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Este móvil con brazo robótico no es broma. Y muestra el delirio de lograr el iPhone de la IA
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SPÓILER: NO ESTÁ CERCA

Este móvil con brazo robótico no es broma. Y muestra el delirio de lograr el iPhone de la IA

El Mobile World Congress arranca hoy con la tecnología de moda como protagonista. A falta de que OpenAI desvele su idea de dispositivo, muchos fabricantes tratan de hacer propuestas para matar al smartphone

Foto: Foto: M. Mc.
Foto: M. Mc.

El Mobile World Congress que arranca en Barcelona este lunes juega en varios terrenos al mismo tiempo. Por una parte, es una feria de las denominadas de industria. Uno de esos encuentros grises para el común de los mortales, pero donde se discute y se cimentan los estándares, la regulación, la política y las infraestructuras que marcarán en algún momento del futuro el funcionamiento de la tecnología. Por otra parte, es una feria de negocios, una de establecer redes de contactos y cerrar acuerdos entre empresas de todo el mundo. Por eso, a pesar de ser uno de los grandes encuentros mundiales, su agenda puede quedar a veces alejada del público general. Pero la feria también suele ser un escaparate perfecto para lo que interesa de verdad: las promesas y los prototipos que intentan ponerle cara al próximo gran salto que todos llevaremos en los bolsillos.

Y este año todas esas conversaciones, desde los despachos con moqueta hasta los stands llenos de pantallas imposibles, orbitan alrededor de la misma obsesión: encontrar el llamado iPhone de la inteligencia artificial. Es decir, el dispositivo, el servicio o la combinación de ambos que consiga empaquetar una tecnología todavía difusa, cara y difícil de explicar en algo que la gente entienda, desee y use todos los días. Porque el sector necesita un nuevo icono que sustituya a un 'smartphone' que lleva más de una década sin ofrecer una revolución real y que, por primera vez, empieza a mostrar síntomas de agotamiento comercial y narrativo. En los pasillos de la Fira no se hablará de otra cosa: quién será capaz de convertir la IA en un producto de masas y, sobre todo, quién logrará hacerlo antes que el resto.

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No era una broma ni uno de esos conceptos condenados a vivir únicamente en el vídeo de presentación. El escenario del Mobile ya tiene su primer aspirante a representar esa nueva categoría y adopta la forma de un teléfono del que emerge un pequeño brazo robótico en la parte trasera. Honor lo ha mostrado como parte de su Alpha Plan, una inversión de miles de millones en la tecnología de moda; y lo presenta como algo más que un experimento. En realidad, funciona como un resumen bastante preciso de la carrera que se está jugando estos días en Barcelona.

El dispositivo combina varios productos en uno solo. Es un smartphone, es un gimbal y es una cámara que se mueve de manera autónoma para seguir al usuario, estabilizar la imagen o decidir por sí misma el encuadre en una videollamada o en un vídeo. La interacción ya no pasa tanto por tocar la pantalla. La promesa es que el teléfono observa, interpreta lo que ocurre a su alrededor y actúa en consecuencia.

Ahí es donde aparece uno de los conceptos que más se van a repetir en esta edición del congreso, como ya pasó en el CES de Las Vegas. La llamada IA emocional. Honor habla de un compañero que entiende el contexto, que reconoce gestos, estados de ánimo y rutinas y que adapta su comportamiento a la persona que tiene delante. No se trata solo de hacer mejores fotos o de automatizar tareas, sino de construir la sensación de que el dispositivo responde de forma casi humana y de que existe una relación continua con él. La

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Foto: M. Mc.

Puede parecer una idea excesiva o incluso innecesaria, pero encaja con la urgencia que recorre la feria. La industria no está enseñando únicamente nuevos móviles, está buscando una nueva narrativa para el móvil. Un objeto que vuelva a generar deseo y que haga visible algo tan abstracto como la inteligencia artificial. Por eso este brazo robótico no es una rareza aislada, sino la prueba de hasta qué punto todos están intentando encontrar cuanto antes el formato que convierta esa IA en un producto cotidiano, personal y emocionalmente relevante.

El delirio por inventar el ‘iPhone de la inteligencia artificial’ tiene muchos nombres y apellidos. Pero dos de los que han puesto la cara por ahora han sido Sam Altman y Jony Ive. Es a ellos a los que todo el sector mira de reojo y hasta con impaciencia. El primero dirige la empresa que ha desencadenado la fiebre actual por la IA; el segundo diseñó los objetos que definieron la electrónica de consumo durante dos décadas. Juntos persiguen algo más ambicioso que un nuevo gadget: crear el dispositivo que sustituya al smartphone como centro de nuestra vida digital. O por lo menos se coma una buena parte del pastel. No es una apuesta menor. Solo el iPhone genera más de 200.000 millones de dólares al año para Apple, a los que hay que sumar la maquinaria de servicios que vive dentro de él.

La operación para fichar a Ive (la compra de su proyecto de hardware por miles de millones) dejó claro que OpenAI no quiere limitarse a ser la inteligencia que vive dentro de los dispositivos de otros. Quiere construir el suyo. Y lo poco que ha trascendido apunta a una idea radical: un aparato pequeño, sin pantalla, siempre consciente del contexto del usuario y pensado para hablar con él. Altman lo ha descrito como "la pieza de tecnología más genial jamás creada", una hipérbole muy en su estilo, pero que sirve para medir la ambición. La producción en masa, según las filtraciones más fiables de la cadena de suministro, no llegaría hasta 2027. Es decir, la carrera ya ha empezado aunque el producto aún no exista.

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La clave tecnológica que lo hace posible no es el hardware, sino los agentes de IA multimodales. La misma lógica que hemos visto en proyectos como los asistentes capaces de ver a través de la cámara, recordar lo que hacemos y ejecutar tareas por nosotros. La interfaz ya no sería una pantalla llena de apps, sino la voz y el contexto. Pedir algo y que ocurra. Ese es el viejo sueño de Silicon Valley desde los tiempos de Alexa y Google Assistant, solo que ahora, por primera vez, la tecnología sí parece capaz de entender lo que le decimos.

Mientras ese objeto fantasma toma forma, el resto de la industria se mueve a ciegas. Algunos apuestan por las gafas inteligentes. El mayor exponente de esta tendencia ha sido, por ahora, Meta, con sus Ray-Ban y Oakley inteligentes. Google se va a sumar a esta corriente, con gafas y cascos preparados para Gemini. Apple también aparece en el horizonte, aunque también se especula con una pantalla repleta de inteligencia artificial para la casa.

Otros, por dispositivos que se llevan colgados o prendidos a la ropa; otros, como el móvil con brazo robótico que se pasea por el MWC, por convertir el teléfono en algo físicamente proactivo. La sensación es que todos están probando prototipos en público sin tener claro cuál será la interfaz dominante. Es una fase muy parecida a la de los primeros años del smartphone, cuando coexistían teclados, stylus, pantallas resistivas y formatos imposibles.

placeholder Vista del Pin AI Humane. Foto: M. McLoughlin
Vista del Pin AI Humane. Foto: M. McLoughlin

Los intentos más evidentes hasta ahora han sido, en el mejor de los casos, experimentos fallidos. El pin de Humane se convirtió en el ejemplo perfecto de cómo no hacerlo. El Rabbit R1 demostró que el concepto genera interés, pero también que todavía no sustituye a nada. Incluso los wearables que sobreviven (relojes, anillos) siguen siendo accesorios del móvil, no su reemplazo. Y sin embargo, la idea de fondo persiste: si una IA puede usar las aplicaciones por nosotros, las aplicaciones dejan de ser necesarias. Y con ellas, la pantalla como centro de la experiencia.

Esto coloca a Apple en una posición incómoda. Nadie tiene más que perder en un mundo sin smartphone. La empresa que redefinió el teléfono vive ahora de ese invento. Es el mismo dilema que sufrió Google cuando los chatbots empezaron a comerse las búsquedas: el producto que te hizo dominante puede convertirse en tu principal freno. Por eso la carrera actual no es solo tecnológica, sino existencial. No se trata de lanzar el mejor dispositivo, sino de atreverse a canibalizar el negocio propio antes de que lo haga otro.

Visto desde la feria de Barcelona, con móviles que despliegan brazos robóticos, cámaras imposibles y funciones de IA que buscan desesperadamente un caso de uso, todo encaja mejor. No estamos ante gadgets extravagantes, sino ante síntomas de una industria que ya intenta pensar en el próximo gran golpe, una vez el smartphone se ha convertido en una commodity. El iPhone de la IA todavía no existe. Pero el simple hecho de que todos actúen como si fuera inevitable explica por qué estamos viendo prototipos que, hace solo unos años, habrían parecido una broma.

El Mobile World Congress que arranca en Barcelona este lunes juega en varios terrenos al mismo tiempo. Por una parte, es una feria de las denominadas de industria. Uno de esos encuentros grises para el común de los mortales, pero donde se discute y se cimentan los estándares, la regulación, la política y las infraestructuras que marcarán en algún momento del futuro el funcionamiento de la tecnología. Por otra parte, es una feria de negocios, una de establecer redes de contactos y cerrar acuerdos entre empresas de todo el mundo. Por eso, a pesar de ser uno de los grandes encuentros mundiales, su agenda puede quedar a veces alejada del público general. Pero la feria también suele ser un escaparate perfecto para lo que interesa de verdad: las promesas y los prototipos que intentan ponerle cara al próximo gran salto que todos llevaremos en los bolsillos.

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