más de 30 gigas de informes y documentación

El CSIC despidió a este químico por filtrador: hoy es la pesadilla nº1 del sector aeroespacial

Mientras estuvo en el organismo, Fernando Serranía se preguntaba por qué sus experimentos nunca funcionaban. Así comenzó la mayor filtración de la historia de la ciencia española

Foto: Fernando Serranía, con algunos de los documentos obtenidos. (Michael McLoughlin)
Fernando Serranía, con algunos de los documentos obtenidos. (Michael McLoughlin)

El día que lo despidieron, Fernando Serranía no pudo cruzar su mirada con la de ninguno de sus compañeros antes de desaparecer. Aquel 25 de octubre de 2017 todo el personal de la planta había sido desalojado mientras él recogía sus pertenencias del laboratorio de química atmosférica del Instituto de Química Física Rocasolano (IQFR), ubicado en la sede que el CSIC tiene en la calle Serrano. “Parecía una película de terror”, recuerda este químico madrileño de 37 años.

No es el primer científico al que rescinden abruptamente un contrato, pero estaban dejando claro que a él le habían asignado una categoría muy concreta: traidor.

Horas antes, recibió una llamada del gerente y fue convocado en el despacho del director del IQFR para recibir la noticia de que, aquel mismo día, las tareas para las que fue contratado habían concluido y, por tanto, también su contrato. Dentro se encontró a toda la cúpula directiva, incluso había un guardia de seguridad en la puerta.

Había estado varios meses llevándose un 'pendrive' al laboratorio para transferir documentos confidenciales sobre el instrumento en el que trabajaba hasta un disco duro que tenía en casa, pero solo en aquel momento supo a ciencia cierta que le habían pillado, cuando en un momento dado de la reunión, le dijeron "qué bien ordenadas tienes las carpetas, eh, ¿qué te crees, Julian Assange?".

"Además, me dijeron que había quedado 'marcado de por vida', que me olvidara de encontrar trabajo alguna vez en este sector", dice Serranía.

El químico, en uno de sus encuentros con El Confidencial. (Michael McLoughlin)
El químico, en uno de sus encuentros con El Confidencial. (Michael McLoughlin)

Quizá no era el mejor consejo que darle a alguien que, en aquel momento, disponía en su ordenador personal de 30 gigas de información sobre el 'proyecto estrella' de su grupo de investigación: un instrumento para medir la concentración de elementos químicos en la atmosféra que irá a bordo de Ingenio, el satélite espía civil español cuyo lanzamiento está previsto para finales de 2019.

Aparte de todo lo que logró obtener Serranía, apenas hay información disponible sobre el desarrollo de este dispositivo, llamado UVAS (siglas de Ultraviolet Visible and Near-infrared Atmospheric Sounder), ni de ninguna otra parte del satélite debido a la confidencialidad con que se opera en la industria aeroespacial, por lo que no es exagerado afirmar que este químico —cargado de curiosidad, un ‘pendrive’ y mucha mala leche— ha protagonizado la mayor filtración de la historia de este sector en España.

Así encontró su primer trabajo

El conquense Alfonso Saiz López es uno de los químicos atmosféricos más reconocidos de España, una eminencia en el estudio de los halógenos atmosféricos y su contribución al cambio climático o a la contaminación del aire. Ha recibido importantes distinciones y prestigiosas ayudas de investigación dentro y fuera de España. Incluso el centro cultural de su pueblo, Quintanar del Rey, lleva su nombre. Sin embargo, este científico carece aún de una página en Wikipedia. En marzo de 2016, los miembros de su grupo de investigación quisieron regalarle una, pero un editor de la enciclopedia 'online' la retiró días después alegando que era "promocional o [suponía] conflicto de intereses", una categoría que tiene Wikipedia para las páginas demasiado aduladoras.

Sea como fuere, en la Wiki quedó registrada una fotografía del grupo de Química Atmosférica y Clima (AC2) en aquella época.

El grupo de investigación AC2 dirigido por Saiz López a principios de 2016; Serranía aparece en primera fila, a la izquierda. (mmuniz89 / Wikipedia)
El grupo de investigación AC2 dirigido por Saiz López a principios de 2016; Serranía aparece en primera fila, a la izquierda. (mmuniz89 / Wikipedia)

Su jefe aparece en primera fila, vestido de azul con una chaqueta gris sobre las escaleras de entrada a uno de los históricos edificios del CSIC. Serranía aparece a un lado. Es una de las pocas evidencias que quedan de su paso por allí. Hoy, su nombre no aparece ya en la página del grupo, ni siquiera en el apartado de 'anteriores integrantes'. Los meses que estuvo allí son apenas una charla de pasillo.

A comienzos de 2015, Saiz López andaba buscando gente para el grupo cuando uno de sus colaboradores, Juan Zenón Prado, se acordó de un chico al que había dirigido unas prácticas en la Complutense. Se vio por primera vez con Serranía a finales de enero y días más tarde el joven químico ya estaba trabajando allí. Explicado de forma sucinta, lo que hacían en el AC2 era construir instrumentos para medir la concentración de aerosoles en el aire. Algunos se colocaban en azoteas, otros en barcos y el último, el más ambicioso, iría en el satélite.

Serranía trabajaba en el mantenimiento y puesta a punto de uno de los instrumentos, el LP-DOAS. En sus primeros meses como técnico de laboratorio, vivió una extraña paradoja. Por un lado, y pese al poco tiempo que llevaba en el IFQR, demostró que podía hacer las cosas. Por ejemplo, en el III Simposio para Científicos Jóvenes del centro, se llevó el primer premio. "Cuando empecé a trabajar allí estaba fascinado, primero por el impresionante currículo de mi jefe, por la potencialidad científica que tenía, por las publicaciones...", dice el químico, que reconoce que científicamente aprendió mucho de la experiencia. "Era trabajar con el mejor científico del CSIC en términos de financiación y en el campo de investigación que más auge estaba experimentando".

Desde 2009, Saiz López ha logrado obtener más de siete millones de euros en dinero para investigación, de los que 5,5 millones han ido al desarrollo del UVAS.

El instrumento LP-DOAS en el que trabajó. (Cedida)
El instrumento LP-DOAS en el que trabajó. (Cedida)

Pero por otro lado, no lograba ningún avance con el instrumento que le habían encomendado. "Eché horas, horas y horas tratando de sacarlo adelante, de conseguir resultados fiables", explica, "pero como no lo lograba, vivía con el mito de que me estaba equivocando y no estaba dando la talla".

En ese momento fue cuando empezó a buscar respuestas. Miró a su alrededor, a sus compañeros y optó por no decir nada a nadie y seguir haciéndolo en silencio.

Así conoció el percal

"Definiría el ambiente del grupo como el de un pueblo Potemkin", dice en referencia a la leyenda que cuenta que, en 1787, el mariscal ruso Grigori Potemkin construyó una aldea idílica de cartón piedra, con bastidores bellamente decorados, que iba desmontando y volviendo a colocar a lo largo de la ruta que la zarina Catalina II emprendió por la recién conquistada Crimea para ocultar la catástrofe imperante en la región.

Su confianza en la misión que tenía encomendada comenzó a quebrarse al ir a recoger los resultados de la campaña antártica Hespérides de 2014/15. Habían instalado en el buque oceanográfico un medidor experimental de ozono, un gas que a gran altura forma una capa que nos protege de la radiación, pero que cerca de la superficie tiene efecto invernadero. "Al regresar el buque, el instrumento de medir el ozono estaba roto y lleno de salitre porque se había puesto en una posición inadecuada", explica Serranía. "Se colocó en el suelo de la sala de máquinas y, con la humedad y la penetración de agua, pues hala, 6.000 euros a la basura".

El medidor de ozono, situado en el suelo del Hespérides. (Cedida)
El medidor de ozono, situado en el suelo del Hespérides. (Cedida)

"En ninguna de las dos campañas del Hespérides en las que se participó mientras estuve allí hubo resultados, los medidores de ozono estaban rotos y el instrumento DOAS dejó de funcionar al cabo de una semana".

Sabía que, un par de años antes de su llegada al IFQR, el grupo había participado en una campaña en las instalaciones que el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) tiene en La Orotava, Tenerife. Así que lo siguiente que hizo fue preguntar por los resultados de su propio instrumento al Portal de Transparencia. En la respuesta, el INTA reconoció que el instrumento había dado medidas no válidas.

Serranía vio la luz en ese momento: "Es decir, que no era producto de mi incompetencia sino que realmente nunca había habido datos".

Ahí empezó a rascar en serio.

Los secretos del satélite

Su atención se centró en un primer momento en el gran proyecto: el instrumento UVAS. "Yo tenía acceso desde mi ordenador a carpetas comunes en las que estaba todo el historial del satélite y del grupo", explica. "Como era mucha información, lo mejor era estudiarlas en casa". Le llevó varias semanas simplemente decidir cómo clasificar preliminarmente la creciente información.

Todos los archivos en bruto eran 30 GB, pero hizo una selección de documentos "primordiales" de una sexta parte, unos 3.400 archivos. "Hay que tener en cuenta que hay muchos repetidos o redundantes", aclara. A partir de esa selección, comenzó a elaborar informes.

Por ejemplo, encontró un trabajo de 2009 elaborado por Sener —una de las más de 10 empresas que participan en la construcción del satélite— donde se proponen mejoras al diseño del instrumento que, según Serranía, "nunca se llevaron a cabo, dado que Sener abandonó el proyecto".

Uno de los informes confidenciales del instrumento UVAS a los que Serranía accedió. (Cedida / EC)
Uno de los informes confidenciales del instrumento UVAS a los que Serranía accedió. (Cedida / EC)

El principal problema que encontró es que el instrumento, idealmente, debería ir alojado en el nadir del satélite: en la dirección de vuelo y perpendicular a la superficie terrestre, para así poder apuntar en vertical. Básicamente, el UVAS tiene dentro un espectrómetro que recoge y analiza la luz y un algoritmo que transforma esos registros en la concentración de varios gases, llamados traza, como el NO2, el ozono (O3) y otros aerosoles.

Es decir, obtiene a partir de la luz una información relevante sobre la calidad del aire. Pero para eso es necesario que esos píxeles se registren en vertical. En el satélite Ingenio (su nombre oficial es SeoSAT, acrónimo en inglés de Satélite Científico para la Observación de la Tierra), el instrumento sobre el que Serranía investigaba estaba ubicado en uno de los paneles laterales del hexágono, con lo que el UVAS tomaba sus medidas con 30 grados de desviación.

"Imagínate que se desplaza entre Madrid y Valencia, como está torcido, te puede salir apuntando a Argelia, no tiene ningún sentido", explica.

También descubrió otros defectos a través de un informe elaborado en 2011, tras una reunión con Dave Landis en Florida. Landis es uno de los padres del espectrómetro ultravioleta-visible que se instaló a bordo de la misión Ladee de la NASA, que envió un satélite a orbitar la Luna durante 140 días para analizar gases y polvo de la exosfera lunar. En la reunión, que perseguía la colaboración del estadounidense en el proyecto español, Landis sugiere instalar al UVAS un espectrómetro de fibras en lugar del planeado, de lentes, por los siguientes motivos: los espectrómetros de lentes ya no se hacen, una diferencia de 10ºC de temperatura puede provocar que se desenfoque, las lentes se oxidan y vuelven marrones en condiciones de vuelo y, por último, "el instrumento puede no superar el despegue".

Parece un problema solucionable, pensó Serranía. "Habría que ver si se puede hacer una acomodación óptica. El diseño del espectrómetro demuestra que se ha ignorado eso y que se está actuando como si realmente fuera en la dirección de vuelo".

Sin embargo, al leer la patente del instrumento registrada en 2014, dio un respingo: "El sondeador desarrollado está compuesto por un grupo de lentes y varios elementos ópticos, opticoeléctricos y opticomecánicos".

El químico Fernando Serranía. (Michael McLoughlin)
El químico Fernando Serranía. (Michael McLoughlin)

En los meses que siguieron a su despido, logró que hasta la Organización Meteorológica Mundial, que incluía en su página web una descripción del UVAS, lo corrigiera para incluir la citada desviación de 30 grados.

Tengo que avisar a alguien

En la primavera de 2017 envió su primer informe. Fue a la Agencia Espacial Europea. Más concretamente, a los supervisores del SeoSAT. No recibió respuesta y volvió a intentarlo en junio con otros destinatarios. Paralelamente, redactó también otro informe de índole no científica, sino económica. Por ejemplo, la omisión al solicitar una beca de investigación de que habían recibido proyectos pequeños. Ese informe se lo remitió al European Research Council, que en 2016 concedió una ayuda de 1.979.000 millones de euros a Saiz López para estudiar el efecto de los halógenos sobre el clima.

Realmente, si existiera un delito llamado 'acoso científico', Serranías tendría muy difícil librarse de ser condenado.

El Confidencial se puso en contacto con Saiz López para contrastar su versión de estos hechos. El investigador nos atendió con amabilidad, pese a sorprenderle en mitad de un congreso, pero explicó que "la naturaleza del tema, en el que estamos sujetos a unas claúsulas de confidencialidad con empresas y otros OPIS, me impide responder a estas preguntas en este momento de desarrollo del proyecto".

El Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial, que dirige junto a la ESA el desarrollo del satélite, explicaba en un comunicado facilitado por el climatólogo que "respecto a las deficiencias de funcionamiento indicadas en el 'e-mail' anónimo, relacionadas con una desviación de 30 grados respecto de la posición inicial prevista, la ESA y CDTI están informadas y son conocedoras de dicha desviación, cuyos efectos serán corregidos por un procesado mediante 'software' de las imágenes obtenidas, siendo el desarrollo de este 'software' de procesado parte del trabajo que está realizando el equipo de desarrollo del CSIC".

Pese a tratarse de una institución pública y de un proyecto financiado con ayudas españolas y europeas, ni siquiera nos fue posible recabar de sus responsables los objetivos científicos que pretende conseguir el instrumento UVAS a bordo del satélite. Tal es la confidencialidad en la que operan, lo cual no exculpa a Serranía de sus acciones, pero algo las justifica.

Por último, el químico-filtrador envió un informe a la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude (OLAF) por entender que en el proyecto del sondeador se había utilizado inadecuadamente el dinero europeo que financiaba parte del proyecto.

Pese a ser remitidos de forma anónima, el ruido de todos estos informes llegó, e-vi-den-te-men-te, a oídos de los responsables del Instituto de Física Química Rocasolano, que no tardaron demasiado en identificar al informante...

El químico, fotografiado en el centro de Madrid. (Michael McLoughlin)
El químico, fotografiado en el centro de Madrid. (Michael McLoughlin)

Serranías sostiene que le 'hackearon' pero no ha podido demostrarlo en sede judicial. Sus únicas evidencias son informáticas. Que, varios meses después de su despido, alguien de su grupo enviara un correo a una proveedora de lámparas en Estados Unidos pocos minutos después que él lo hubiera hecho. Que en el 'pendrive' en el que almacenaba los documentos aparecieran archivos fantasma Spotlight, que se generan en un USB cuando se mete por primera vez en un Mac (él es de Windows). Todo muy difícil de demostrar.

Además, no hay que olvidar que él estaba usando ese 'pendrive' para obtener información confidencial.

El estado de las cosas

"Con esta fecha, pongo en su conocimiento que el contrato laboral temporal para la realización de obra o servicio determinado que tiene usted establecido con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas [...] al haber finalizado las tareas vinculadas al mismo y teniendo en cuenta las circunstancias concurrentes, finaliza a todos los efectos al concluir la jornada del día 25 de octubre de 2017".

El día que fue despedido hubo bronca, pero no multa. El instituto, pese a haber constatado la filtración, no le imputó ninguna falta o delito, simplemente lo vistieron como una extinción ordinaria de contrato. Serranía les llevó a un juicio laboral y en abril de este año declararon su despido improcedente.

Cuando vemos los famosos casos de filtraciones que se han producido en los últimos años, de Chelsea Manning a Edward Snowden pasando por Hervé Falciani o Christopher Wylie, de Cambridge Analytica, siempre queda en el recuerdo la imagen de ese quijote que detectó una anomalía y se enfrentó al sistema. Más difícil es ponerse en la situación de esos empleados que se ven sacudidos de repente por la noticia de que uno de ellos... ¿ha hecho qué? ¿Ese tío?

O de ese investigador principal ya consagrado que contrata a un joven sin ninguna experiencia previa y, años después, se ve a sí mismo en la prensa teniendo que dar explicaciones. No extraña que, en muchos de estos casos, las oficinas y laboratorios se vacíen el día de un despido así. A veces para castigar al filtrador, otras para protegerlo.

El vicepresidente de la CE, Frans Timmermans, y la comisaria Vera explican la proposición de directiva para proteger a los filtradores. (Eric Vidal / Reuters)
El vicepresidente de la CE, Frans Timmermans, y la comisaria Vera explican la proposición de directiva para proteger a los filtradores. (Eric Vidal / Reuters)

La Comisión Europea está desarrollando una directiva de protección de los filtradores o 'whistleblowers' con la que probablemente Fernando Serranía seguiría en su puesto de trabajo y que podría estimular a muchos otros ciudadanos a alertar de "asuntos relevantes", como el químico cita en uno de sus informes a las autoridades europeas. No está claro, sin embargo, cuáles son los incentivos para hacerlo.

Con un gran coste personal, otros han logrado, con sus filtraciones, derrocar a presidentes, cambiar leyes o hacer comparecer al presidente de Facebook ante una comisión parlamentaria. Pero él, ¿qué puede lograr con esta clase de heroicidad? Ha tirado su carrera en el CSIC y la industria aeroespacial por la borda nada más empezarla, ha perdido su principal enlace con el mundo de la investigación y se ha quedado sin empleo. ¿Solo para lograr que cambien el diseño de un espectrómetro en una carga científica secundaria que ha costado más de cinco millones de euros desarrollar?

No. Ni siquiera ha logrado eso.

A consulta de este periódico, el INTA dice que se han realizado pruebas de despegue del satélite Ingenio entre febrero y marzo de este mismo año. Eso quiere decir que el instrumento UVAS iba dentro, como todos los demás, y que su diseño es con total seguridad —ningún documento de los consultados por Serranía muestra lo contrario— el que aparece en la patente, desviación de 30 grados incluida. Que sus registros en el espacio serán corregidos mediante un 'software' en la Tierra.

Su informe a la OLAF ha sido el único que ha hallado algo de fortuna. Su petición fue admitida a trámite y le solicitaron más información, que aportó presto.

¿Pero qué va a hacer ahora? "Prepararme unas oposiciones", aclara. En breve saldrán varias que le interesan, por ejemplo para el cuerpo de meteorólogos del Estado. Sin embargo, las que le flipan de verdad, esas de momento no salen: "Son las de químico de aduanas, para mí es el mejor trabajo".

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