. Las crónicas de la época relatan epidemias terribles que asolaban ciudades enteras, ya que no se conocía su causa.

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Sin embargo, cuando las intoxicaciones no eran tan severas, el cornezuelo generaba otro efecto, producía alucinaciones, y no pocas mujeres fueron acusadas de brujería por su peculiar comportamiento durante una intoxicación con este hongo. Y a concentraciones todavía menores era utilizado por las comadronas como remedio contra las hemorragias derivadas del parto. Todo dependía de la dosis.

P. Es sorprendente descubrir en el libro la historia del azúcar, algo que actualmente damos por sentado, pero que también tuvo que ser inventado, y con cierta sofisticación. Además, en Europa no estuvo presente en la vida de los ciudadanos hasta hace unos pocos siglos.

R. Sí, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la tan humana pasión por el dulce fue la principal responsable de la trata trasatlántica de esclavos. Buena parte de los 12 millones de africanos que fueron conducidos por la fuerza a América terminaron cultivando caña de azúcar para satisfacer los paladares europeos. En aquella época no había otra fuente de azúcar, el uso de la remolacha no llegó hasta el siglo XIX.

Foto: Fuente: iStock.

P. De entre los venenos, ¿tiene alguna historia predilecta?

R. Siguiendo con el ejemplo del cornezuelo del centeno, es curioso que también está detrás del descubrimiento del LSD, que es un derivado de uno de los principales productos naturales extraídos del hongo. Ahí tenemos una extraña conexión entre la psicodelia, que tanto efecto tuvo en la cultura de los años sesenta y setenta del siglo XX, y las historias medievales que he comentado antes.

P. El libro también reivindica a muchos descubridores españoles que, entre la Edad Media y el Renacimiento, identificaron alrededor del mundo varias de estas sustancias sin las que hoy no podríamos vivir. ¿Les debemos una reparación histórica a todos estos protocientíficos? ¿Cuáles serían para usted los más relevantes?

R. Sin duda, la España del siglo XVI era una gran potencia y, en consonancia, su desarrollo científico estaba a la vanguardia de Europa. Médicos como Nicolás Monardes o Francisco Hernández fueron claves para hacer conocer la flora americana en nuestro continente, y cronistas como Bernardino de Sahagún o José de Acosta, para recoger información sobre las culturas precolombinas.

"En el XVI, Nicolás Monardes o Francisco Hernández fueron claves para hacer conocer la flora americana en nuestro continente"

Son figuras absolutamente reivindicables, pero por desgracia muy poco conocidas.

P. ¿Cree que hoy en día cabe la posibilidad de encontrar nuevas drogas, fármacos o venenos no identificados en la naturaleza, o que ya está todo bastante peinado y solo podemos tener sorpresas a través de la síntesis? ¿Es quizás el océano la próxima frontera para descubrir nuevas drogas, fármacos o venenos?

R. Todavía queda mucho por explorar y, como dices, la vida oceánica puede dar mucho juego en este sentido. Se calcula que únicamente se ha evaluado el 5% de la biodiversidad mundial. Ahí tenemos un buen motivo para luchar contra la crisis medioambiental actual, causante de unas tasas de extinción entre 100 y 1.000 veces mayores que la estimada en los albores de la humanidad. Nuestra propia salud está en juego.

P. Hay casos en los que una misma sustancia ha pasado de ser fármaco a droga en función de la sociedad y sus cambios, por ejemplo, las anfetaminas. ¿Pero ha sucedido esto alguna vez con un veneno, lo hemos domesticado para convertirlo en algo más útil?

R. Hay muchos ejemplos de sustancias venenosas que son empleadas como fármacos a la dosis adecuada. Uno muy chocante es el del curare, el principal veneno tribal de la Amazonía, y su principio activo, la tubocurarina. Este compuesto es un potente relajante muscular, lo que lo hace útil en cirugía, donde encontró un importante uso médico.

Foto: Soldados estadounidenses ante un cultivo de amapolas. (Reuters)

P. ¿Qué droga le resulta más fascinante? Es decir, desde un punto de vista químico y de su descubrimiento, no como usuario.

R. La verdad es que hay tantos relatos atrayentes y de gran implicación histórica en el ámbito de las drogas que no es fácil escoger uno. Quizá me quedaría con el del opio, que incluye el de su principio activo morfina y el de su derivado heroína. Encontramos desde dos guerras del opio en el siglo XIX que arruinaron China a la importancia indiscutible de la morfina como fármaco contra el dolor y el papel nefasto de la heroína en el narcotráfico.

P. Muchos de los químicos que desfilan por el libro acabaron recibiendo el Nobel de Química o Medicina por su hallazgo. ¿Cuál es para usted el olvido más sangrante en este caso, alguien que no haya recibido el reconocimiento que debía por su trabajo?

R. Probablemente demos demasiada importancia a este tipo de premios. En todas las categorías de los Nobel encontramos grandes nombres que por una cosa u otra se quedaron sin su galardón.

Podríamos pensar que el descubrimiento de la aspirina debería haber merecido uno, pero su principal artífice, Arthur Eichengrün, no solo nunca entró entre los aspirantes, sino que su origen judío lo llevó al ostracismo y la cárcel durante el nazismo.

A veces, una misma sustancia puede tener la capacidad de curarnos, ponernos ciegos o incluso matarnos en función de la dosis que nos administren. Otras veces, como pasó con las anfetaminas o está pasando con el cannabis en los últimos años, es la propia sociedad la que dictamina si una sustancia es un fármaco o una droga cuyo consumo debe ser perseguido.

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