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Más de 50 años sin ir a la luna: así fue la última vez que la NASA visitó nuestro satélite
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Más de 50 años sin ir a la luna: así fue la última vez que la NASA visitó nuestro satélite

Medio siglo después de que las últimas huellas humanas quedaran impresas sobre el polvo lunar, la Luna vuelve a ser parte de los planes de exploración espacial

Foto: Cernan en la luna. (EFE)
Cernan en la luna. (EFE)

El deseo científico de los hombres de descubrir e ir más allá de lo que ven nuestros ojos nos ha llevado a muchos sitios, incluso fuera de nuestro planeta. No se puede decir que llevemos más de 50 años desentendiéndonos de nuestro satélite: son muchas las sondas y satélites que se han enviado. Pero si nos referimos a la clásica imagen de un astronauta avanzando lentamente por la superficie lunar y pisándola, eso sí que lleva sin suceder desde el año 1972 con la visita de Gene Cernan.

La escena final de aquella última misión, la Apolo 17, marcó el cierre de una etapa irrepetible de la exploración espacial. Durante tres días de diciembre de 1972, los astronautas Eugene Cernan y Harrison Schmitt recorrieron un valle cercano al Mare Serenitatis, en la superficie lunar. Con un vehículo eléctrico diseñado para moverse por el regolito, exploraron el terreno, instalaron instrumentos científicos y recogieron más de cien kilos de rocas y muestras que todavía hoy siguen siendo estudiadas por los científicos.

La misión tuvo incluso detalles que parecen sacados de una película. Fue el único lanzamiento del programa Apolo que se realizó de noche, iluminando la costa de Florida con el resplandor del gigantesco cohete Saturno V. Durante las excursiones en la superficie, los astronautas sufrieron pequeños contratiempos: caídas por la baja gravedad, piezas del vehículo que se desprendían o improvisaciones con cinta adhesiva para reparar el guardabarros del rover lunar. Entre descubrimientos y anécdotas, también encontraron un terreno de tonalidad anaranjada que despertó la emoción del geólogo Schmitt, una pista de la antigua actividad volcánica del satélite.

Aquellas exploraciones formaban parte de una carrera mucho más grande que la propia ciencia. El programa Apolo nació en plena Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética competían por demostrar su poder tecnológico y militar. Llegar a la Luna era una forma de enviar un mensaje político al mundo. Durante aquellos años, la NASA movilizó a unas 400.000 personas y destinó enormes recursos económicos para conseguir que el ser humano caminara sobre otro cuerpo celeste.

placeholder Una imagen de la Nasa de Eugene Cernan. (EFE)
Una imagen de la Nasa de Eugene Cernan. (EFE)

Pero la historia cambió rápidamente. Tras el éxito inicial, el interés político y social comenzó a disminuir. El coste del programa, los riesgos evidenciados por el accidente del Apolo 13 y la decisión de invertir en otros proyectos espaciales llevaron a cancelar varias misiones. El plan original incluía vuelos hasta el Apolo 20, pero finalmente la Apolo 17 se convirtió en la última expedición tripulada al satélite.

La NASA apostó por estaciones orbitales como Skylab, por el desarrollo del transbordador espacial y por el envío de sondas a planetas lejanos. Robots comenzaron a explorar Marte, telescopios descubrieron sistemas planetarios en otras estrellas y nuevas tecnologías permitieron detectar fenómenos cósmicos que antes solo existían en la teoría. La Luna dejó de ser el destino prioritario durante décadas.

Revolución científica y cultural

A comienzos de los años setenta, cuando las misiones Apolo todavía estaban en la memoria colectiva, David Bowie cantaba Space Oddity y convertía el espacio en un símbolo de fascinación y misterio popular. Y casi como una premonición de esa obsesión por el espacio, en 1968, Kubrick estrenaba 2001: A space odissey. Aquella mezcla de ciencia, política y cultura convirtió la conquista lunar en un icónico hito del siglo XX. El hombre estaba en el espacio y el espacio en las tadios y pantallas de cine del hombre.

Ahora, medio siglo después, el interés por nuestro satélite, que, como su propia luz, nunca se ha apagado, vuelve con fuerza. La NASA prepara nuevas misiones dentro del programa Artemis, cuyo objetivo es volver a llevar astronautas a la Luna y establecer una presencia humana más duradera. La misión Artemis II pretende enviar una tripulación alrededor del satélite, mientras que las siguientes etapas contemplan un nuevo alunizaje en los próximos años. Tiene como primera ventana de lanzamiento el 1 de abril de 2026, tras varias semanas de reparaciones en el cohete SLS, el más potente jamás construido por la agencia espacial estadounidense

La nueva carrera lunar dista mucho de los antiguos Apolos. Incluye a empresas privadas como SpaceX o Blue Origin, encargadas de desarrollar los módulos de aterrizaje, y también a potencias emergentes como China, que aspira a llevar astronautas a la superficie lunar antes de que termine la década. La exploración espacial vuelve a convertirse en una competición tecnológica global.

Durante más de 50 años, las huellas de Cernan y Schmitt han permanecido intactas sobre el polvo lunar. Allí siguen, en un paisaje sin viento ni lluvia que pueda borrarlas. Si la nueva misión se lleva a cabo, pronto podrían estar acompañadas de huellas nuevas.

El deseo científico de los hombres de descubrir e ir más allá de lo que ven nuestros ojos nos ha llevado a muchos sitios, incluso fuera de nuestro planeta. No se puede decir que llevemos más de 50 años desentendiéndonos de nuestro satélite: son muchas las sondas y satélites que se han enviado. Pero si nos referimos a la clásica imagen de un astronauta avanzando lentamente por la superficie lunar y pisándola, eso sí que lleva sin suceder desde el año 1972 con la visita de Gene Cernan.

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