“NO HAY ALTERNATIVAS”

¿Qué haremos cuando no haya terrazas? La "caja de Pandora" de frío y lugares cerrados

En apenas unas semanas, hará más frío, lloverá y tendremos menos horas de luz, por lo que será más difícil utilizar los espacios abiertos. ¿Qué podemos hacer entonces?

Foto: Foto: EFE.
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Las temperaturas han descendido sensiblemente en nuestro país durante las últimas dos semanas. En ocasiones, acompañadas por una lluvia que anima a buscar refugio bajo techo. A finales de este mes, en la madrugada del 24 al 25 de octubre, el cambio de hora provocará que anochezca una hora antes. Todo ello apunta en la misma dirección: en muy pocas semanas, los españoles dispondremos de muchas menos posibilidades de disfrutar del aire libre, mucho más seguro que los lugares cerrados para evitar contagios.

España ha sido uno de los países más afectados por la pandemia, a pesar de que hasta este momento había contado con un factor diferencial que jugaba a su favor: una climatología amable y un gran número de horas de sol que posibilitaban la vida social en la calle. El ejemplo más claro es el de las terrazas, que los ayuntamientos han impulsado como alternativa (de consumo) a las reuniones en los lugares cerrados, uno de los factores más peligrosos en la propagación del virus. De la terraza del bar a los interiores contagiosos.

"Un 50% de la transmisión se da en el ámbito doméstico y eso es porque son lugares cerrados. En una terraza te puedes contagiar, pero es más difícil"

“Es un riesgo real, y el problema es que vamos a tener que convivir con ello unos cuantos meses”, añade Federico Arribas, profesor del Departamento de Microbiología, Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Zaragoza. “El covid es una enfermedad de transmisión respiratoria, está demostrado que las famosas gotitas son la principal forma de contagio, y las microgotitas que queden en suspensión pueden ser un mecanismo de transmisión en lugares cerrados. Esa es la caja de Pandora. En verano en una terraza te puedes contagiar, pero no hay concentración viral, con lo cual es más difícil. Entre un 50 o un 60% de la transmisión se da en el ámbito doméstico y eso es porque son lugares cerrados”. Algo agravado por las desigualdades sociales, que son “una bomba de relojería” que se traduce en las diferencias entre viviendas, su acondicionamiento, calentamiento y tamaño.

“Es cierto que durante el verano tenemos más tiempo libre y salimos más a la calle y en invierno un poco menos, excepto en navidades, lo que puede compensar un poco”, añade Miguel Marcos, médico internista del Hospital Universitario de Salamanca y profesor. “Pero en esta situación epidemiológica, no tiene visos que podamos hacer comidas o cenas en Navidad”. La realidad, añade, es que no hay mucha vuelta de hoja: “Con lo que sabemos de la transmisión aérea en este momento, cualquier espacio cerrado que implique quitarse la mascarilla, hablar o cantar tiene riesgo si es más de 15 o 30 minutos. Quedar para comer en un salón y quitarse la mascarilla es un riesgo importante. Tenemos que asumir que hay cosas para las que no existe alternativa”.

"Eso de que el jabón y la desinfección garantizan la seguridad tiene poca importancia cuando hay cinco o seis personas sin mascarilla y cara a cara"

Un problema que, además, no se reparte igual por todas las regiones españolas. “En Valencia nos mantenemos bien, pero en Burgos u otras zonas de Castilla y León hace frío”, recuerda Salvador Peiró, investigador en Salud Pública de la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica de la Comunitat Valenciana (FISABIO). “Entiendo que en España la hostelería es importante, pero todos los mensajes de que el jabón y la desinfección garantizan la seguridad son mentira, son aspectos que tienen poca importancia cuando tienes a cinco o seis personas sin mascarilla cara a cara”.

Y ahora, ¿dónde vamos?

Otro gran problema es que cuando no se pueda hacer vida en la calle, no solo no hay muchas alternativas planteadas por las administraciones para reunirse con seguridad, sino que, como recuerda Isabel González García, profesora y miembro del Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad de la Universidad Politécnica de Madrid, “tenemos un parque de viviendas heredado con miles de domicilios que no cumplen las condiciones mínimas”.

Mejor clima, peores domicilios en los que, como explica la urbanista, “viven familias de tres o cuatro personas en apenas 30 metros cuadrados donde es imposible guardar cuarentena”. Un hándicap que sufren muchos ciudadanos cada año, pero del que solo nos hemos dado cuenta ahora: “Agudiza un problema que ya teníamos, con gente que no tiene dónde dormir cuando hace frío y casas muy pequeñas compartidas por familias grandes”.

Una de las quejas más habituales de los urbanistas durante las últimas décadas es la privatización del espacio público y la reducción de los lugares compartidos que se reflejan en detalles como la instalación de “bancos antimendigos” u otra clase de mobiliario como los asientos unipersonales (en lugar de los tradicionales bancos para varias personas). Paradójicamente, algunas de las medidas tomadas por ayuntamientos como el de Madrid, que paralizó hace dos semanas temporalmente la peatonalización los domingos de algunas calles tradicionalmente cerradas al tráfico, o el cierre de parques, nos empujan aún más hacia los lugares cerrados.

"Una terraza en invierno no deja de ser un espacio público privatizado donde calefactas la calle"

“Aún no entiendo cuál es el criterio de reducir el espacio público y sus posibilidades en las áreas vulnerables con menos metros cuadrados por vivienda..”, valora González. “No existe ninguna alternativa si no podemos estar en la calle y hace frío y además reducimos el espacio público: el ocio está cada vez más vinculado al consumo, lo que deja fuera a mucha gente”.

Calentando el aire

La gran pregunta técnica es si es posible calefactar la calle, es decir, poder mantener la vida al aire libre en las épocas del año donde no sea térmicamente posible. Lo que ha hecho que muchos dirijan la mirada hacia las polémicas estufas de terrazas, prohibidas en algunas ciudades francesas y cuya utilización depende de los ayuntamientos. “Las de butano dan problemas, las eléctricas las ven como un riesgo, así que es bastante lioso”, recuerda Peiró. Tampoco es que los plásticos aislantes o los veladores parezcan una solución muy útil, porque no permiten la misma circulación del aire que un espacio abierto. En Salamanca, explica Marcos, “se está mirando cómo colocar cortavientos, carpas, calefactores, pero si es un día con mucho frío nada va a funcionar”.

Foto: EFE.
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Otra dificultad, añade Peiró, es que la mayor parte de investigaciones se han centrado en lugares cerrados como autobuses o aviones, pero los restaurantes no están tan estudiados. Lo cual no quita, como añade González, que la mayor parte de alternativas a un parque en la calle sean de consumo: “Una terraza no deja de ser un espacio público privatizado donde lo que haces es calefactar la calle. A lo mejor con un abrigo vale”.

No es descabellado, coincide Arribas: “Se me ocurre que podemos usar un poco más el abrigo, intentar pasar el máximo tiempo posible en lugares abiertos y recordar que es un despropósito meterse en aglomeraciones de gente”, valora. “Lo que yo no haría bajo ninguna circunstancia es meterme en un sitio tipo pub”. Y poder trabajar en lugares donde puedan abrirse las ventanas, como hacen en su universidad, que airean cada hora.

Lo que parece claro es que muy pocos ayuntamientos han buscado alternativas que permitan actividades de ocio o reuniones familiares con seguridad y de forma controlada. “No soy experta en gestión cultural, pero lo que pediría es que respetando aforos se planteasen a un precio más bajo alternativas de ocio en lugares seguros”, recuerda González, que apunta al abandono municipal de como el Matadero de Madrid que podrían recuperarse este otoño e invierno.

Entre los jóvenes y los ancianos

Esta circunstancia afecta de manera diferente a cada grupo de edad. Una investigación realizada por Esther Higueras y María Teresa Baquero mostraba que el 21% de los usuarios de los espacios públicos son ancianos, la mayoría de los cuales los visitan a diario y un 50% los utiliza para realizar ejercicio. Porcentajes que descienden con variables como la temperatura, la velocidad del viento o la humedad relativa. El rango de temperatura de preferencia es de entre 19,31°C y 29,98°C, tiempo primaveral. En otras palabras, no solo la posibilidad de salir de los mayores, sino también de la de ejercitarse, depende del tiempo meteorológico.

"Cuanto menos contacto, mejor. Si se puede teletrabajar, mejor. Si se puede seguir la universidad desde casa, mejor"

Por otro lado se encuentran los jóvenes, que han estado en el punto de mira durante los últimos meses pero que, como recuerda González, no se ha pensado muy bien qué hacer con ellos y con su vida social. “Nos quejamos de los adolescentes y de que hacen botellón en los parques, pero tienen muy pocas alternativas de ocio”, recuerda la urbanista. “Cualquier clase de ocio cuesta dinero y en algunas edades no hay alternativas. El ocio que tenemos en las ciudades está vinculado al consumo, y no hay apuestas por equipamientos culturales de teatros o música con medidas controladas”.

¿Qué ocurre con las familias que no tienen espacio para confinarse, ya que hay multitud de pisos de 30, 40 o 50 metros cuadrados donde llegan a convivir dos grupos familiares? Una alternativa puede ser la apertura de hoteles u otros espacios que permitan un mayor aislamiento, pero hasta el momento no parece que haya ninguna estrategia clara. “Las pautas son muy individuales, que cada cual se busque la vida”, recuerda González. “La responsabilidad es individual, por supuesto, pero también colectiva, gran parte de nuestros problemas vienen de que hay una pérdida del concepto del bien común”.

Arribas recuerda que, en la medida de lo posible, se deben buscar “lugares aireados, con separación suficiente si es un restaurante, donde no haya sensación de aglomeración”. Debemos usar la mascarilla todo lo posible, incluido antes y después de pedir la comanda y durante la sobremesa, no automáticamente al sentarnos en la mesa como suele ocurrir. Y un mensaje para los jóvenes: “Igual dos meses confinados no, pero lo que sí pueden hacer es reunirse con un grupo limitado de gente”.

Foto: EFE.
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Así pues, parece ser que en muchos casos nos tendremos que limitar a cumplir las recomendaciones individuales. Que en los espacios cerrados son limitadas, por mucha distancia física o mascarilla que se utilice, incluso en el caso de que podamos ventilar las habitaciones o instalar los debatidos filtros HEPA. “Mucho espacio interior es un problema, mucha gente es un problema, por lo que para mí, cuanto menos contacto, mejor”, zanja Peiró. “Si se puede teletrabajar, mejor. Si se puede seguir la universidad desde casa, mejor. La pedagogía debe ir por situaciones. Hay que decirle a las familias que tengan cuidado, que se reúnan menos con sus personas mayores”.

Está de acuerdo Arribas, que recuerda que “mientras no dispongamos de vacuna, los procesos respiratorios son lo que son, no tenemos muchas más herramientas”. Aunque no las haya, Marcos recuerda que “en otros países ya ha llegado el frío y no hay rebrotes, así que una mezcla de responsabilidad individual, reducción de aforos, ventilación y evitar los lugares cerrados en la medida de lo posible puede funcionar”.

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