Por fin un teléfono que puedo recomendar sin miedo a los amantes de la fotografía
Es una apuesta ganadora por músculo y cámaras, con un despliegue tan rotundo que logra que te olvides casi por completo de ciertas aristas en su ficha técnica
Lo he confesado en más de una ocasión: tras años analizando teléfonos de alta gama, mi capacidad para sorprenderme es cada día más pequeña. Casi todos son rápidos, casi todos sacan buenas fotos. A eso hay que sumar el entusiasmo de las marcas por vendernos siempre la falsa promesa del iPhone killer (por suerte, cada vez se usa menos esa expresión), ese teléfono definitivo con el que de verdad no echarás absolutamente nada más en falta. El hastío a estas alturas es considerable.
Reconozco, por tanto, que cuando el Honor Magic8 Pro llegó a mi mesa, mi escepticismo estaba en niveles máximos. Esperaba otro dispositivo que se perdería en la marea de lanzamientos del año que prometen revolución y se quedan luego en tres ajustes de tuercas. Durante las primeras horas, de hecho, incluso llegué a pensar que mis prejuicios estaban justificados y que la experiencia iba a ser, de nuevo, más de lo mismo.
Sin embargo, con el paso de los días me he encontrado con un dispositivo que, contra todo pronóstico, ha vuelto a hacerme sentir ese cosquilleo de cuando descubro algo que te aporta realmente algo interesante en este panorama actual.
No es un teléfono perfecto y desde luego no es un teléfono para todo el mundo, pero es mucho mejor de lo que esperaba cuando entró por la puerta.
Mi primera impresión al sacar el Honor Magic8 Pro de la caja fue clara: este teléfono pesa. Quizá mi percepción estaba algo distorsionada -vengo de usar un iPhone Air y varios terminales ultra delgados-, pero lo cierto es que los números tampoco mienten. Sus 219 gramos lo sitúan sobre el papel por debajo de los 230 g del Galaxy S26 Ultra o los 225 g del iPhone 17 Pro Max, sin embargo, en la mano, como digo, la sensación es otra. El culpable es su imponente módulo de cámaras; al sobresalir tanto, desplaza el centro de gravedad hacia la parte superior, obligando a la muñeca a hacer ese extra para que el teléfono no cabecee.
No debería ser un mal mayor, pero es algo a tener en cuenta si sueles usar el teléfono con una mano o las tienes más bien pequeñas, porque en el día a día podría no resultar tan cómodo.
A nivel de pantalla es difícil ponerle alguna pega, por mínima que sea. Este Honor apuesta por un panel de 6,71 pulgadas de tipo OLED, resolución Full HD+ (2.808 x 1.256 píxeles) y un brillo máximo de 1.800 nits que es una gozada mirar. Y como diría la popular frase: da igual cuando leas esto. En ambientes favorables o en aquellos en los que el Sol no te deja ver nada, esta pantalla ni se inmuta. Los colores son perfectos, la nitidez excelente y disfruta de muy buenos ángulos de visión. El consumo multimedia en este equipo (no olvidemos su refresco a 120 Hz) resulta una experiencia fantástica.
A nivel de rendimiento estamos además ante toda una bestia parda. El equipo monta el procesador Snapdragon 8 Elite Gen 5 que se mueve como pez en el agua. Es verdad que el smartphone solo cuenta con 12 GB de RAM, que puede llegar a sentirse algo corto si tenemos como referencia otros alta gama del momento, pero lo cierto es que la combinación de chip y RAM me ha regalado un dispositivo con el que he sido capaz de hacer cualquier cosa: desde editar archivos a fotos, pasando por la ejecución de juegos exigentes. Incluso me he atrevido a editar vídeos que este Honor ha movido sin despeinarse.
Ojalá la capa de su sistema operativo fuera de la mano con todas estas buenas sensaciones que te cuento pero, por desgracia y como suele ocurrir en muchos androides, aquí vuelve a ser la nota discordante. Ojo, MagicOS 10 no está mal, pero no deja de sentirse como una solución asiática algo pasada de moda. Y mira que Honor ha hecho una buena limpieza: atrás quedaron los tiempos del bloatware excesivo y las florituras sin sentido. Ahora todo tiene un aire más limpio, con clara inspiración en la estética Liquid Glass de Apple. Y quizás sea ese el principal problema: ese empeño en parecerse a la propuesta manzanera hace que todo se sienta un poco impostado (hasta tiene una Cápsula mágica, que no deja de ser una suerte de Dynamic Island).
A pesar de esta crítica, mi experiencia de uso ha sido buena. Todo se mueve con una soltura pasmosa, nada se atasca, todo fluye. Las funciones de inteligencia artificial, además, trabajan increíblemente bien (que si un rodeo de nudillo por aquí, un reconocimiento de imágenes por allá…). Hasta tenemos un generador de imagen estática a vídeo animado muy efectista y con el que hasta podrás echarte unas risas -eso sí, solo ofrece tres pruebas gratuitas; luego hay que pasar por caja-.
Honor no ha querido dejarse nada en el tintero y también ha apostado por el llamado Botón AI. Según cómo lo pulses, podrás activar la cámara de fotos, Google Lens o la función de reconocer y recordar contenidos de la pantalla (Recuerdos con IA se llama), entre otras diversas funciones. No deja de ser por tanto un acceso directo físico a alguna herramienta del teléfono que puede llegar a ser muy útil si te acostumbras a usarlo, claro. En mi caso, dejé la doble pulsación para guardar recuerdos y un solo toque (lo más rápido y similar a como lo tengo en el iPhone Air) para abrir la cámara de fotos, ya que ha sido posiblemente la función que más he usado de este smartphone.
Y es que, aunque no soy ninguna fotógrafa empedernida, lo reconozco, con este Honor Magic8 Pro bien que podría llevar las horas disparando. El teléfono monta un sistema compuesto por tres cámaras: una principal de 50 MP, un teleobjetivo de 200 MP y un ultra gran angular de 50 MP. Menudo trío. Si tuviera que quedarme solo con un protagonista, ese sería el teleobjetivo. Usando el 3,7X y su 10X he conseguido capturas con una definición y detalle realmente increíbles, tanto en fotos tomadas a elementos arquitectónicos como a personas.
Pero la verdadera prueba de fuego llega cuando cae el Sol. Aquí es donde de verdad este teléfono saca músculo, demostrando que la noche no tiene por qué ser tan terrible para los smartphones. No solo hay una captura de luz increíblemente buena; también se puede observar un nivel de color, contraste dinámico y contraste increíblemente bien procesados. También la cámara se beneficia de las capacidades de la inteligencia artificial y, si quieres, puedes permitir que esta se encargue de la foto para dar un empujoncito extra. Este, a diferencia de lo que podrías pensar, no se pasa de rosca, lográndose así una imagen en la que de verdad se siente que la IA se ha utilizado con sentido. ¿Tiene algunos momentos en los que el procesado se viene demasiado arriba? Es posible, pero son puntuales y me atrevería a decir que ni siquiera molestos -y, oye, si no quieres usarlos, siempre puedes no hacerlo. De verdad, la sorpresa con esta cámara ha sido mayúscula.
En cuanto al gran angular, digamos que es el que menos luce de los tres, pero hasta este cumple con decencia, ofreciendo además una función macro increíblemente buena -me apasiona más por esto que por los consabidos 12mm. El conjunto además logra algo que hacía mucho que no encontraba: consistencia. Pasar de la lente principal al gran angular o al teleobjetivo no supone ese salto traumático en la interpretación del color tan habitual de la competencia y eso ya dice mucho de lo que tenemos entre manos.
¿Y la batería? Pues bastante buena pero no tan excelente como su pantalla o su cámara. Cuando probamos algo que nos maravilla en ciertos aspectos, tendemos a esperar el mismo resultado en todas sus prestaciones y claro, cuando no es así, sientes cierto aire de decepción. Me ha pasado con los 12 GB de RAM y también con su batería de 6.270 mAh. ¿Es esta capacidad suficiente para aguantar todo el día? Desde luego que sí. ¿Llegará a las dos jornadas completas a ritmo alto? Ni de broma.
Dado que en el mercado ya existen baterías más duraderas y el propio Magic8 Pro tiene una versión asiática con más capacidad, la autonomía aquí se siente más justa o, mejor dicho, menos espectacular, teniendo en cuenta lo bien que se ha desenvuelto en otros aspectos. Aun así, su carga rápida de 100W por cable y sus 80W inalámbricos seguro que te ayudan a no ser tan inconformista como yo.
¿Te lo compras?
El Honor Magic8 Pro se cuelga una etiqueta de 1.299 euros. Hace un tiempo semejante cifra me parecía una locura. Hoy también me sigue pareciendo un disparate, pero uno mucho más normalizado teniendo en cuenta que toda la gama alta se mueve en esos precios.
Dicho esto y viendo todo lo que ofrece, me parece que su cifra está más que justificada. Sigue siendo complicado gastarse cuatro cifras en un teléfono que no sea de Samsung o Apple, pero con semejantes características, desde luego no será porque no está a la altura para competir con ellos.
Si aun con esto, te sigue pareciendo demasiado dinero para gastar en un smartphone -te entiendo-, existen alternativas muy interesantes a precios más ajustados. Es el caso del Pixel 10 Pro. Con este teléfono obtienes calidad de construcción, una interfaz inmaculada y la garantía de su cámara de fotos. Buen procesador, 16 GB de RAM y un precio que ahora mismo está en oferta por 749 euros.
El Xiaomi 15 Ultra también supone una interesante alternativa y no supera en estos momentos los 1.000 euros. Pantalla AMOLED del mismo tamaño, sistema fotográfico tocado por la gracia de Leica, Snapdragon 8 Elite y un diseño incluso bastante parecido.
El OnePlus 15 es atractivo a nivel de diseño, tiene una interfaz que es una delicia, hace buenas fotos y rinde increíblemente bien. Ahora además disfruta de un precio inferior a los 860 euros. Poco más puedes pedirle.
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Lo he confesado en más de una ocasión: tras años analizando teléfonos de alta gama, mi capacidad para sorprenderme es cada día más pequeña. Casi todos son rápidos, casi todos sacan buenas fotos. A eso hay que sumar el entusiasmo de las marcas por vendernos siempre la falsa promesa del iPhone killer (por suerte, cada vez se usa menos esa expresión), ese teléfono definitivo con el que de verdad no echarás absolutamente nada más en falta. El hastío a estas alturas es considerable.