La revolución sexual de internet: amor y mentiras en tu bolsillo
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La revolución sexual de internet: amor y mentiras en tu bolsillo

Gracias a la tecnología hemos digitalizado las discotectas y convertido la elección de pareja en una búsqueda por un catálogo de Ikea casi infinito. Mayor eficiencia, mismas costumbres

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Tinder

Lek es una palabra sueca que hace referencia a “actividades lúdicas y placenteras”. En biología se utiliza para definir las agrupaciones de machos que compiten por aparearse. “Arena” es el término español más usado, pero a mí siempre me viene a la mente una discoteca a las cuatro de la mañana.

El sexo lleva en este planeta unos 1.200 millones de años y ni el más exquisito mono tecnológico podría escapar de su influencia. Nuestros genes quieren transmitirse a la siguiente generación a toda costa y no podemos hacer nada por impedirlo. Lo que sí podemos hacer es usar la tecnología para aumentar la eficiencia en la elección y cortejo de nuestra pareja. Hablo de algo tan viejo como ligar por internet. La forma en la que nos relacionamos cambia, pero al mismo tiempo se mantienen las claves de un comportamiento que nos ha acompañado desde siempre. A saber: mentiras… y amor.

Las aplicaciones como Tinder han virtualizado las discotecas y convertido el cortejo en un catálogo de Ikea. Hemos sustituido el estrés social de los lek por cómodas apps. Se acabaron los empujones en las discotecas y los duelos al amanecer, porque internet lo hace todo más fino y sencillo. Para qué salir de casa cuando puedo hacer una preselección online con un solo dedo.

Las aplicaciones como Tinder han virtualizado las discotecas y convertido el cortejo en un catálogo de Ikea

El cortejo se basa en engañar a la futura pareja, convencerla de que somos la mejor opción posible. Y a la hora de mentir, internet es el rey: ese lugar donde podemos repetir un selfie veinte veces y cubrirlo de filtros. Donde podemos compartir nuestros refinados gustos y ocultar nuestros vicios. Nos fascina Pynchon y jamás hemos visto Gran Hermano.

El resultado es una infoxicación sexual: nunca antes en la historia habíamos tenido tanta facilidad para conectar con otras personas. Con semejante oferta se corre el riesgo de volvernos demasiado selectivos, al mismo tiempo que olvidamos mirarnos al espejo recién levantados.

A pesar de esto, la irrupción de servicios como OkCupid, Meetic y un largo etcétera, supone un gran paso en la lenta liberación sexual de nuestra sociedad. Fuera tabúes. Inicialmente celebré la sinceridad de Tinder, heredada de su hermano gay Grindr: nada de hipocresía y tests de afinidad completamente pseudocientíficos. Aquí venimos a lo que venimos: a hojear el catálogo Ikea, ya sea con el objetivo de tomar un café, pasar una noche divertida o casarnos.

El problema es que todo el mundo miente en internet, así que incluso Tinder intenta engañarse a sí mismo. Se autoconvence de que no es superficial, porque los usuarios pueden ver sus gustos comunes. No es sólo para echar un polvo, porque sirve también para encontrar amigos (del sexo opuesto) en una ciudad nueva. Y todo esto es cierto en parte, pero tampoco hay nada de malo en que estas apps sean una discoteca virtual infinita. Un lek mejorado por la tecnología que también mejora la capacidad de mentir.

Cuernos tecnológicos

La selección de pareja no es la única parte de la reproducción que hemos impulsado tecnología mediante. Una constante en la vida sexual del ser humano es la promiscuidad. Somos animales monógamos sociales, pero poco monógamos sexuales. La infidelidad es habitual en ambos sexos y una vez más internet ha facilitado las trampas. No hablaré de la deshonrada Ashley Madison porque vale cualquier aplicación destinada a ligar. Hace 50 años un hombre casado lo tenía complicado para mantener una doble vida: hoy sólo debe descargar una app en su móvil.

Pero mi aplicación de ligoteo favorita es Adopta un Tío por las acusaciones de sexismo que genera (“muy feministas, pero luego bien que os gusta entrar gratis en la discoteca”). Para quienes no la conozcan, aquí son las mujeres las que deciden con qué hombres conectan. Es gracioso que se critique que la mujer mande, cuando a la hora de buscar pareja siempre ha sido ella quien toma la decisión. Otra vez la tecnología facilita algo que ya tenía lugar en la naturaleza desde siempre.

Internet ha facilitado la búsqueda de pareja hasta el punto de que nuestros nietos contarán que sus abuelos se conocieron en Tinder. Pero ni siquiera Tinder puede cambiar una realidad escrita en nuestros genes: los monos tecnológicos siguen compitiendo con otros machos, sólo que ahora son cientos y no los ven. Siguen mintiendo, sólo que con mayor facilidad. Y las hembras continúan eligiendo, pero entre un catálogo más amplio. Y siguen amando, que es lo importante. Que nadie se horrorice porque nada ha cambiado: sólo hemos metido las discotecas en nuestro bolsillo.

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