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En 1901, Edison diseñó una batería para coches eléctricos: ahora la han hecho realidad (y es mucho mejor de lo pensado)
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12.000 ciclos de carga

En 1901, Edison diseñó una batería para coches eléctricos: ahora la han hecho realidad (y es mucho mejor de lo pensado)

Aunque muchos no lo sepan, a principios del siglo XX había más vehículos eléctricos que de gasolina. A pesar de ello, el invento de Edison nunca llegó a triunfar, pero podría hacerlo en el futuro

Foto: Los científicos 'reimaginaron' cómo podría ser la batería de Edison (UCLA/Wikimedia Commons)
Los científicos 'reimaginaron' cómo podría ser la batería de Edison (UCLA/Wikimedia Commons)

Thomas Edison intentó revolucionar el coche eléctrico en 1901 con una batería de níquel-hierro que prometía mayor autonomía y durabilidad que las de plomo-ácido. Más de un siglo después, un estudio publicado en Small demuestra que aquel diseño podía funcionar gracias a la nanotecnología desarrollada por la Universidad de California en Los Ángeles.

A comienzos del siglo XX, los vehículos eléctricos llegaron a superar a los de gasolina en las carreteras de Estados Unidos. Sin embargo, las limitaciones técnicas frenaron su expansión. Las baterías de plomo-ácido apenas ofrecían unos 50 kilómetros de alcance y eran pesadas y costosas, lo que condicionaba su viabilidad comercial frente al motor de combustión.

Una idea adelantada a su tiempo

Convencido de que la electrificación marcaría el futuro del transporte, Edison apostó por una alternativa basada en níquel y hierro. Su propuesta aspiraba a alcanzar alrededor de 160 kilómetros de autonomía y a recargarse en unas siete horas, un plazo competitivo para aquella época. No obstante, diversos obstáculos técnicos limitaron su implantación.

Entre esos inconvenientes figuraba la liberación de hidrógeno durante el proceso de carga, además del rápido avance de los motores de gasolina. Ese contexto tecnológico relegó la batería de Edison a un segundo plano. La combustión interna terminó imponiéndose en el mercado automovilístico, mientras la opción eléctrica quedaba marginada durante décadas.

La nanotecnología rescata el diseño

Más de 100 años después, un equipo internacional codirigido por la Universidad de California en Los Ángeles ha reinterpretado aquel concepto con herramientas actuales. Según el citado artículo científico publicado en Small, el nuevo prototipo logra recargarse en segundos y soportar más de 12.000 ciclos completos de carga y descarga, equivalentes a más de 30 años de uso diario.

La innovación reside en la estructura del material. Los investigadores se inspiraron en procesos biológicos como la formación de huesos y conchas marinas, donde las proteínas actúan como guía para depositar minerales. En este caso, emplearon proteínas derivadas de subproductos de la industria cárnica como andamiaje para formar diminutos clústeres de níquel e hierro de menos de cinco nanómetros.

Aplicaciones más allá del automóvil

Posteriormente, estos nanoclústeres se integraron en láminas ultrafinas de óxido de grafeno y se sometieron a un tratamiento térmico. El resultado fue una estructura tipo aerogel, compuesta en un 99% por aire, que maximiza la superficie activa. Cuanto mayor es esa superficie, más átomos participan en las reacciones electroquímicas y más rápida resulta la carga.

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Aunque esta batería de níquel-hierro no iguala la densidad energética de las actuales baterías de ion-litio para automoción, los investigadores señalan su potencial en el almacenamiento estacionario. Podría utilizarse para acumular excedentes de energía solar durante el día y liberarlos por la noche, así como para respaldar centros de datos. La intuición de Edison, respaldada ahora por la ciencia de materiales, adquiere así una nueva relevancia en la transición energética.

Thomas Edison intentó revolucionar el coche eléctrico en 1901 con una batería de níquel-hierro que prometía mayor autonomía y durabilidad que las de plomo-ácido. Más de un siglo después, un estudio publicado en Small demuestra que aquel diseño podía funcionar gracias a la nanotecnología desarrollada por la Universidad de California en Los Ángeles.

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