GRACIAS AL PROYECTO SNOWIE

Podemos controlar el clima (pero puede que no sea demasiado útil)

Una investigación ha conseguido demostrar que las nubes se pueden sembrar, aunque el rendimiento conseguido no merece la pena

Foto: La tecnología de siembra de nubes tiene casi un siglo de antigüedad (EFE EPA/Fazry Iamail)
La tecnología de siembra de nubes tiene casi un siglo de antigüedad (EFE EPA/Fazry Iamail)

Sarah Tessendorf, investigadora del Centro Nacional de Investigación Atmosférica en Boulder, en el estado norteamericano de Colorado, explica que la siembra de nubes es una tecnología que lleva existiendo desde la década de 1940. Consiste en rociar un polvo, normalmente yoduro de plata, sobre las nubes y en teoría, debería provocar que lloviera o nevara más.

La razón es que cada partícula actúa como una semilla para crear un cristal de hielo que, después, caerá como precipitación sobre la Tierra. Ahora, nuevos experimentos han generado las pruebas más consistentes de que esta tecnología es viable… El problema es que no todas las nubes se pueden sembrar y, hasta ahora, los científicos no sabían por qué. Según Tessendorf, "el clima es muy variable, cambia todo el tiempo y es muy complicado de controlar".

Pero un proyecto llamado SNOWIE (siglas en inglés de Nubes de invierno sembradas naturales y orográficas: el experimento de Idaho) viene a dar la vuelta a todo lo que se sabía hasta ahora. En enero de 2017, Tessendorf y sus colegas sembraron nubes orográficas, es decir, las que se forman cuando el aire se eleva hacia las montañas. Durante veinte días, rociaron yoduro de plata desde un avión creando un patrón distintivo en el cielo y usaron el radar para buscar este patrón en las nubes y seguirlo.

Resultados en tres días

Los resultados no tardaron en llegar. Los investigadores encontraron pruebas de que las nubes que habían sido sembradas habían generado nieve, aunque en una cantidad muy escasa. De hecho, sembraron nubes durante varios días y siempre generaron agua, aunque la cantidad podía oscilar entre los 340.000 y los 120.000 metros cúbicos de agua. Sumando todo el agua conseguido durante los tres días del experimento se habrían llenado unas 282 piscinas olímpicas.

Andrea Flossmann, investigadora de la Universidad de Clermont Auvergne en Francia, señala a New Scientist que "ahora tenemos pruebas científicas de que la siembra de nubes orográficas puede aumentar la precipitación. Sin embargo, el aumento es inferior al 10 por ciento".

La misma nube sobre la misma cuenca hidrográfica podría tener algunas áreas que se pueden sembrar y otras que no

Sarah Tessendorf, por su parte, reconoce que solo pudieron demostrar el efecto en tres días cuando no hubo precipitaciones de forma natural: "En los casos en que se forma precipitación de fondo, es mucho más complicado". El problema es que las nubes cambian: "La misma nube sobre la misma cuenca hidrográfica podría tener algunas áreas que se pueden sembrar y otras que no". Por eso, creen que la siembra solo funciona cuando el agua está "sobreenfriada", es decir, que todavía es líquida a temperaturas inferiores a 0°C.

La investigación ha llevado a los científicos a creer que la siembra de nubes puede no ser rentable. Paul Sayers, consultor de gestión del agua, reconoce que "los administradores del agua estarían mucho mejor buscando alternativas". Y pone algunos ejemplos para conseguir ahorrar agua, como puede ser el hecho de que los agricultores cambien a formas de riego menos derrochadoras.

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