El altavoz perfecto para todo no existe. Pero este apunta en la buena dirección
Después de llevar mucho tiempo resolviendo otros problemas, Sonos vuelve a lo que mejor se le da: los altavoces. Y lo hace con uno todoterreno, pensado para funcionar en un sistema doméstico pero también en cualquier parte
Sonos llevaba meses desaparecida en combate. Y como bien es sabido, tomarse un respiro en el mercado del audio es sinónimo de que tus rivales han lanzado un buen puñado de productos capaces de competir con los tuyos. La marca estadounidense que durante años había construido una reputación casi impecable en el audio doméstico se ha visto atrapada en una crisis de dimensiones mayúsculas que se llevó a buena parte de su cúpula directiva por delante. Ninguno de sus productos falló, todo lo contrario.
El hardware, aunque caro, siempre era de lo más recomendable del mercado. El tropiezo ocurrió en el software. La aplicación, ese centro de mando que debía simplificarlo todo, se convirtió en malestar. Así que tocó ponerse a arreglar lo que no funcionaba y aplazar todo lo demás. Controlado ese frente y sofocado el incendio, toca volver a lo de siempre: los altavoces. Como si necesitaran recordar que saben hacer hardware. Y lo han hecho con el Sonos Play.
Aunque la marca es conocida por tener un amplio catálogo de barras de sonido y modelos para crear sistemas multiroom, hace un tiempo que también está centrada en crear altavoces bluetooth, que puedas utilizar en cualquier parte. Por poder utilizarlos, los puedes utilizar hasta en casa, de forma independiente o también como parte de un equipo de varios Sonos. Los altavoces bluetooth de Sonos se englobaban hasta ahora en dos categorías. Los Roam, unos bastante compactos; y los Move, altavoces potentísimos pero demasiado grandes y pesados como para llevarlos cómodamente en un bolso o una riñonera. El Play ataca el espacio intermedio.
El diseño transmite inmediatamente esa idea de producto caro y sólido, casi obsesionado con la sensación de objeto bien hecho. No hay concesiones visibles a lo barato ni al plástico dudoso. Se nota pensado para durar, aunque también para justificar una etiqueta de precio que no suele generar simpatía. En cuanto empieza a sonar aparece el rasgo que más consenso genera en las pruebas realizadas.
El sonido es amplio y limpio, con una apertura que sorprende para su tamaño, especialmente en el plano horizontal. No intenta impresionar con trucos fáciles ni con un exceso de artificio. Es un perfil más controlado, que apuesta por la claridad antes que por un impacto exagerado.
Para no engañarnos, aquí no hay lista aleatoria. Hemos elegido temas que incomodan a cualquier altavoz que no esté a la altura. Los Ángeles de Aitana abre con una producción limpia que deja en evidencia cualquier artificio en la voz. Chulo pt. 2 de Bad Gyal entra después como una prueba de estrés para los graves, de esas que separan rápidamente lo serio de lo decorativo. Casa de Locos de Carolina Durante mete ruido del bueno, guitarras sin domesticar y batería que obliga al altavoz a decidir si quiere ser fino o sobrevivir. Giratutto de Amaia complica la escena con arreglos sutiles que al mismo tiempo deberían sentirse grandes y no comprimidos, mientras Reliquia o Berghain de Rosalía directamente juegan a romperlo todo con una mezcla que exige rapidez y control.
Monaco de Bad Bunny sirve para comprobar si el altavoz entiende lo que significa profundidad o simplemente infla el bajo sin criterio. Hung Up de Madonna sigue funcionando como detector de brillo mal entendido, ese que convierte un buen tema en algo estridente si el equipo no sabe contenerse. Houdini de Dua Lipa pone capas y más capas para ver si el conjunto colapsa o mantiene la compostura. Blinding Lights de The Weeknd mide el golpe y la pegada sin excusas nostálgicas. Y Get Lucky de Daft Punk, como siempre, actúa como juez silencioso. Si aquí no suena bien, el problema no es de la canción. Es del altavoz y probablemente también de quien lo diseñó.
Las voces son probablemente su mayor virtud. El rango medio está especialmente bien resuelto y consigue que cualquier conversación musical se siga con naturalidad durante horas sin fatiga. Es destacable, en todos los momentos, la naturalidad de las voces, como si evitara maquillarlas en exceso para no estropearlas. Lo mismo ocurre con las notas más altas y agudos. Cuentan con su espacio y su entidad.
Los graves aparecen con presencia suficiente para dar cuerpo a la música sin invadirlo todo. Hay pegada, pero no ese tipo de bajos que ensucian la mezcla o convierten todo en una masa indistinta. El equilibrio es su pro más sólido, aunque no siempre resulta emocionante para quien busque un golpe más visceral y sea fan de que retumbe el sonido. En mi caso, no lo soy, para fortuna de mis vecinos.
Cuando se le exige volumen, la historia cambia ligeramente. Puede sonar alto sin romperse demasiado, lo cual es una buena noticia. Eso sí, reproduciendo al 85% o 90%, si bien aguanta el tipo, hay música densa y complicada que pierde algo de definición. No es que escupa el sonido, pero sí que lo hace menos cristalino.
Aunque no es un altavoz preparado para sonar en todas las direcciones, cumple con la dispersión del sonido y llena toda la estancia cuando se utiliza en solitario. Si se utiliza como parte de un equipo con otros altavoces, por supuesto tiene entidad y cuerpo suficiente para ocuparse. Eso sí, la mejor experiencia sigue estando cuando se orienta hacia el oyente, lo que limita en parte esa promesa de libertad de colocación total.
La parte técnica ofrece una mezcla de avances y pequeñas concesiones, que a nadie que tenga un Sonos le sorprenderá. La conectividad WiFi y Bluetooth aporta flexibilidad real frente a sistemas más cerrados y la configuración inicial es rápida, casi trivial. El ajuste automático del sonido según la sala puede ayudar en algunos entornos, aunque no siempre produce cambios especialmente evidentes. La ecualización, en cambio, se siente contenida, con poco margen para el usuario que quiera afinar más allá de lo básico.
La autonomía se presenta como uno de los argumentos más convincentes. La batería alcanza unas veinticuatro horas de uso, lo que permite moverlo del salón al jardín sin pensar demasiado en el cargador. Hablando del cargador. Aunque se puede cargar con un cable USB tipo C, ahora incluye en la caja una base donde tener apoyado el dispositivo y tenerlo siempre a punto de energía para cuando necesites moverlo.
Es un dispositivo portátil, pero no en el sentido ligero de un altavoz de mochila. Sigue siendo un objeto algo voluminoso (1,3 kilos), más pensado para desplazamientos dentro del hogar o llevarlo a la casa de la playa o de barbacoa que para viajar sin planificación.
Al final, la sensación general es la de un producto competente que sabe hacer muchas cosas bien sin llegar a destacar de forma absoluta en casi ninguna. Es lo que tiene querer adaptarse a todos los escenarios. El precio, sin embargo, sigue siendo el punto más incómodo. 350 euros en un mercado tan saturado como este puede hacer que muchos miren a otras marcas y costes más ajustados. La buena noticia, es que se puede encontrar ya con una primera rebaja en Amazon que lo deja en 299 euros.
La dependencia del ecosistema Sonos añade otra capa de fricción para quien no esté ya dentro. Es un altavoz que suena bien, funciona con solvencia y está bien construido, pero que también obliga a preguntarse si todo eso justifica el coste y la complejidad añadida en un momento en el que la marca todavía intenta recomponer su propia confianza interna.
Si todo esto no te convence, el mercado tampoco se ha quedado quieto esperando a que Sonos resuelva sus problemas internos. Bose SoundLink Flex y JBL Charge 6 juegan otra liga, más directa y bastante menos cara. No tienen ambiciones de ecosistema ni te prometen una casa conectada, pero hacen algo muy concreto y lo hacen bien. Son más baratas, más simples y en algunos momentos incluso más divertidas, sobre todo cuando se trata de agudos o de ese sonido inmediato que entra mejor en una primera escucha. A cambio, renuncias al WiFi, al multiroom y a esa sensación de producto que quiere ser el centro de todo. También ganan en practicidad absurda, como eso de poder cargar el móvil, algo que aquí ni está ni se le espera
Si el tiro va más hacia casa, entonces el HomePod mini y el Denon Home 200 son recordatorios incómodos de que el contexto importa más que el altavoz en sí. El primero es casi imbatible si vives dentro del ecosistema de Apple y no tienes intención de salir. Suena sorprendentemente bien para su tamaño y todo funciona sin fricción, que a veces es lo único que importa. El segundo juega a otra cosa, más grande, más estable en estéreo, más pensado para quedarse quieto y llenar una habitación sin esfuerzo. Frente a ellos, este Sonos corre el peligro, a ojos de algunos de quedarse en tierra de nadie. Quiere ser portátil sin serlo del todo, quiere ser doméstico sin terminar de imponerse. Y en ese equilibrio, que a veces funciona, también está el problema.
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Sonos llevaba meses desaparecida en combate. Y como bien es sabido, tomarse un respiro en el mercado del audio es sinónimo de que tus rivales han lanzado un buen puñado de productos capaces de competir con los tuyos. La marca estadounidense que durante años había construido una reputación casi impecable en el audio doméstico se ha visto atrapada en una crisis de dimensiones mayúsculas que se llevó a buena parte de su cúpula directiva por delante. Ninguno de sus productos falló, todo lo contrario.