michio kaku fue el invitado estrella

Algo más frío y solitario que el espacio: así fue el congreso de ufología en Barcelona

Durante tres días, pasan ante el público perfiles dispares: desde personas escépticas y serias, que intentan demostrar que los extraterrestres existen, a perfectos charlatanes de feria

Foto: El astrofísico Michio Kaku durante su ponencia en el congreso. Foto: Nacho Amela.
El astrofísico Michio Kaku durante su ponencia en el congreso. Foto: Nacho Amela.

En el hotel Hesperia Tower de Hospitalet, que es el único edificio de la comarca con un OVNI aparcado en la azotea, se celebró el fin de semana pasado el Congreso Mundial de Ufología. Durante tres días seguidos, abarrotaron la inmensa sala del hotel los asistentes. Por delante, de viernes a domingo, un sinfín de charlas y talleres con aroma extraterrestre. Uno se acerca a estas cosas acorazado de prejuicios, pero entre abducidos, soñadores, iluminados y oteadores de luces celestes, el programa traía un invitado inusual.

Era Michio Kaku. El Dr. Kaku es quizá el astrofísico más importante del planeta, padre de la teoría de cuerdas y aspirante al Premio Nobel. Me pregunté qué pintaba un reputado científico como él entre aficionados a la frase 'I want to belive'. ¿Acaso había enloquecido? ¿O quizás es que un descubrimiento relacionado con civilizaciones en estrellas remotas le había hecho elegir este congreso para comunicar al mundo la noticia? Durante los últimos años, los artículos sobre planetas habitables son cada vez más frecuentes en las revistas científicas. Si estábamos a las puertas de un descubrimiento, yo quería estar allí cuando las abrieran.

Asistentes al congreso adquiriendo los libros de Michio Kaku. Foto: Nacho Amela
Asistentes al congreso adquiriendo los libros de Michio Kaku. Foto: Nacho Amela

Esto es lo que creía que iba a encontrar en el congreso de ovnis: panzudos pálidos de cuarenta y cinco años, vestidos con pantalones de pesca y camisetas de heavy metal, con melenas lacias colgando de la cabeza. Imaginaba gente con gorros divertidos, saludándose como en Star Trek o rompiendo en estertores con el puño debajo la camiseta. Pero lo que me encontré allí fue distinto. Algo mucho más extraño.

Marcianos hogareños

A simple vista, no hubieras podido distinguir al público de este congreso del de cualquier feria del sector de los alojamientos turísticos, los tejidos de importación o las bocas de riego. El ambiente era serio y funcional como una moqueta de oficina. Sin embargo, ya en la cola, buscando mi acreditación entre gente de aspecto dinámico y proactivo, rodeado por voluntarios ataviados con chillonas camisetas naranjas, oí cómo un señor le contaba a su acompañante que le habían abducido de nuevo, pero que no había conseguido que ELLOS le dijeran nada.

El abducido resultó ser un hombre de unos sesenta años, con pantalones chinos y un polo de Lacoste. La imagen del perfecto suegro. La mujer a la que comunicaba su abducción era tan normal como cualquier vecina. Ni siquiera llevaba el pelo teñido de colores estridentes. Allí nadie llevaba túnica. Esto fue, quizás, lo más raro de todo. El hombre seguía narrando su abducción y la mujer no daba muestras de asombro, asentía. Como si le hablasen del tiempo.

Asistentes al congreso de ufología contemplan las pinturas de extraterrestres. Foto: N. Amela
Asistentes al congreso de ufología contemplan las pinturas de extraterrestres. Foto: N. Amela

Mientras esperaba a que arrancase la rueda de prensa eché un vistazo a los cuadros de una exposición. Según el folleto, el artista es un tipo que sólo puede pintar extraterrestres desde que unos alienígenas se lo llevaron a su nave. Dispuestos en un puñado de lienzos, había marcianos de color verde, con los ojos negros, pintados sobre fondos de colores cálidos y alegres. Fue un cuadro en particular el que capturó mi atención. Mostraba a una pareja de alienígenas de distinto sexo, a juzgar por la indumentaria, que parecían todavía más amables que los demás. Ella llevaba un vestido bonito y él una bata hogareña.

El abducido resultó ser un hombre de unos sesenta años, con pantalones chinos y un polo. La imagen del perfecto suegro. Allí nadie llevaba túnica

No era ninguna obra de arte: los trazos mostraban esa rudeza típica de los dibujos infantiles y los colores eran tan planos como los de la clase de plástica. Sin embargo, la imagen de esa pareja de marcianos hogareños tenía algo que me impedía dejar de mirar. No me pregunté quién serían esos seres, sino cuánta añoranza habría sentido el autor, durante su infancia, hacia sus padres. La clásica pregunta -¿estamos solos en el universo?- adquirió desde ese momento una dirección inusual. La sensación de moverme entre gente sola no me iba a abandonar en los tres días de congreso.

Seres de otra galaxia

“¿Estamos solos en la galaxia, o acompañados?”, cantaba Siniestro total, y ese “acompañados” daba a la clásica pregunta su única formulación correcta. La compañía, con su cara oscura, la soledad, es el tema de fondo que lo traspasa todo en este congreso. Las religiones convencionales tratan de dar una respuesta afirmativa a la misma pregunta que el culto a los extraterrestres. Los seres celestes pueden ser imprevisibles y caprichosos, incluso amenazantes, pero su presencia consuela a los solitarios. No tenemos claras sus intenciones, pero alguien nos visita sin que el timbre de casa suene jamás.

Es posible que no estemos solos en el universo, pero aquí estamos más solos que la una. Antonio Portugal, uno de los ponentes, es un boliviano de extremidades largas y huesudas. Me dice que ELLOS le han hablado siempre, desde que estaba en el vientre de su madre. Asegura ser uno de los elegidos para una complicada misión que le ha llevado, a lo largo de su vida, a conocer muchas personas. Los habitantes de la estrella Sirio le encomendaron traer el amor a la humanidad pero por el momento no parece haberlo logrado. Tiene un aire desvalido, como el de quien espera, sentado en la periferia oscura de la pista, que alguien lo saque a bailar.

Ilustraciones en un 'stand' en el congreso. Foto: N. Amela
Ilustraciones en un 'stand' en el congreso. Foto: N. Amela

Saludo también a E., aparentemente una chica británica pero, en realidad, según cuenta ella misma, el vehículo corporal de una conciencia de luz llamada E., que la poseyó en 2013 cuando ella tenía diecinueve años. Me cuenta que esa presencia, E., la ayudó a superar su horrible depresión, y que ahora quiere usarla para curar a la gente. Su voz es optimista. No distinguirías su tono del de cualquier estudiante de posgrado que habla sobre su tesina, pero hay en ella algo más inquietante que su confesión. Cuando me alejo, se queda sola, descansando en un sillón con la cabeza sobre el respaldo, como si durmiera.

Por allí anda también Nick Pope, inadaptado como un ser de otra galaxia. Trabajó durante veinte años en el departamento del Ministerio de Defensa británico que se dedicaba a identificar objetos voladores misteriosos. Es, por tanto, la versión real del agente Mulder de Expediente X, y en su charla mostrará los documentos que él mismo escribió durante su estancia en el Ministerio. Describirá los extraños artefactos que flotaban en los noventa encima de bases militares, contará cómo lanzaban haces de luz, pero después enfadará a los asistentes: asegura que no tiene ninguna prueba de que sean, efectivamente, naves alienígenas.

Después de su charla, algunos hablan mal de él a sus espaldas. “Es un cobarde. Si sabe y no confiesa, es un fraude. Si no sabe, ¿para qué demonios lo traen aquí?” No hay un sentimiento que despierte tanta hostilidad como el deseo defraudado de creer que no estamos solos.

La revelación

Durante tres días, pasan ante el público los perfiles más dispares: desde personas escépticas y serias, obsesionadas con demostrar que los alienígenas nos visitan, pero poco amigas de los trucos de ilusionista, a perfectos charlatanes de feria como Xavier Pedro, un curandero de tres al cuarto que nos tortura en su taller de meditación. Entre el público me encuentro con la youtuber de divulgación científica Rocío Vidal, la gata de Schrödinger, que trata de esconderse del maligno organizador del evento, puesto que éste se ha propuesto a echarla. Demacrados y extenuados, nos dirigimos juntos a la gran conferencia. El Dr. Kaku está a punto de aparecer ante la muchedumbre.

Lo que sigue es una de charla TEDx de hora y media. El Dr. Kaku empieza hablando de sus libros, a la venta en los mostradores que hay fuera de la sala, y poco a poco se desliza desde la física teórica hacia el terreno de la ciencia ficción. Habla del avistamiento de una extraña nave, que zigzagueaba en el cielo una velocidad veinte veces superior a la del sonido, por parte de un piloto norteamericano: el primer caso ovni que ha aparecido en todos los telediarios de Estados Unidos. Hasta ahora, dice Kaku, el que decía ver un platillo volante tenía que demostrar que lo había visto; después de ese caso, en cambio, será el gobierno el que tenga que demostrar a la gente que lo que vieron no era una nave extraterrestre.

Cientos de personas escuchan al astrofísico durante su discurso. Foto: N. Amela
Cientos de personas escuchan al astrofísico durante su discurso. Foto: N. Amela

Tras estas palabras, hay grandes esperanzas puestas en el público, pero el Dr. Kaku pasa entonces a teorizar, y en ciencia la teoría lleva, generalmente, a las decepciones. Se pregunta cómo podría ser una civilización extraterrestre que tuviera la habilidad para crear vehículos capaces de visitarnos. Divide a las hipotéticas civilizaciones galácticas en cuatro tipos, de los cuales nosotros ocupamos el más bajo, el cero, porque seguimos extrayendo la energía de las plantas muertas. Por encima de nosotros estarían las civilizaciones que aprovechan toda la energía de su planeta, más arriba las que exprimen toda la energía de su sol, y en la cima, reinando en el universo, las que aprovechan toda la energía de la galaxia: estas serían las únicas civilizaciones inmortales.

En este momento hay brillos de Navidad en los ojos de algunos asistentes, pero el científico los desmoraliza en el siguiente asalto. Para una civilización tan avanzada como para aprovechar toda la energía de su estrella o de su galaxia, ¿qué interés podríamos tener los humanos? ¿Para qué cansarse en un viaje tan largo si en esta apartada orilla estamos nosotros? ¿Qué provecho podrían sacar estos distinguidos elfos interespaciales de unos monos que todavía creen en Dios? No les interesarían nuestros recursos, porque el espacio está lleno de planetas con todo lo que aquí es escaso, ni tampoco nuestra personalidad, tan previsible y fanática. En sus propias palabras, lo que el Dr. Kaku dice es: ¿quién nos hemos creído que somos?

Algunos asistentes empiezan, entonces, a protestar murmurando. El interés por los seres de otra galaxia puede alimentarse de la curiosidad -¿cómo son?- o de la egolatría -¿me estarán viendo?-: el público está dividido. Kaku habla entonces del transhumanismo, a la manera de Harari, y de la posibilidad de convertir una conciencia humana en datos. Un par de tipos se levantan en la fila de delante y se largan. Kaku sigue: si se lograse transformar a los seres humanos en datos, entonces podría lanzarse a un viajero espacial, desprovisto de su cuerpo, a lomos de un rayo láser hasta el último confín del universo.

También hay sitio para los 'souvenirs' en el encuentro. Foto: N. Amela
También hay sitio para los 'souvenirs' en el encuentro. Foto: N. Amela

¿Podrían estar ya entre nosotros las conciencias de los extraterrestres de esta forma?, se pregunta. Pero esta clase de presencia etérea no es, desde luego, la que el público esperaba. A una conciencia invisible, subida a un rayo láser, no se la puede adorar, ni comprender, ni percibir. Hay cierta irritación a estas ideas en una parte del público, que se convierte en hostilidad cuando Michio Kaku pide entonces a los abducidos presentes que, por favor, la próxima vez que los lleven al platillo, hagan el favor de robar algo.

“Esto terminaría de un plumazo con el debate. Cualquier cosa. Un cabello. Un posavasos. Un bolígrafo. Robad lo que sea y la existencia de extraterrestres quedará demostrada”. Cuando su charla termina, el infinito vacío solitario del espacio parece pesar todavía más sobre el edificio del Hotel Hesperia Tower. Un hombre, antes de que Michio Kaku abandone el escenario, grita: “¡FALSO PROFETA!”

Y solos, como vinimos, vamos abandonando este lugar.

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