Crónica desde una de las fábricas que hundió a la Roomba: así conquistó China nuestras casas
No hay mercado que resuma el auge de la electrónica china como el de los robots aspiradores. Este es un viaje a las tripas de uno de los mayores vendedores en Europa, Dreame, para desmontar clichés y mitos
Vista de la fábrica de motores digitales de Dreame. (Cedida)
Nada refleja la modernidad doméstica tan bien como una sala llena de gatos que pasean tranquilamente entre comederos y areneros inteligentes. No hay bufidos ni saltos de ataque. Los felinos, maestros de la indiferencia, se acercan cuando les apetece a los dispositivos que prometen convertir cada comida y cada apretón en un acto de alta tecnología. A unas puertas de allí, un pelotón de trabajadores se empeña en ensuciar suelos, derramando café, esparciendo migas y restos de comida. El objetivo es poner a prueba la efectividad de una fregona digital, uno de esos objetos de deseo para los haters de la limpieza doméstica.
En la planta de abajo, un robot se esmera en frotar el mismo aparato sin descanso, mientras que otro lo golpea constantemente contra el suelo. La escena es completamente opuesta a lo que se ve al otro lado del pasillo, donde un operario ejecuta la apasionante tarea de girar el mango una y otra vez para ver hasta qué punto resiste la pieza. En la estancia contigua, varias cajas se mueven al ritmo de unas plataformas que simulan su transporte por carretera, para comprobar hasta qué punto aguanta el embalaje.
A unos minutos de distancia, se levanta otro laboratorio, uno que parece una especie de parque temático para lo que popularmente se conoce como Roombas. En dos pistas paralelas compiten dos modelos. La misión: devorar unas piedritas para certificar su capacidad de aspiración. En otra habitación, los aparatos danzan y chocan repetidamente contra las paredes para simular el día a día y el paso del tiempo. En ese mismo edificio se cargan miles de veces cada modelo para testar la vida de las baterías y se mide, en cámaras aisladas, el ruido que hace la estación al limpiar las mopas y vaciar el depósito de sólidos.
Cuando todo está a punto, entra en juego una engrasada cadena de montaje capaz de montar 9.000 unidades cada día. Allí, hileras de humanos y de máquinas se complementan para colocar y comprobar que todo está en su lugar: desde el sensor Lidar hasta el parachoques o el motor digital, que ha sido ideado, testado y producido en esa misma ciudad.
Roombas chinas, la muestra de la revolución
Todas las estampas ocurren en Suzhou, la ciudad de canales a poco más de una hora de Shanghái. Es más, todas suceden dentro del perímetro de una misma compañía: Dreame, que se está intentando ganar un nombre en esta parte del mundo con robots aspiradores, secadores de pelo o purificadores. En su mercado natal ya tienen teles, frigoríficos, aires acondicionados, vitrocerámicas, lavadoras, y se mueven para hacer su primer coche eléctrico, su primer móvil y ya tienen prototipos de sus propios robots humanoides.
Pero más allá de los protagonistas concretos y de lo excéntrico de algunas de las imágenes, como las de los mininos, todo esto es el perfecto resumen del estado de una guerra industrial y tecnológica que lleva años sucediendo, avanzando en segundo plano, y con la que China ha conseguido colarse hasta la cocina de nuestro día a día. Las empresas de aquel país ya no solo fabrican, algo que desde hace tiempo hacen mejor que prácticamente cualquier empresa occidental, salvo honrosas excepciones. Ahora, en muchos casos, idean, crean, prueban y optimizan mucho más rápido que nadie.
Un brazo robótico trabaja en un robot aspirador. (Cedida)
Si hay un símbolo de este sorpasso es el de los robots aspiradores. iRobot, el gran pionero del sector, convertido durante años en sinónimo de robot aspirador gracias a la Roomba, ha terminado esta semana su proceso de bancarrota. La compañía que enseñó a principio de siglo que un disco de plástico podía recorrer el salón sin despeñarse por las escaleras llevaba tiempo quedándose rezagada ante sus rivales orientales como Dreame y finalmente ha tirado la toalla por no resistir la nueva aritmética industrial.
La operación concluye con un desenlace casi literario: Picea, hasta ahora proveedor, ensamblador y también prestamista, se queda con la empresa, con los restos del naufragio. El alumno que fabricaba en la sombra ahora se convierte en dueño del maestro. Y la historia de un gadget simpático pasa a ser definitivamente un capítulo más de la reordenación tecnológica global.
Si iRobot explica la pérdida de posibilidades de las grandes casas occidentales de electrónica de consumo, la historia de Dreame sirve para entender cómo han crecido muchos de los fabricantes chinos hasta ocupar ese lugar privilegiado en varias disciplinas. Como empresa, tiene menos de diez años y hasta hace poco más de tres años no habían fabricado ni una sola máquina con su marca.
Ahora cuentan con un 25% de cuota de mercado en España o Reino Unido. En Alemania, Italia u Holanda rozan el 50%. Y en Austria, Bélgica o Suiza lo superan por mucho. Este fenómeno no es exclusivo. Sus compatriotas de Roborock, una de las marcas con más pujanza, atesoran un porcentaje similar en nuestro país y en otros de nuestro entorno. En lugares como Corea del Sur, esta compañía ha pegado un mordisco a LG y Samsung y también vende uno de cada dos máquinas de este tipo en aquel rincón del mundo.
Pero, ¿cómo empresas tan jóvenes han desplazado a los gigantes de siempre? Sus rivales en privado suelen hablar de fondos estatales, bajos costes laborales y desprecio por la propiedad intelectual. Es cierto que algunas han tenido que pleitear por copiar productos, pero esos argumentos corresponden más a una China del pasado.
Campus de Dreame en Shuzou. (Cedida)
Si les pregunta a ellos, la respuesta es que se invierte muchísimo en formación de talento y educación, así como en investigación y desarrollo. Mucho más que, por ejemplo, en Europa. Eso no lo dice Pekín, lo dice la propia Bruselas. A principios de esta década, la Comisión Europea publicó un informe titulado Science, Research and Innovation Performance of the EU 2020. El texto no era nada halagüeño para los intereses del Viejo Continente. La inversión en I+D ya por aquel entonces, según los autores del texto, era un 25% menor en comparación con lo que se invertía en las dos primeras potencias mundiales.
Otro buen termómetro es el número de patentes y los procesos de registro. Según el índice World Intellectual Property Indicators, en 2024 China ejecutó prácticamente la mitad de solicitudes a nivel mundial. En ese tiempo, Estados Unidos hizo más de 500.000 solicitudes, lo que supone cerca del 16%. La UE y otros países de la órbita europea, según estos registros, tendrían un volumen cercano al 10%.
El último indicador que conviene fijarse es el del número de graduados STEM. Según el documento elaborado por las autoridades europeas, en China cada año hay 5,5 millones de nuevos profesionales formados en estas especialidades. Eso supone más de cuatro veces más que los 1,3 millones que produce el continente europeo.
La fórmula china
Esas tres cosas (innovación, formación y patentes) han generado un caldo de cultivo para que surja un nuevo genotipo de multinacional china. Curiosamente, Dreame refleja este nuevo paradigma: seis de cada diez empleados de los más de 18.000 que tienen, aseguran, están dedicados a la investigación y desarrollo. Tienen más de 3.000 patentes adjudicadas y otras tantas miles en trámite.
Su fundador, Ya Hao, es uno de esos ingenieros brillantes que se pueden encontrar entre los millones de licenciados STEM que produce cada año el país asiático. Estudió en la universidad pública, concretamente en Pekín, y se especializó en mecánica de fluidos. Tras varias experiencias, en 2015 montó el germen de lo que sería su empresa de electrodomésticos, una pequeña startup dedicada a los motores de alta velocidad. Estas piezas también han sido clave para otros gigantes del sector de limpieza, como Dyson.
Dos años después de empezar a dar estos pasos, los resultados le animaron a fundar Dreame. Casualidad o no, sus primeros pasos los dio como socio de Xiaomi, que suele invertir en empresas emergentes del sector. Algo que también hizo con Roborock, uno de sus mayores rivales a día de hoy. Aquello supuso algo así como inyectar la hormona del crecimiento al proyecto, porque le dio acceso a una importante financiación y a una cadena de producción y distribución. Tras ser un mero proveedor, en 2019 dieron el salto y sacaron su primer producto: un aspirador de mano sin cables. A partir de ahí fueron diversificándose.
Hay otro factor menos glamuroso y mucho más determinante: quién controla realmente la fábrica. La mayoría de las Roomba, como casi cualquier dispositivo electrónico que enchufamos en casa, salen de líneas de producción en China y, en menor medida, en India o en países del sudeste asiático como Malasia. Las marcas occidentales diseñan, ponen el logo y afinan el relato de marca. La fabricación la subcontratan porque no tienen ese músculo industrial en propiedad. Muchos de sus rivales chinos, en cambio, son la fábrica o están integrados de arriba abajo.
Examen en una universidad china. (Reuters)
Esa integración vertical no es un eslogan industrial, es una palanca competitiva. Controlar componentes, ensamblaje, aprovisionamiento y, en muchos casos, hasta la logística les permite ajustar costes en tiempo real, proteger márgenes incluso en guerras de precios y decidir sin fricciones cuándo acelerar una nueva versión. Y eso, por ahora, existe únicamente en China, a falta de que la apuesta de países como India ofrezca resultados.
Frente a eso, las marcas occidentales dependen de terceros, negocian calendarios y absorben sobrecostes. Su estructura es más ligera en activos, pero también más lenta y menos flexible cuando el mercado se vuelve brutal.
La diferencia no es estética, es estructural. Cuando controlas la cadena completa puedes aceptar márgenes que harían temblar a cualquier empresa cotizada en el NASDAQ. Puedes ajustar precios con una agresividad que una compañía media occidental no puede sostener eternamente, salvo que encuentre el paraguas de un gigante que le aporte escala. Eso es lo que buscaba iRobot cuando intentó ponerse en manos de Amazon, una compra que podía haber cambiado el fatal desenlace de la marca. Habrá que ver si con Picasa levanta la cabeza.
“China ha sido durante mucho tiempo líder en innovación orientada a reducir costos, lo que le ha dado una gran ventaja y conocimiento técnico”, explica a este periódico Jeffrey Towson, socio de TechMoat Consulting especializado en los mercados asiáticos. “En sectores de manufactura técnica, como la electrónica, la energía solar o los molinos eólicos, su combinación ganadora ha sido contar con gran escala de producción, fuerte inversión en I+D y respaldo del gobierno. Con esta fórmula lograron dominar numerosos sectores industriales”.
Una de las cosas que destaca este experto es la velocidad derivada de que “todo esté en un mismo lugar”. “Idean, crean y optimizan mucho más rápido”. En Europa y Estados Unidos, el ciclo habitual de producto oscila entre 12 y 24 meses, con foco en marketing, marca y canal retail tradicional. El ecosistema industrial chino juega otra partida. Puede comprimir esos plazos a seis meses o menos.
Eso significa que mientras iRobot intentaba mejorar su sistema de navegación por cámara o su base de autovaciado, rivales orientales como Dreame ya habían inundado el mercado con un Lidar mucho más eficiente o con modelos que limpiaban la mopa, las cambiaban automáticamente dependiendo del tipo de suelo o que incluso trepaban desniveles de varios centímetros.
La diversifación de Dreame (y de la electrónica china) en una fotografía. (Cedida)
"Nuestros ingenieros de I+D se sumergen en foros, redes sociales y grupos de Facebook para recopilar información directamente de los clientes. Esos pequeños detalles que ellos necesitan son lo que podemos mejorar”, explicaba en un encuentro con medios europeos en el que participó este periódico Sean Chen, el responsable de la compañía para Europa Occidental.
Chen reconoce que el mercado europeo se ha vuelto muy competitivo y que la rápida expansión de la compañía ha generado retos, especialmente en el soporte al cliente. Las marcas chinas como Roborock, Dreame Technology o Ecovacs son valoradas por su tecnología y precio, pero reciben algunas críticas por reparaciones lentas, repuestos difíciles de conseguir y falta de técnicos certificados en Europa.
Frente a iRobot o Dyson, su postventa aún se percibe menos madura. “En 2026 reestructuraremos nuestra estrategia y el servicio postventa será la máxima prioridad… aumentamos los centros de servicio en Alemania y España para reducir tiempos de entrega y mejorar la provisión de repuestos”, promete Chen. El directivo hace una promesa: hay que olvidar esa percepción de marca china y asegura que cumplirán “con la normativa y disponibilidad de repuestos para electrodomésticos”.
Todo este fenómeno no es exclusivo de las aspiradoras, sino que se deja ver en muchos otros sectores. El último ejemplo, el de los televisores. Sony, uno de los grandes de este sector, ha doblado su brazo y ha creado una joint venture con el gigante chino TCL para poder sobrevivir en el mercado de las smart TV. El de los coches eléctricos también es un buen ejemplo, un negocio al que, por cierto, quiere entrar Dreame. ¿Qué hace un fabricante de electrodomésticos haciendo coches? "El mercado de smartphones y también de automóviles es cien veces más grande que nuestro negocio actual”, afirma Chen, sobre el reto y la oportunidad que supone esta diversificación. “Pero es la ambición de nuestro CEO y su voluntad. Él tiene ese sueño”.
Nada refleja la modernidad doméstica tan bien como una sala llena de gatos que pasean tranquilamente entre comederos y areneros inteligentes. No hay bufidos ni saltos de ataque. Los felinos, maestros de la indiferencia, se acercan cuando les apetece a los dispositivos que prometen convertir cada comida y cada apretón en un acto de alta tecnología. A unas puertas de allí, un pelotón de trabajadores se empeña en ensuciar suelos, derramando café, esparciendo migas y restos de comida. El objetivo es poner a prueba la efectividad de una fregona digital, uno de esos objetos de deseo para los haters de la limpieza doméstica.